Viaje al 'Corredor del fuet' (5)
Las fallas de la inclusión: “He nacido en Vic, pero solo me sentiré en casa en un país islámico”
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Yassin, Aboubaker y Youssef tres jóvenes estudiantes de Vic hijos de inmigrantes marroquís. / zowy voeten

Son las nueve y media del lunes 8 de julio. Una cincuentena de hombres acuden a la mezquita de Vic. Es la hora del Maghrib, uno de los cinco rezos que marca el islam a sus fieles. En la parte de atrás se encuentran tres jóvenes: Youseff, Aboubaker y Yassin. Chándal, chanclas y gorras. Han nacido en Vic, pero asumen que son marroquís. Su sueño: vivir en un país islámico. “No puedo estar en un lugar que no me quiera aceptar, solo en un país islámico me sentiré en casa”, cuenta uno de ellos. Sus historias son un síntoma de que algo se ha roto. Escucharles lleva a pensar que han encontrado un refugio en la religión. Crecidos en medio de una contradicción, el islam parece ser uno de los lugares donde se sienten seguros.

Unos cincuenta fieles rezan en la mezquita de Vic, el pasado lunes 8 de julio. / zowy voeten
Youssef tiene el pelo rapado, viste chanclas Ralph Lauren, pantalones de chándal y una gorra New Yorker. Yassin tiene el pelo negro, ondulado. Una camiseta negra en manga corta y bambas Nike. Aboubaker se ha enfundado en una chilaba, la túnica tradicional. Luce media melena y le crece una barba negra. Tienen 19, 20 y 21 años, y hablan en catalán con acento de 'La Plana'. Sus padres son unos de tantos marroquís que llegaron para trabajar y que, por cierto, no les acompañan en el rezo vespertino. Han ido a la escuela concertada, han llegado al Bachillerato y ahora estudian Formación Profesional de finanzas y administración de empresas e ingeniería química en la Universitat de Girona.
Integración "impossible"
“Hemos nacido y crecido aquí, sí, pero esta no es nuestra tierra”, se presenta Youssef a la salida del rezo, a punto del anochecer. Lamine Yamal es referente para muchos jóvenes del barrio. No para ellos. “Si hacemos algo malo somos marroquís, pero si marcamos goles, si hacemos algo bueno, entonces sí que quieren que seamos españoles”, se queja el joven. “La integración es imposible. Nunca me he sentido integrado aquí, pero cuando voy a Marruecos me siento uno más: hay la misma creencia, ideología, vestimenta… estás más tranquilo”, resume el mayor, Aboubaker.

Un asistente al rezo del anochezer deja sus zapatos a la entrada de la mezquita de Vic. / zowy voeten
De su paso por la escuela no tienen un buen recuerdo. “Te tratan muy diferente desde el principio. Tú sabes que no eres como los demás”, indica Yassin. Aboubaker ha hecho un 'flashback' en la universidad. “Es como si estuvieras al margen, todo el mundo va a la suya y no te puedes incluir en ningún grupito”. ¿Po rqué? “En la ESO aún porque tienes ganas de jugar a fútbol, salir con los otros niños. Pero, al hacerte mayor, la gente ya empieza a salir de fiesta y emborracharse. Y yo, como musulmán, no puedo permitirme estos hábitos”, dice. “Es muy difícil interactuar con gente así. No puedes tener una amistad muy profunda porque las ideologías son completamente distintas. Y cuando les rechazas es como si les estuvieras diciendo: ‘Apártate de aquí, no quiero estar contigo’”.
Las noches de borrachera
Unas palabras que Youssef y Yamal también se hacen suyas. “Yo me llevo muy bien con los catalanes, pero nos hemos separado porque me pedían de salir de fiesta y se cansaron de mis ‘noes’. Al final te juntas con gente que tiene tus intereses”, dice Youssef. “Tampoco me siento mal por ello. A nosotros nos meten a todos en el mismo saco: la gente te ve y aparta el bolso, en la escuela nos tenían miedo, ahora no quieren alquilarnos un piso por los apellidos. Mi padre sufrió y yo he sufrido. Quizás haya que esperar a la quinta generación para que alguien como nosotros se sienta de aquí”, aclara Youssef.

Aboubaker, Yassin y Youssef, en el patio de una escuela de Vic. / zowy voeten
De alguna forma, se han ido encerrando en círculos sin opiniones discrepantes. La palabra 'integración' se vuelve vacía cuando la pronuncian. Ellos, que son tan catalanes como cualquier otro. “Yo me puedo integrar perfectamente en la sociedad: estudiar con ellos, trabajar con ellos, pero lo que me suponga una contradicción de mi religión, allí no me puedo integrar porque va en contra de mis principios”, explica el mayor. El alcohol es, a sus ojos, uno de los principales factores excluyentes.
Los pecados y el estigma
Sienten un estigma muy fuerte. “Los musulmanes no somos machistas, no somos pedófilos, no somos terroristas. Creen que somos extremistas, que lo prohibimos todo. Y no es así. Simplemente tenemos hábitos saludables: no salimos de fiesta, no nos emborrachamos, no fumamos”, explica Aboubaker. Youssef, de 19 años, confiesa que no piensa tener relaciones sexuales hasta que se case con una mujer musulmana.

Youssef y Aboubaker, participan del Maghrib, el último rezo del día, en la mezquita de Vic. / zowy voeten
¿Y la homosexualidad? Censuran con la mirada, mueven la cabeza. “Es pecado”, dice Yussef. El mayor responde. “Una persona musulmana puede ser homosexual. Pensar en ello, pero hacerlo no”. Luego, sin embargo, rectifica. “A ver, que el islam no coacciona, eres libre de hacer lo que quieras. No vamos con una espada aquí a cazar a nadie”.
Vivir entre dos mundos
La realidad de estos jóvenes pone ante el espejo algo incómodo: el repliege identitario que advierte el grupo de invesigación EMIGRA de la UB. “Hay muchos chicos que se aferran al islam, pero no es un islam real, es el que ven en TikTok, en las cuentas de instagram… Debemos ser conscientes de que tienen un mundo en casa y otro fuera. Dos mundos que chocan y, en medio, están ellos, gestionándolo completamente solos. Necesitan un apoyo y debe preocuparnos a todos, no solo a la extrema derecha”, explica Sanaa Boujdadi, integradora social en la comarca de Osona e inmigrante a los 9 años.

Los fieles salen de la mezquita tras terminar el último rezo del día en la mezquita de Vic. / zowy voeten
Los tres ven su futuro muy lejos de Catalunya. “Quiero hacer mi proyecto en un país islámico, ojalá en La Meca, la ciudad del profeta. Intentaré triunfar aquí y allí centrarme en la religión, le daría un sentido a mi vida”, planea Youssef. A Aboubaker también le haría mucha ilusión. Pero el estudiante de Ingeniería dice que su marcha va para largo, a no ser que triunfe la extrema derecha. “Si pasara como en Francia y me dijeran que ya no puedo vivir mi religión tranquilamente... Ahí sí que me largo. Yo sigo y respeto las normas como cualquier ciudadano, pero no puedo estar en un país que no me quiera aceptar”, defiende.
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