Salud mental

"No hay futuro para mi hijo, me preparo para su muerte"

Silvia, la madre de un joven con TDAH y trastorno negativista desafiante agravado por el consumo de tóxicos, implora un lugar público dónde su hijo pueda vivir de la forma más normalizada posible

El chico, de 26 años, se encuentra encerrado en un módulo de aislamiento de una cárcel catalana: "Saldrá mucho peor, esta no es la solución"

Silvia, nombre ficticio de una madre que reclama una residencia pública para su hijo con patología dual.

Silvia, nombre ficticio de una madre que reclama una residencia pública para su hijo con patología dual. / Anna Mas

5
Se lee en minutos
Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

Escribe desde Barcelona

ver +

Cada día iba a verle en un coche destartalado donde dormía para llevarle comida y ropa limpia. "Pensé... ¿cómo es posible que viva aquí? Olía muy mal, estaba lleno de suciedad, bolsas de basura... y él dormía allí con la mochila que yo le había comprado. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices, hongos en los pies... Pero no podía llevarlo a casa, no podía vivir conmigo. Es terrible". Esta es una escena de la vida de una madre desesperada y de su hijo, enfermo, que lleva años esperando una residencia pública adecuada a sus necesidades donde poder vivir de forma digna.

Ella, que desea permanecer en el anonimato, pide usar el pseudónimo de Silvia. Se puso en contacto con EL PERIÓDICO para relatar su dramática situación. "He dedicado mucho tiempo de mi vida y mucho dinero para intentar reconducir la situación, no entiendo como no puede haber un lugar público para los chicos como mi hijo", lamenta la madre, harta de la demora en las residencias públicas para personas con patologías complejas de salud mental.

Silvia pide usar también un nombre ficticio para su hijo: Robert. Lo que sí es cierto es que tiene 26 años, y a los 12 le diagnosticaron un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), sumado a un trastorno negativista desafiante. "Empezó con algo tan simple como que tenía muchos problemas para ducharse o lavarse los dientes, cuando antes no suponía ningún problema", explica. Luego siguieron las broncas en la escuela y el instituto. "Era un disruptor constante: se peleaba, rompía material... También empezó a desaprender y perder estructura mental: no se preparaba la mochila, no desayunaba, le costaba concentrarse, se olvidó de lo que era la noche y el día... Era como tener un pequeño salvaje en casa que no podía pensar ni tranquilizarse", resume la madre.

Durante aquella época, la familia se puso en manos de varios psiquiatras y psicólogos, e iniciaron tratamientos. Aún recuerda cómo el reloj digital le ayudaba a orientarse, o como los fármacos lograron tranquilizarlo. Pero el rechazo empezaba a ser evidente. Los amigos de toda la vida le dejaron de lado, los profesores no le soportaban en el aula e incluso su padre se inhibió. "Lo cambiamos de escuela y terminó la ESO", dice la madre. Pero a partir de los 16 años todo empezó a ir a peor.

Amenazas y miedo

El joven se enganchó a la marihuana. "Entre los 17 y los 19 probó todas las drogas menos la heroína. No ha vuelto a estudiar ni trabajar nunca. Se anuló, no tenía motivación para hacer nada", explica Silvia. El chico vivió en casa con ella hasta los 21. "La comunidad de vecinos le tenía mucho miedo. Cuando se ponía agresivo rompía puertas, se autolesionaba... A mi nunca me ha pegado. Pero lo pasamos muy mal. Me amenazaba y pensaba ¿hasta dónde llegará? Fui aguantando porque no quería dejarlo en la calle, pero al final la situación era insostenible. Yo no lo podía soportar y tengo otro hijo más pequeño... Te das cuenta de que no le puedes tener en casa", suspira la madre entre sollozos.

Intentó buscar centros donde Robert pudiera vivir. Siempre privados. "Me he dejado todos mis ahorros... y al final lo echaban de todas partes". ¿Y en las residencias públicas? "En estas no ha podido entrar nunca. Hay muy pocas plazas y mucha lista de espera", explica.

A los 21 años, Robert entró en la cárcel, el único techo que ha sido capaz de encontrarle la Administración, tras cometer robos para consumir. "No es un delincuuente, mi hijo está enfermo y la enfermedad le lleva a cometer estos actos. La cárcel no está preparada para él. De los 26 meses que pasó allí, 24 fueron en celdas de aislamiento de cuatro cárceles distintas. Lo hacían para protegerle de la gente que le quería hacer daño o por cosas que hacía él. Los presos le dieron varias palizas", lamenta la madre. "En el aislamiento no hacía nada, solo puede salir una hora al día al patio. Nada más. Salió con estrés postraumático del que no se ha recuperado", sigue. La madre pide que su hijo pueda entrar en módulos terapéuticos o hospitalarios, o cumplir medidas restaurativa alternativas desde un centro residencial específico con profesionales preparados. "Necesitamos espacios donde puedan acompañarles y tratar su patología", pide la madre.

En aislamiento

Ahora el chico ha vuelto a entrar en la cárcel, y a los 10 días volvieron a aislarle. "No puede socializar, no puede ver la luz del sol... su parte enferma cada vez es más intensa y se manifiesta con esta impulsividad, esta baja tolerancia a la frustración, cada vez se ha vuelto más manipulador...", describe Silvia. Es evidente que el sistema penitenciario no está preparado para acogerle, pero tampoco se atisba ninguna alternativa. "Necesitamos un lugar para ellos. Centros de baja exigencia, con mucha flexibilidad. Donde puedan estar, hacer algo, consumir... Que acompañen a nuestros hijos que son enfermos", implora la madre.

Durante estos años ella ha tratado de ayudarle como ha podido. Entre los múltiples ingresos psiquiátricos, le traía comida y ropa mientras él malvivía en la calle. "He visto como le mira la gente, como le quitan lo poco que tiene... él no se da cuenta de que está enfermo", sigue esta madre, harta de culparse y consciente de que esto no sólo le ha causado pérdidas económicas: "también físicas y psicológicas".

Noticias relacionadas

A menudo, Silvia se reencuentra con las madres de infantil de su hijo. "Ellas me cuentan lo que hacen los suyos y yo solo puedo decir que todo va mal. No siento envidia, siento tristeza. A él le gustaba mucho la informática... pero a la vez también siento que es valiente, que es un superviviente", sigue Silvia.

En casos como éstos, mirar al futuro duele demasiado. "Lo visualizo sin futuro. Sin nadie que le pueda dar amor. Estoy preparada para su muerte. La visualizo porqué sé que es una de las opciones que tiene. Nadie de quiere hacer cargo de ellos, les invisibilizan. Los políticos, las instituciones... deben estar al servicio de los más débiles ¿no?".