Fiesta del solsticio de verano

La verbena de Sant Joan sin restricciones toma la playa de Barcelona

  • La playa de la Barceloneta se llena por completo para celebrar la primera verbena sin restricciones por la pandemia

Verbena de Sant Joan

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J. G. Albalat
J. G. Albalat

Redactor

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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Apenas cabía un alfiler. Fiestas improvisadas con discjóqueis, altavoces a todo trapo, fogatas, bailes y mucho alcohol han llenado las playas catalanas por la verbena de Sant Joan, especialmente la costa de la capital catalana. Estudiantes de vacaciones, turistas, jóvenes y no tanto han ocupado la arena durante altas horas de la madrugada. Un ambiente que, desde el estallido de la pandemia del coronavirus, no se había vuelto a ver. Los chiringuitos apuraron hasta la hora prevista, las tres y media de la mañana, a regañadientes y tras varios avisos de la Guàrdia Urbana. La cara menos amable de la fiesta lo ponen los robos, agresiones, quemaduras de petardos y posibles agresiones sexuales. Las estimaciones apuntan a que se congregaron en la costa barcelonesa unas 60.000 personas.

Si el tráfico, el estruendo de los petardos y la ocupación ciudadana de aceras, plazas y sobretodo las playas pueden valer como indicador de éxito, entonces no es arriesgado afirmar que Catalunya recuperó este jueves por la noche la normalidad prepandémica con una celebración masiva de la verbena de Sant Joan, , con la celebración de una verbena de Sant Joan que arrancó de modo relajado. Hubo aglomeraciones, pero controladas y sin miedo a posibles contagios de covid, pese a que el virus vuelve a estar al alza.

Al atardecer, en el paseo de Colom de Barcelona decenas de personas se dirigían caminando hacia la playa de la Barceloneta. La masa de gente se volvía algo más espesa en el Port Vell, donde las terrazas de los restaurantes lucían llenas de clientes. El trajín de viandantes por el paseo de Joan de Borbón hacia la playa discurría de forma fluida. «A partir de las 12 se complicará todo», vaticinaba, sin embargo, un taxista.

Entre el gentío, hay una mujer y una niña con caras asombradas. Son Irina y Carolina. La adulta, originaria de Armenia, lleva dos años viviendo en Barcelona. La niña, explica la mayor, nació en Ucrania y lleva solo dos semanas en la capital catalana, donde llegó huyendo de la guerra. "Es la hija de mi hermano", dice Irina.

Entre muchos turistas (la mayoría de los que ocupaban las playas de la Barceloneta lo eran), Lina cocina carne en una plancha eléctrica y se marido se refugia en una minitienda. "La gente está tranquila en comparación con otros años y de antes de la pandemia, pero es pronto. Hay menos gente, pero mucho turista", afirma la mujer.

Manguerazo contra las meadas

Pasada la medianoche, son riadas de personas las que se mueven de un lado a otro del paseo marítimo: desde el Port Vell hasta el Port Olímpic es un ir y venir de gente, muchos jóvenes, camino a la fiesta playera. Los estudiantes Carolina y Marc charlan entre unos contenedores en la calle Sant Elm, justo al lado del paseo marítimo. Él se pone a mear, pero justo en aquél momento unos vecinos de la calle Sant Elm les rocian con agua que lanzan desde la azotea con una manguera. Es su manera de mostrarse disconformes contra el ruido, la fiesta y el incivismo.

Pero están muy lejos de dissuadir al jolgorio. Isma, un joven barcelonés de 31 años, sale en dirección contraria. "No hay color con el año pasado. Lo que pasa que es una guarrada, tendría que haber más controles, había una gente tirando petardos que casi le va a la cara de un niño que estaba en al agua"; se queja mientras él y su pareja se enjuagan los pies en los surtidores de agua antes de calzarse las sandalias. Sami, en cambio, está encantado. Vino de Luxemburg el pasado lunes y esta tarde cierra las vacaciones. "Ojalá me pudiera quedar más días. Ya me dijeron que Barcelona era súper y esta noche lo he visto con mis propios ojos", cuenta, desde la cola de un chiringuito, con una cerveza en la mano.

¿Y la discoteca?

Cercano a la arena, son centenares las personas que se acercan a la playa. Algunos bailan al son de los altavoces. Otros, incluso llevan un discjóquei que pone la música en una tabla de sonido. Alimentan todo el sistema con una máquina con gasolina. "Me encanta poder estar bailando música latina", agradece Fabio, vecino de Barcelona, a las dos de la madrugada. Otros prefieren el ambiente más relajado. Como Marta, Claudia y Judith, tres estudiantes de contabilidad que este año cumplirán 19 años. "Venimos de Rubí pero preferimos venir aquí para ver el ambiente", cuenta Marta. Ellas charlan mientras beben vodka con limón. Un chico argentino se agacha a hablar con ellas y le pregunta por alguna discoteca cercana. "Yo pensaba que nos invitaría a cerceza... era mono, justo tu tipo", bromea Claudia con sus amigas.


/ Zowy Voeten

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"La verdad es que yo también hubiera preferido estar en una discoteca... hay demasiada gente y el tipo de ambiente.. no me gusta", dice Marta. Claudia asiente. "De hecho nos hemos compartido nuestras ubicaciones en tiempo real a través del móbil por si nos pasa algo, si alguien se aleja, o la cogen, podemos ir todas a buscarla porque sabemos donde está", sigue Ester. Ese algo pueden ser agresiones sexuales o robos. Una realidad que también está presente en la fiesta. Sólo basta con acercarse a los vehículos de la guardia urbana. "Esto es una mierda", se sincera un agente. "No paramos de detener gente robando y registrando muchas denuncias. También consumo de drogas... y probablemente esté habiendo también muchas agresiones sexuales, de momento no nos ha llegado ninguna", añade poco antes de las tres de la madrugada.

Cierre a regañadientes

A esa hora, se supone que los chiringuitos tenían que ir cerrando. Pero no ocurre así. ¿Podemos pedir algo, a qué hora cerrais? "Seguimos abiertos hasta las cuatro", comentaban todos los locales a pie de playa, cuyos empleados iban sirviendo copas sin descanso. "Deberían cerrar ya", reconcía otro policía. A las cuatro menos cuarto, los agentes avisaron a los restauradores. A las cuatro de la mañana, muchos clientes eran expulsados de las mesas. La fiesta en la arena seguía más viva que nunca. "Al principio tanta gente se me hacía extraño, pero ahora estoy tan contenta, volvemos a tener vida, ¡a tener noche!", exclamaba Rita, una joven de 26 años, sirviéndose de las guaritas de socorrismo como podio de baile.