Un cluedo arqueológico

Tras el tesoro del Garraf... nuevas pistas

Más de 200 monedas de plata del Califato de Damasco cruzaron medio mundo hace 12 siglos, fueron ocultadas en el Garraf y fugazmente fueron vistas en 1954

Una pieza, tal vez, del tesoro del Garraf, un dirham de plata depositado en el Museu de Vilanova acuñado en Istajr (actualmente Irán) en el año 92 del calendario musulmán.

Una pieza, tal vez, del tesoro del Garraf, un dirham de plata depositado en el Museu de Vilanova acuñado en Istajr (actualmente Irán) en el año 92 del calendario musulmán. / Manel Edo

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Del tesoro del Garraf lo primero que hay que subrayar es que no es una leyenda. Existe. No es una incierta X en un mapa. Existe y fue minuciosamente fotografiado y documentado en 1954 por un numismático, porque el tesoro consiste en, como mínimo, 176 preciosos, valiosos y emocionantes dirhams de plata de los siglos VII y VIII. Se los trajo un anticuario para que los evaluara. Fue probablemente un momento de indescriptible emoción para aquel experto en numismática. Aquel conjunto de monedas de plata, alrededor del año 750, habían cruzado la mitad del mundo hasta entonces conocido para terminar escondidas en el macizo del Garraf. Pero tras gozarlas brevemente en la mesa de su despacho, ¡puf!, se esfumaron sin dejar rastro. Hasta hoy, en que…

Las últimas pistas sobre aquel tesoro, que las hay, las dejamos para luego. Antes, el qué, un posible retrato del tesoro, un relato edificado con la inestimable colaboración de Jordi Gibert, académicamente formado como especialista en Ciencias de la Antigüedad y de la Edad Media, pero, en esta aventura, el arqueólogo empeñado en la búsqueda de las monedas.

Retrocedamos. En el año 739, los bereberes del Magreb se alzan en armas contra el califato de los omeyas. Sus razones tendrían. La insurgencia da pie a tres años de refriegas enconadas que el califato decide desempatar con el envío de 27.000 soldados de la llamada Gran Siria, una tropa moderna de la riba oriental del Mediterráneo, hombres muy profesionales en esto de matar al enemigo y, en consecuencia, bien remunerados.

Cruzan el mar de levante a poniente y, aunque muy diezmados tras algunas luchas en las que combatieron en brutal inferioridad numérica, cumplen su misión, pero lo interesante no es el resultado de la batalla, sino los cambios que acontecen en la metrópoli que dejaron atrás. El califato colapsa. Hay un cambio de dinastía. Fruto de aquello, Córdoba se independizará, como muy bien estudian los escolares en la ESO en el capítulo de la lección dedicado a Al-Ándalus, pero lo crucial en este relato es que parte de aquella soldadesca, vista la situación política, nunca regresará a su tierra natal. Muchos de ellos cruzan el Estrecho de Gibraltar y se asientan en el sur de la península. Las pruebas de ello son varias e irrefutables, y, entre ellas, el hecho de que en época moderna han sido encontrados en aquella media luna del sur de la actual España seis tesoros semejantes al del Garraf, jarrones o sacos de monedas ocultos en aquellos siglos y jamás recuperados por sus dueños. El de Baena es el más célebre de ellos.

¿En qué consistían esos tesoros? Lo dicho, en monedas, pero no todas idénticas. Por eso son emocionantes. Las que el numismático Felip Mateu Llopis tuvo brevemente entre sus manos en 1954 fueron acuñadas en una constelación de lejanas cecas, 21 en Damasco, una en Basora, ocho en Marw, tres en Ram-Hurmuz, dos en Baratpur, y así hasta 21 antiguas ciudades distintas de Oriente Medio que hoy quedan repartidas entre Siria, Irak, Jordania, Irán, India… Solo seis de las monedas eran de cecas del sur de la península.

La civilización islámica imitó el sistema monetario persa, lo cual es una enorme suerte para la investigación arqueológica moderna. En las piezas se imprimía la ciudad en la que fue acuñada la moneda, el año y, en ausencia de imágenes de seres vivos, algo expresamente prohibido por la religión, frases del Corán, algo que, por cierto, no agradó, por lo que parece, a los alfaquíes, los quisquillosos doctores de la ley islámica, así que aquellas monedas fueron conocidas despectivamente como las ‘makruha’, o sea, las odiadas.

Odiados o no, los dirhams de plata eran los billetes de 500 euros de la antigüedad. ¿Qué se podía comprar con un botín como el del Garraf?. “Un par de esclavos, por ejemplo”, explica Gibert.

La pista más antigua sobre aquel tesoro desaparecido está en un texto que Mateu Llopis publicó ese mismo 1954 en una revista especializada bajo el título ‘Hallazgos numismáticos musulmanes’. Referenciaba allí el nombre del anticuario, Antonio Villoldo Roca, y transcribió lo que este le contó. “El descubridor fue un payés de las cercanías del Garraf, quien al realizar unas tareas agrícolas halló el tesorillo, del que no dio más pormenores, ignorándose el número total de piezas, pero por las informaciones recogidas por el señor Villoldo debieron ser bastantes más de las vistas, por lo menos unas 200”.

Las monedas, tal cual las fotografió en 1954 Felip Mateu Llopis.

El resto del texto era una muy profesional descripción de cada una de las piezas y, en el último párrafo, una especulación final, que aquellas monedas eran la constatación “del paso de las huestes musulmanas a la Narbonense y, posiblemente, la utilización de estas accidentadas costas como lugares de embarque y ocultaciones ocasionales”. Por la fecha de acuñación más tardía de las monedas, año 745, 127 en el calendario musulmán, aquel episodio coincide plenamente en los 82 años en que Barcelona fue musulmana, una circunstancia que debe ser tenida en cuenta.

Ni los descendientes del numismático ni los del anticuario han podido aportar a Gibert hilos de los que tirar, así que la tercera opción, tal vez la mejor, sea ir en busca del misterioso payés, pero ¿dónde?

La cueva de Can Sadurní, durante el acto de presentación del 'Encantat de Begues', un talla antropomorfa de 6.500 años de antigüedad.

/ Nuria puentes

Es en este momento en el que aparece en escena el excepcional yacimiento arqueológico de Can Sadurní, en el municipio de Begues, administrativamente Baix Llobregat, pero topográficamente ya del Garraf. Can Sadurní es una cueva en la que Manel Edo, notable especialista en prehistoria e historia antigua, lleva trabajando como arqueólogo desde hace 44 años, lo cual le ha convertido (esperemos que nos disculpe) en una suerte de Doctor Who de la arqueología. El protagonista de la icónica serie de televisión que la BBC comenzó a emitir en 1963 viaja en el tiempo a bordo a su nave Tardis y Edo lo hace cada vez que entra en la cueva o trabaja en sus alrededores. Las evidencias de presencia humana en aquel privilegiado mirador se remontan a hace 11.000 años. En el neolítico la cueva fue utilizada para rituales de inhumación. Pero los dos ‘hits’ más conocidos de los trabajos llevados allí por Edo y su equipo son, sin duda, la certificación de que hace 6.000 años había cerveza en esa cueva (la más antigua de Europa) y, después, el hallazgo de un ídolo de apenas ocho centímetros de altura, de unos 6.500 años de antigüedad, el llamado Encantat de Begues. A esos dos excepcionales hallazgos puede que haya que añadir, he aquí la novedad, el tesoro del Garraf.

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¿Por qué? Hace un año, confirma Edo, apareció entre las tierras de acceso a la cueva una moneda islámica contemporánea de aquellas que censó en 1954 Mateu Llopis. Fue una sorpresa hasta que, como cuenta Gibert, se cayó en la cuenta de que dos museos cercanos, en Vilanova y Gavá, tienen en sus colecciones otras dos monedas similares y descubiertas también en los accesos a la cueva. En situaciones como esta es aconsejable echar mano de la navaja de Ockham, principio metodológico que sostiene ante dos hipótesis, la más sencilla suele ser la correcta. ¿Qué es más razonable, que hubiera dos solitarios y excepcionales tesoros de monedas islámicas en el Garraf, una auténtica rareza, o que sencillamente sean el mismo?

Los restos de un habitante neolítico del Garraf, inhumado en el interior de la cueva con signos claros de ritual funerario.

/ Nuria Puentes

De la cueva de Can Sadurní se sabe que, en una de sus múltiples reencarnaciones (cementerio, cervecería prehistórica, establo neolítico de ganado…) fue durante la posguerra un lugar en el que se plantaron champiñones. Pudo ser entonces, durante la preparación del terreno para tal fin, antes de que se descubriera el valor arqueológico de aquel lugar, cuando apareció aquel botín que alguien, hace unos 1.277 años, no fue a recoger. Que el anticuario Villoldo le contara al numismático Mateu Llopis que el tesoro eran más de 200 monedas y no las 176 que le llevó a su despacho indica, esa es la sospecha, que varias de ellas fueron repartidas entre este, ese y aquel conocidos de Begues. Es por esa razón que días atrás Gibert pronunció una documentadísima conferencia precisamente ahí, en Begues, un pueblo apacible, de poco más de 7.300 vecinos, por compartir con ellos su investigación y, ya puestos, por recoger respuestas o cualquier indicio que conduzca hasta nuevas pistas sobre el tesoro del Garraf.

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