En EEUU

El pasado criminal del receptor de un corazón de cerdo abre un nuevo debate ético sobre su trasplante

  • Bennett pasó seis años en prisión por apuñalar a un hombre que quedó en silla de ruedas

  • Expertos en bioética defienden la cirugía pero la hermana de su víctima la cuestiona

El cirujano Bartley Griffith fotografiado junto al paciente David Bennett a inicios de enero.

El cirujano Bartley Griffith fotografiado junto al paciente David Bennett a inicios de enero.

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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A David Bennett, el hombre de 57 años que fue sometido el viernes pasado en Maryland (Estados Unidos) a un pionero trasplante de un corazón de cerdo genéticamente modificado, la ciencia y los médicos le han dado una segunda oportunidad. La pionera cirugía ha sido recibida como un hito para la medicina y para el campo de los xenotrasplantes, que conforme progresa gracias a avances como la edición genética y la clonación sigue rodeado de interrogantes éticos. En este caso, no obstante, no son los únicos y ahora se ha abierto un nuevo debate sobre la moral del trasplante al saberse que Bennett fue condenado por apuñalar en 1988 a otro hombre.

 ‘The Washington Post’ contaba este jueves la historia de ese pasado criminal de Bennett. En 1988, cuando tenía 23 años, acudió a un bar en la localidad de Hagerstown donde encontró a la que entonces era su esposa sentada en el regazo de otro joven de 22 años, Edward Shumaker, un trabajador de la construcción atractivo y musculoso, de ojos azulgrisáceo. Un rato después Bennett golpeó a Shumaker en la espalda cuando este estaba jugando al billar y luego le apuñaló siete veces en el abdomen, el torso y la espalda. La víctima, que quedó paralizada y pasó el resto de su vida en una silla de ruedas. Dos años después de sufrir un infarto cerebral murió en 2007, poco antes de cumplir 41 años.

Bennet huyó y fue arrestado tras una persecución. Luego fue juzgado, condenado por acciones que un juez tildó de “extrema violencia”. Se le sentenció a diez años de cárcel y a pagar una compensación de algo menos de 30.000 dólares (unos 26.000 euros). Salió en libertad en 1994 tras cumplir seis años de la pena. Y hasta que sus problemas cardíacos terminales le llevaron a ingresar en noviembre en el Centro Médico de la Universidad de Maryland vivía en un dúplex al lado de la casa de una de sus tres hermanas, y, como explica el 'Post', disfrutaba “trabajando como empleado de mantenimiento, animando a los Pittsburgh Steelers (de fútbol americano) y pasando tiempo con sus cinco nietos y su perro, Lucky”.

Leslie Shumaker Downey, hermana de su víctima, ha cuestionado en unas declaraciones al diario capitalino que Bennett haya sido el receptor del pionero y exitoso trasplante. “Ed sufrió. Mi familia ha tenido que lidiar durante años con devastación y trauma”, le ha dicho al diario. “Al salir de la cárcel Bennett vivió una buena vida. Ahora tiene una segunda oportunidad con un nuevo corazón pero desearía que hubiera ido a un receptor que lo mereciera”.

En Estados Unidos hay 106.000 personas en lista de espera para recibir el trasplante de algún órgano y 17 mueren cada día en esa espera.

“No separamos pecadores de santos”

Los expertos en bioética que ha consultado el rotativo están en desacuerdo con Shumaker. “El principio clave de la medicina es tratar a cualquiera que esté enfermo, sin que importe quién es. No nos dedicamos a separar pecadores de santos. El crimen en un asunto legal”, ha dicho, por ejemplo, Arthur Caplan, profesor de bioética en la Universidad de Nueva York.

“Tenemos un sistema legal diseñado para determinar reparación por los crímenes y tenemos un sistema de salud que aspira a dar atención sin importar el carácter personal de la gente o su historia”, ha opinado por su parte Scott Halpern, profesor de ética médica en la Universidad de Pensilvania, que como otros expertos defiende que el sistema penal ya impone penas de cárcel o reparaciones económicas y otros castigos a los condenados por delitos violentos y que negar la prestación de servicios médicos no forma parte del castigo.

Silencio del hospital

El Centro Médico de la Universidad de Maryland donde se intervino a Bennett, que sigue en evolución positiva, ha sido desconectado de un bypass cardiopulmonar y el miércoles empezó a poder hablar en voz baja, no ha querido decir si conocían su historial criminal. Solo han enviado un comunicado al ‘Post’ en el que explican que ofrecen “cuidado a cada paciente que entra basado en necesidades médicas, no en su pasado o en circunstancias vitales. Este paciente”, añaden sobre Bennett, “llegó en necesidad desesperada y se tomó la decisión sobre su opción a un trasplante basándose únicamente en su historial médico”.

También el centro ha facilitado al diario un comunicado del hijo de Bennett, que inicialmente no quiso comentar con el ‘Post’ el historial criminal de su progenitor asegurando que nunca en su vida le había hablado de ello. “No pretendo hablar del pasado de mi padre", ha dicho,. "Pretendo concentrarme en la pionera cirugía y en el deseo de mi padre de contribuir a la ciencia y potencialmente salvar vidas en el futuro”.

Una sentencia de muerte

Para Leslie Shumaker el debate no es de ética abstracta sino personal. En sus declaraciones al ‘Post’ ha asegurado que el apuñalamiento y sus consecuencias fueron “el infierno absoluto hasta el día en que Ed murió”. Ha explicado que aquello también marcó trágicamente a otro miembro de la familia, el hermano pequeño, un paramédico que había llevado a Edward Shumaker al bar y luego fue el primero que llegó en la ambulancia a atenderlo. Según la hermana siempre cargó con un sentimiento de culpa, entró en una adicción a los opioides y murió de una sobredosis en 1999 a los 28 años.

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La mujer también ha recordado que sus padres interpusieron y ganaron una demanda contra Bennett, al que se le ordenó pagar 3,4 millones de dólares. Nunca recibieron nada del dinero, según Shumaker, y la modesta familia (el padre era operario de maquinaria y la madre trabajaba en el departamento de fraude de un banco) tuvo que pedir préstamos para comprar una furgoneta habilitada para minusválidos y más equipamiento.

A Bennett ahora “le han dado otra oportunidad de vivir”, ha lamentado la mujer, “pero a mi hermano no se la dieron, le dieron una sentencia de muerte”.