Las incógnitas de la pandemia

Crónica de un vuelo Ámsterdam-Barcelona con la ómicron a bordo

Un avión de KLM, en la zona de estacionamiento del aeropuerto de Schiphol, el pasado 27 de noviembre

Un avión de KLM, en la zona de estacionamiento del aeropuerto de Schiphol, el pasado 27 de noviembre / Sem van der Wal

El covid genera extraños vínculos, como el de coincidir con un positivo en un vuelo y que tu vida, que destilaba cierta normalidad, vuelva a los inicios de la pandemia. Sin dramas, claro que no, pero con dudas razonables

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

Escribe desde Barcelona

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Esos 15 minutos en una silla tras recibir la segunda vacuna en Fira de Barcelona, ese hospital de campaña que sigue siendo un auténtico milagro logístico-sanitario, eran la antesala de algo muy parecido a la libertad, un alivio largamente esperado. El silencio, el mismo que en la cola para entrar en los pequeños consultorios, hacía presagiar un homenaje, el recuerdo colectivo por todos los familiares o amigos que pasaron el covid. Por los que no lo superaron y por los que ingresaron en la unidad de cuidados intensivos sin saber; y sin compañía. Porque eso, el no saber, es quizás lo peor de esta pandemia. Ahora llega una nueva variante, la ómicron, que muchos insisten en localizar geográficamente -como Trump hacía con el "virus chino" o el "virus de Wuhan"-, y la vacuna ya no basta para ahorrarse el confinamiento en el caso de ser un contacto estrecho con un positivo. Esta es la crónica de una casualidad, pero también lo es sobre la globalización, las dudas y la gestión de la cosa pública.

Coger un vuelo intercontinental en estas circunstancias es una experiencia peculiar. A pesar del volquete de horas a bordo, son pocos los que abandonan el asiento. Para ir al baño, a lo sumo. O para visitar a una madre que viaja, como debe ser, en primera. Antes los viajeros estiraban los músculos de las piernas en el descansillo del baño, oteaban el horizonte desde la ventana de la salida de emergencia o simplemente paseaban arriba y abajo por el pasillo para evitar que los tobillos se hincharan como un pavo americano en Acción de Gracias. También es verdad que ahora la oferta audiovisual a bordo es mucho más completa que antes, cuando solo te ponían 'Speed' y te eliminaban, gracias, la escena final de un avión explotando. Mascarillas puestas, silencio y obediencia; una misa aérea. El viaje de vuelta tuvo similar corte, con la salvedad de que al lado de quien escribe se sentó un hombre ruso con pinta de excentral del Zenit de San Petersburgo que se acabó el juego del 'manspreading' a ambos lados de su butaca. Imposible cruzar ese Rubicón.

Tras la vacunación, unos minutos para reflexionar mientras se descartan efectos secundarios del pinchazo

/ Enric Fontcuberta

Tocaba hacer escala en Ámsterdam: ya saben, Barcelona no es un 'hub', pero no abriremos ahora ese perezoso melón. El avión desde Schiphol hasta El Prat era un crisol de orígenes diversos y un único destino. El aeropuerto central de Europa es un colosal repartidor de viajeros, de esos en los que la puerta de embarque está a 20 minutos andando, como ir de la plaza de Catalunya al Cinc d'Oros. Así las cosas, en el pasaje había personas que venían de Asia, América y África, mezcladas y con ganas de llegar a casa. Todo bien. Eran las 14 horas del domingo 28 de noviembre, y sí, en la cola se podía distinguir a un par de hombres que venían de Johannesburgo. Les delataba la camisa con letras y dibujos de un 'trekking' por Suráfrica. Pero quién sabe, si algo ha enseñado este año y medio es a no señalar ni a presuponer. Ni a culpar. Dos días después, el martes, Salut confirmaba dos casos sospechosos de ómicron en Catalunya. Uno de ellos viajaba en ese avión, mecachis. Y, curiosamente, otro positivo iba en el vuelo hacia Madrid que salía poco antes desde la puerta contigua a la del KL1673. Volvió a la cabeza ese cuarto de hora tras la vacunación, esa luz de esperanza. Qué ingenuos...

¿Y la PCR...?

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El jueves 2 de diciembre por la noche suena el teléfono. Una señora amabilísima, con acento de Girona y en nombre del Departament de Salut, es la encargada de dar la noticia, de confirmar esa dichosa casualidad. El día antes, el firmante ya se había realizado una PCR en el CAP del barrio porque al regresar del viaje llegó la información de que un familiar al que habíamos ido a visitar acababa de dar positivo (variante estándar), y los mocos y la congestión al aterrizar generaban dudas razonables. Falsa alarma en casa: un resfriado y test negativo. Pero ahora las cosas eran muy distintas. Por eso del saber poco o nada de la variante ómicron. La informadora indica que llamarán al día siguiente (el viernes) para realizar una prueba especial, distinta a la que ya conocemos, y que solo se practica en cuatro centros de atención primaria de la ciudad. La señora recuerda que debo pasar 10 días en casa, a contar desde el domingo pasado, aunque esté vacunado. O sea, hasta el miércoles 8 de diciembre. Pero habían transcurrido ya cuatro días... De convivencia en casa con mujer y tres hijos pequeños, de ir a ver a mamá, de comer con un amigo, de correr por la montaña solo o acompañado, de departir con compañeros del diario y de profesión. El protocolo no indica que haya que avisar a nadie, ya que no hay positivo confirmado. Ni síntomas, puesto que además el catarro remite. Pero asaltan la culpa y las dudas. Y si...

Ya es sábado y no hay llamada alguna para realizar esa prueba que parecía prioritaria, incluso urgente. ¿Habrá contactado Salut con el resto del pasaje del vuelo KL1673 para hacer la PCR cuando ya han pasado seis días? ¿Habrán ido ya al CAP los familiares y allegados más cercanos al positivo procedente de Suráfrica? ¿Por qué no se limita el confinamiento a las personas sentadas en la proximidad del afectado teniendo en cuenta que se considera contacto directo si se estuvo a menos de dos metros del infectado durante 15 minutos y el avión renueva el aire de manera constante? El no saber, aliñado en este caso de un cierto estupor. Aquí seguiremos, con el pijama, teletrabajando, mirando por la ventana y sin esperar demasiado esa llamada. Un poco como en marzo de 2020, pero con árbol de Navidad.