Estreno fallido

'Coitus interruptus' con el pasaporte covid en la hostelería

  • Antes de que el Govern pospusiera la medida, muchos pequeños operadores hicieron la vista gorda con clientes habituales

Unos clientes muestran su pasaporte covid a la entrada de un establecimiento de Barcelona.

Unos clientes muestran su pasaporte covid a la entrada de un establecimiento de Barcelona. / Ferran Nadeu

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Patricia Castán
Patricia Castán

Periodista

Especialista en Economía local, comercio, turismo, vivienda, ocio, gastronomía y tendencias urbanas.

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Pasaban unos minutos de las nueve de la mañana cuando Alicia, camarera desde hace tres lustros en un bar junto a Travessera de Gràcia, se enfrentaba a la disyuntiva de servir o no un cortado descafeinado y un cruasán a Juana, la señora de blanquísima cabellera que todas las mañanas de lunes a sábado desayuna en una mesita antes de su pequeña compra diaria. La buena mujer dio por hecho que como la "conocen de siempre" y saben que "está sana" no iba a ser necesario. Negarle el desayuno a la anciana le partía el corazón a la camarera, que optó por saltarse la normativa con disimulo, sin saber que sería la primera de muchas otras 'infracciones' esa misma mañana. No por falta de predisposición, porque Alicia pidió una y mil veces el "dichoso" pasaporte covid. Pero entre alguno que no se lo sabía descargar, otros muchos que no lo lograban ni a tiros, y momentos en que había tantos vasos por recoger y tantos cafés por hacer, al final optó por hacerse la sueca, confesó más tarde. El aplazamiento de la medida, justo antes de la hora de las comidas, le devolvió por fin la sonrisa.

El ajetreo del pequeño bar de Gràcia era solo una muestra del difícil despegue de una medida tan súbita que ha pillado a decenas de miles de catalanes sin tiempo de hacerse con el preciado código QR. El Gremi de Restauració de Barcelona pidió colaboración ciudadana el jueves, pero ni la contrarreloj de descargas fue suficiente. Así, desde primera hora, los clientes más aplicados acudían a por su café con un pantallazo en el móvil de su pasaporte, mientras otros se desesperaban de impotencia al no poderlo bajar en La Meva Salut. "Le juro que estoy vacunado, mire", mostraba un señor en una cafetería a un paso de la Via Augusta, mostrando las fechas del pinchazo, pero no el código. "¿Qué tenemos que hacer?, bastante jodido está ya el negocio como para echar a esta gente", maldecía Jose, el encargado, al ser preguntado.

Llevar el papelito impreso (los menos) o el móvil en la mano otorgaba este viernes un cierto estatus. Una distinción. Como estar apuntado en la lista de invitados de una discoteca de moda. Nada de clamar por un bocadillo de chorizo o una Coca-cola. Cada restaurador o camarero habría besado a quien le ponía las cosas fáciles y no atascaba los pedidos.

Más voluntad que herramientas

A las 11.00, en Gràn de Gràcia, sorprendidas in fraganti, dos empleadas justificaban: "Lo hemos estado pidiendo, pero va muy lento y con toda este lío no nos podemos permitir parar, la verdad". Una barra llena de tazas y platos sucios parecía darles la razón. A las 13.00, en Marià Cubí, otra confesaba que no pensaba pedirlo, porque "bastante cohibida está ya la gente". En un Bracafé junto al mercado de la Llibertat se resignaban --"como tenemos poca faena..."-- a luchar contra el Goliat tecnológico.

Restaurante en el barrio del Poblenou.

/ Manu Mitru

Pero que nadie se crea que la hostelería se inhibía de la nueva responsabilidad. Muchos ya anunciaban la exigencia en el aparador. Hubo impotencia y muchas maldiciones con nombre de 'consellers', pero también un esfuerzo ímprobo gestado desde la madrugada. "Mira el chat de mi empresa", señalaba un encargado de un grupo de restauración muy conocido en la ciudad. Instrucciones desde la madrugada sobre cómo proceder y a quién no dejar pasar. También tutoriales con vídeo incluido. Y nervios porque muchos clientes extracomunitarios no iban a pasar el filtro a la hora de comer. "Si no convalidan su vacunación les tenemos que decir que no, y son los que más gastan y más propinas dejan", lamentaba.

Los grandes restaurantes, con personal de recepción y acompañamiento, estaban más preparados para el cribaje, aunque no tuvieron que actuar. Tienen más recursos y personal habituado a manejar programas de reservas y nuevas tecnologías. Otra cosa son los pequeños establecimientos familiares o con pocos recursos digitales. Aunque baste con un móvil, hay que saber manejarse con el portal de Salut y encima ayudar a los clientes neófitos en momentos de mucha carga de trabajo.

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"No sé si nos darán de comer, algunos no lo tenemos pese a estar vacunados", decía un operario de la construcción en la calle, esperando ver qué pasaba con la avanzadilla que intentaba acceder a una fragante sepia al ajillo en un bar abarrotado, y sudando ante la perspectiva de tener que ayunar. Las terrazas ya abarrotadas de fumadores, no vacunados o no certificados..., no eran una opción.

Siempre habría quedado la posibilidad de acudir a las 39 charcuterías, 380 hornos o 75 pastelerías con degustación de Barcelona (según fuentes municipales), que pueden ofrecer comidas y bebidas, pero están exentas de tener que exigir el pasaporte sanitario. Un "agravio comparativo" que ha hecho poner el grito en el cielo a la patronal de la restauración, en un día ya de nervios.