Día Mundial contra la Violencia de Género

El testimonio de una maltratada: "No le denuncié, pensé que no me creerían"

  • María sufrió un "continuo machaque psicológico" y cuatro agresiones físicas, pero no ha acudido a la justicia porque en un inicio pensaba "que la culpa era suya"

María (nombre ficticio), víctima de violencia psicológica y agresiones físicas puntuales por parte de su expareja.

María (nombre ficticio), víctima de violencia psicológica y agresiones físicas puntuales por parte de su expareja. / Guillermo Navarro

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Patricia Martín
Patricia Martín

Periodista

Especialista en sanidad, igualdad, violencia machista, infancia, consumo

Escribe desde Madrid

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Las estadísticas y los profesionales que atienden a víctimas de la violencia machista subrayan que no existe un perfil tipo de afectadas por este problema estructural y María es un buen ejemplo de ello. "No soy nada sumisa, tengo mucho carácter", explica. Por eso, cuando conoció a Miguel, a los 39 años, jamás pensó que se vería atrapada por el machismo más retrógrado. Pasado el tiempo, se ha dado cuenta de que "no cuenta ni la edad, ni la inteligencia, ni la situación económica, ni haber viajado". Ella es licenciada, tiene trabajo estable y su propia casa. Pero se metió "en el hoyo" sin darse cuenta. Cuando quiso ver pesaba 44 kilos, "era diminuta como persona, incapaz de decidir nada, estaba muerta en vida" y solo se ocupaba "de sobrevivir".

Pero no denunció a Miguel porque él es miembro de las fuerzas de seguridad y pensó que "le creerían a él y no a ella". Además, en un inicio, como le pasa a muchas maltratadas, sentía que la culpa era suya. Ahora se "arrepiente muchísimo de no haberle denunciado". En primer lugar, porque considera que la actitud de su expareja con las mujeres "debe tener un castigo". Y, en segundo lugar, para que no agreda a nadie más, porque le costa que Miguel también maltrató a su primera esposa y teme que pueda hacerlo más veces.

Al principio, como sucede en otras muchas relaciones marcadas por el machismo, Miguel no daba muestras de ser controlador o posesivo. "Era bastante despegado", rememora María, que prefiere mantener su verdadero nombre y el de su expareja en el anonimato. Todo empezó a cambiar a partir de que ambos se fueron a vivir juntos y Miguel comenzó a controlar compulsivamente las llamadas de María, sus mensajes de WhatsApp y sus salidas. "En un inicio yo pensaba que eran celos, pero luego fue yendo a más y no podía ni hablar con mi madre sin demostrarle, con el altavoz, que era con ella y no otra persona".

Celos patológicos

El problema de Miguel son los celos patológicos. Pensaba y acusaba a María de "follar" con sus todos amigos, con los amigos de él y casi con cualquiera, hasta el punto de que María dejó de quedar con sus amistades o incluso de ir a la biblioteca a preparar unas oposiciones para evitar discusiones. Y todo empeoró cuando se quedó embarazada porque él no quería tener un hijo. Le pidió que interrumpiera voluntariamente su embarazo y, como ella se negó, le hacía ir en moto "para que abortara" y continuamente le preguntaba si iba a perder el bebé. "Fue un embarazo muy difícil", rememora María.

En una ocasión, estando embarazada, la intentó tirar por la terraza, después de echarla de casa, como hacía cada vez que discutían porque él sospechaba que María había tenido relaciones sexuales con otro hombre. "Pensé que me iba a tirar pero al final me soltó", explica.

Las agresiones

Tras nacer el niño, la situación continuó. "Recién parida me acusó de haberme ido a follar cuando yo iba a visitar al niño a la clínica, que estaba ingresado en neonatos, era surrealista", comenta. Y más adelante, cada vez que la echaba de casa, ella tenía que cargar con sus cosas y las de su hijo, en ocasiones en mitad de la noche. Las discusiones eran constantes y un par de veces él le propinó dos guantazos que le dejaron marcas visibles. No obstante, considera que el "continuo machaque psicológico duele más que un guantazo".

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Aunque finalmente fue una agresión la que acabó con la envenenada relación. Miguel la cogió del cuello, la levantó, de forma que ella no podía "ni respirar ni hablar". "Él tenía la mirada perdida y ahí, por primera vez, sentí que mi vida corría peligro. Y mi vida no me importaba pero pensé en mi hijo y en que no quería que se quedara huérfano con un padre que no le quiere". Eso le hizo abandonar a Miguel, paso que fue más sencillo porque él tampoco quiso retomar la relación. "Si me hubiese llamado, yo hubiera vuelto con él porque era como mi droga, creía que no podía vivir sin él".

Con mucho esfuerzo, María ha podido escapar del círculo de la violencia. Gracias a su determinación, la ayuda de su entorno y a la asistencia psicológica que le prestan en la Federación de Mujeres Progresistas. La situación aún es complicada porque Miguel es el padre de su hijo, pero María se siente "afortunada" de haber dejado atrás una relación tan perjudicial.