La erupción continúa

El magma del volcán de La Palma hace menos ruido para emerger a la superficie

  • Los científicos creen que la disminución del tremor puede estar relacionada con un ensanchamiento del dique de alimentación o una menor salida de materiales

El magma del volcán de La Palma hace menos ruido para emerger a la superficie
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Verónica Pavés

El tremor volcánico, es decir, el ruido provocado por el magma al ascender por las cañerías del volcán hacia la superficie, ha remitido ligeramente en los dos últimos días. El cambio de tendencia empezó a notarse en La Palma desde las 12 del mediodía del pasado martes, cuando este indicador, que vigila el Instituto Geográfico Nacional (IGN), notificó un descenso acusado con respecto a los niveles que mostraba en días previos.  

Este relativo silencio puede tener dos explicaciones, que la cañería por la que sale la lava se haya ensanchado o que esté recibiendo menos alimento. Cabe recordar que el tremor está causado por los golpes que produce el magma cuando choca contra las paredes de la cámara magmática o en el conducto de salida o debido a las explosiones de las bolsas de gas. Por eso, un ensanchamiento del conducto de salida podría explicar el descenso en el tremor. Esta circunstancia se produce cuando la montaña crece y su conducto se hace más grande, permitiendo al magma que se sitúa a 2 o 3 kilómetros de profundidad emerger sin necesidad de tener que realizar un gran esfuerzo y, por tanto, sin tener que ejercer tanta presión en las paredes de estas cañerías.

«No es descartable porque el tremor está relacionado la geometría del conducto tanto interna como externa», explica el sismólogo del IGN, Itahiza Domínguez. Estos cambios pueden producir que cambie incluso el transcurso de la erupción. «Creemos que fue una modificación de este tipo lo que provocó que en estos días cambiara forma en la que se genera la explosividad y los gases», resalta. 

Pero los investigadores también valoran que esta disminución del tremor pueda estar relacionada por un cambio en la emisión de material, es decir, una reducción del alimento que está engullendo el volcán. Para el vulcanólogo del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA-CSIC), Vicente Soler, sin embargo, esta teoría es la menos plausible de las dos. Y es que, tanto la emisión de gases como la actividad sísmica a distintas profundidades sigue siendo alta. De hecho, una de las razones por las que el científico descarta este escenario es porque, pese a que el volcán se encuentra en una de sus fases efusivas, las lavas que emanan de él ahora mismo no se ven discurriendo ladera abajo. «Están moviéndose a través de los tubos volcánicos que se han formado en las coladas antiguas», explica el vulcanólogo. 

Protegida del frío

Estos tubos se forman cuando la lava exterior de la colada se solidifica en contacto con el aire y la que sale del volcán es tan líquida que empieza a erosionarla. Como tiene un peso considerable –de unos 2.600 kilos por metro cúbico–, la gran masa lávica se aprovecha de la pendiente –y, por tanto, de la gravedad– para ejercer presión sobre la roca semisólida. «El techo frío se convierte en sólido y hace el papel de tejado, formando un túnel», explica Soler. De esta manera, la lava se protege del frío exterior y de la desgasificación y, además, discurre a una velocidad mucho mayor. 

Según lo que expone la teoría del vulcanismo canario, el volcán palmero debería estar,– tras varios días de actividad estromboliana muy activa– mostrando su peor cara, la de la destrucción asociada a las escorrentías de lava. Pero no es así, al menos por el momento, porque toda la lava que ha emitido en los últimos días se está encauzando por la enorme extensión de «campo de lava» que ya ocupa 3 kilómetros de ancho, 900 hectáreas y mide 10 metros de alto. «Ahora mismo la lava está discurriendo por todos lados, la colada fría se ha convertido en un auténtico laberinto», indica Soler. 

Que la lava discurra por los caminos ya conquistados por el volcán es una buena noticia, pero no por ello los científicos bajan la guardia. Y es que, la lava tiene muchas formas aún de seguir afectando a viviendas, cultivos o negocios. Si llegara a los bordes de la enorme masa fría de piroclastos, tenderá «a desbordarse y formar un río en lo alto, como una cascada», lo que propiciará que la destrucción continúe, insiste Soler. Esto es lo que sucedió la semana pasada con la colada que se encuentra más al sur de la erupción, que amenazó con sepultar el barrio de Las Norias e incluso, llegar de nuevo al mar. Otro de los riesgos asociados a esta forma de desplazamiento de lava es que uno de los grandes bloques de piroclastos que emite el volcán diariamente pueda taponar los tubos volcánicos provocando que se desborde de nuevo el fluido. 

En ningún caso, este descenso del tremor puede indicar el final de la erupción, dado que continúa cerca de los valores medios que se han mantenido durante toda la crisis volcánica. 

Cenizas químicas

Además de la caída de las lavas por la ladera, esta fase también se está caracterizando por la emisión de una ingente cantidad de cenizas, que han enrarecido la atmósfera hasta el punto de tener que pedir el confinamiento a la población. En el día de ayer la calidad del aire debida al dióxido de azufre (SO2) se situó en niveles desfavorables en la estación de Puntagorda entre las 7 y las 9 de la mañana, con tres valores que han superado la media de valor límite de este contaminante (establecido en 350 microgramos por metro cúbico por la normativa europea actual).

En el resto de estaciones hay niveles buenos y razonablemente buenos de calidad del aire, si bien se aprecia una tendencia ascendente generalizada en los valores registrados.

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Esas cenizas que, durante los últimos días, han sido tan fuertes que en algunos lugares han logrado reducir la visibilidad, arrastran con ellos algunos gases tóxicos, como fluor o cloro. Así lo advirtió ayer el Comité Científico, que aseguró que «este proceso eruptivo refleja un enriquecimiento relativo» de flúor, con respecto al cloro o al sulfuro, del que hay una menor concentración. Además, los cambios que se producen en la composición, y por tanto, en la cantidad de cada uno de estos gases, contenido en las cenizas tienen relación con el propio proceso eruptivo. 

Conocer las características químicas de las cenizas es clave para entender las implicaciones de la inhalación de estos materiales en la salud de la población. Por lo pronto, se sabe que la inhalación de estos piroclastos –que no dejan de ser pequeñas piedras– pueden provocar irritación en la garganta y los conductos respiratorios, así como picor en los ojos. Bajo una exposición prolongada, las cenizas pueden provocar un episodio de asma temprano.