IGUALDAD

Cuando el maltrato animal también es violencia machista

El daño a las mascotas se utiliza para amenazar, coaccionar, silenciar, castigar y someter a las víctimas

Un hombre estampa contra el suelo al cachorro labrador de su pareja y le pisa la cabeza con crueldad hasta matarlo con el objetivo de amenazarla y amedrentarla; otro intenta tirar por la ventana a su compañera, la arrastra y agrede sexualmente cuando, en ese momento, su perra aparece en la habitación y el agresor intenta ahogarla en la bañera. Son casos reales, juzgados en España, de violencia instrumental contra los animales para dañar a víctimas de violencia de género.

El maltrato animal, la otra cara de la violencia machista.

El maltrato animal, la otra cara de la violencia machista. / EL PERIÓDICO

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Violeta Molina
Violeta Molina

Periodista

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El vínculo entre el maltrato animal y la violencia machista se ha estudiado en muchos países, pero en España continúa siendo un fenómeno bastante desconocido a pesar de que el daño a las mascotas se utiliza para amenazar, coaccionar, silenciar, castigar, doblegar y someter a mujeres maltratadas y también a sus hijos y constituye un indicador de riesgo de la peligrosidad del agresor.

La preocupación de las víctimas por sus animales, que en muchas ocasiones son su gran sostén emocional porque viven aisladas como consecuencia de la violencia, constituye un freno para romper la relación con el agresor o para marcharse a una casa de acogida.

“El maltrato animal en el contexto de la violencia de género y la familia puede constituir, en sí mismo, un acto de maltrato y violencia hacia la mujer, además de un delito contra los animales con un alarmante impacto sobre las decisiones de las víctimas humanas y su capacidad de protegerse y alejarse de los agresores”, explican desde la Coordinadora de Profesionales para la Prevención de Abusos (Coppa).

Crueldad y brutalidad

Un 6 de enero, Día de Reyes, L. golpeó con un palo a su pareja, la echó sobre la cama y le puso el palo en el cuello en ademán de asfixiarla mientras le decía que la iba a ahogar. 

Le exigió dinero y la amenazó con matar a sus padres, hijos y hermano si no se lo conseguía y más adelante le dijo que mirara lo que le hacía al cachorrito de ella, al que estampó contra el suelo y le pisó la cabeza, matándolo, “lo que aumentó la sensación de pánico” de la víctima, según se lee en la sentencia.

“La cruel muerte de la perrita no tenía otra finalidad que demostrarle de lo que sería capaz si no accedía a sus pretensiones dinerarias. (...) Con la única explicación lógica de aumentar el miedo”, se destaca en el fallo de la Audiencia Provincial de Alicante.

La víctima consiguió escapar del agresor y se refugió con sus hijos en casa de una amiga. Al día siguiente, el agresor le demandó que volviera a su lado y la amenazó con “rajarla” y quemar su casa. Al no acudir la víctima, prendió fuego a tres estancias de la vivienda. 

El sujeto fue condenado, en la misma sentencia, por los delitos de maltrato, incendio y amenazas con agravante y a un delito de muerte injustificada con ensañamiento de un animal doméstico.

En otro caso documentado, la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife juzgó en 2019 un caso de agresión física y sexual a una mujer en la que, además, el agresor atacó a la mascota de la víctima.

Una noche de 2017, E., de 31 años, encerró a su novia, de 27, en el domicilio común, donde la conminó a escribir en un papel la relación del número de hombres con los que había mantenido relaciones sexuales. Ante la negativa de la víctima, le quitó la ropa y la intentó tirar por la ventana a la vez que le hacía comentarios obscenos y le decía que la iba a violar. Al no conseguirlo, la arrastró por el pelo hasta el cuarto de baño. Al escuchar los gritos de la víctima, su perrita acudió a esa estancia, momento en que el agresor la intentó ahogar en la bañera pero el animal escapó.

El hombre encerró a la joven en el baño unas dos horas, durante las cuales la sometió a tratos sexuales humillantes y, “con ánimo de acabar con su vida”, la metió en la bañera (que previamente había llenado de cristales), la golpeó con brutalidad y empezó a asfixiarla. Por suerte, consiguió escapar y huir con su perrita del domicilio.

El tribunal eximió al agresor de los delitos de asesinato, agresión sexual y detención ilegal por considerar que estaba bajo un brote psicótico, pero le impuso una pena de 12 años de internamiento en un centro psiquiátrico penitenciario y otros diez años de orden de alejamiento de la víctima, a la que tuvo que indemnizar con 30.000 euros por los daños causados. 

Estimaron los jueces que el sujeto tenía “una alta probabilidad de comisión de nuevos delitos, especialmente en el ámbito de la violencia de género en el que los celos obsesivos y las desavenencias se suelen focalizar en el uso indiscriminado de la violencia”.

Violencia instrumental y psicológica

La directora del departamento de Criminología y Seguridad de la Universidad Camilo José Cela, Carmen Jordá, ha investigado las condenas por maltrato animal en España y ha descubierto que suelen estar asociadas a casos de violencia en el ámbito de la pareja.

“Es una forma instrumental para amenazar a la pareja o la expareja” En el caso del hombre que pisó la cabeza del cachorrito, fue una forma de mandarle a la mujer el mensaje de ‘la siguiente eres tú, no me enfades’”, explica la investigadora.

Jordá sostiene que también hay una violencia accesoria contra los animales: el maltrato contra la mascota, en ocasiones fatal, se produce en el momento en que se está agrediendo a la pareja porque el animal aparece en la escena. Es la extensión de la violencia familiar que se emplea contra los hijos o de género contra la mujer: “El agresor proyecta la ira y la rabia”.

La literatura científica incide en que los maltratadores presentan tasas más altas de crueldad hacia los animales que los hombres que no agreden a sus mujeres, que la violencia hacia las mascotas es un factor predictor de violencia machista y puede ser un indicador de la peligrosidad de la conducta del agresor.

"Forma parte del complejo sistema coercitivo del maltratador. Las mujeres que temen por la vida o la salud de sus animales pueden llegar a tardar dos años más de media en dejar la relación en un contexto de violencia de género"

Otros hallazgos, como las de Febres y Ascione, revelan que los hombres que dañan a los animales agreden con más gravedad y frecuencia a sus parejas y ejercen sobre ellas parejas mayor control y más altos niveles de violencia física y sexual.

“No es una forma de violencia secundaria y subsidiaria, es una forma de violencia machista”, asegura la exsenadora de IU e integrante de la Asociación Parlamentaria en Defensa de los Derechos de los Animales (Appda) Vanessa Angustia.

El impacto en las víctimas

Angustia, que trabajó primero en la Cámara Alta para concienciar sobre este problema y ahora desde Appda con el objetivo de que la legislación española avance para proteger tanto a los animales como a los mujeres y a los niños de forma más eficaz, señala que los maltratadores utilizan a los animales para hacer daño a sus parejas o exparejas de múltiples maneras.

Desde amenazar con hacerles daño para que la mujer no rompa la relación hasta violar a la mascota porque la mujer se ha negado a tener relaciones sexuales. No darles de comer e impedir que ella los alimente, hacer desaparecer al animal sin más explicaciones, atropellar al perro aprovechando que la víctima salía de casa, exigir a los hijos que no cuenten nada del maltrato en el hogar amenazándolos con herir a sus animales, utilizarlos para impedir que la pareja rompa la relación...

La abogada Soledad Montserrat, miembro de Coppa, lamenta que este tipo de conductas agresivas y coercitivas permanezcan invisibles porque no se suelen denunciar y, si se hace, la condena es por maltrato animal pero no como una forma de maltrato hacia la mujer, si bien se podrían enjuiciar como violencia psicológica.

En Castilla-La Mancha y Cataluña, las leyes autonómicas ya incluyen el maltrato animal como una forma de violencia psicológica que tiene como objetivo afligir, crear un entorno intimidatorio, producir un daño psicológico y emocional a la víctima.

“Forma parte del complejo sistema coercitivo del maltratador. Mediante este tipo de maltrato consigue manipular a la mujer, que prolongue la relación por preocupación por sus animales: las mujeres que temen por la vida o la salud de sus animales pueden llegar a tardar dos años más de media en dejar la relación en un contexto de violencia de género”, explicita la también psicóloga de Coppa Raquel Aguado.

Esta violencia instrumental (que muchas expertas califican como vicaria) genera sentimiento de culpa, vergüenza, miedo y síntomas de estrés postraumático: ansiedad, pánico, dificultad para dormir, depresión… “Muchas mujeres han visto cómo su pareja mataba a su animal y el efecto emocional es devastador”, afirma la terapeuta.

“Los sentimientos de culpa se producen ante la imposibilidad de la víctima de proteger al animal, por verse en el dilema de dejarlo y protegerse o quedarse con él y exponerse al maltrato. (…) También debemos considerar los riesgos físicos de la mujer cuando se produce el maltrato del animal, ya que ella puede mediar para protegerlo”, alerta. También pueden verse en esa tesitura los menores.

Lagunas legales

En el Parlamento se está ultimando una reforma del Código Civil que reconocerá a los animales como seres sintientes, lo que servirá para establecer las custodias de las mascotas cuando se produzca una ruptura. También permitirá privar de la guarda y custodia de un hijo al progenitor cuando exista una sentencia de maltrato animal, que además será motivo para no conceder custodia compartida.

Es un gran avance jurídico, reconoce la abogada María José Mata, pero habría que ir más allá en una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para que una orden de protección por violencia de género se pudiera hacer extensiva a los animales de compañía, que son “uno más de la familia”.

“Se ha dado el caso en que la mujer tenía una orden de protección y, estando en el trabajo, la expareja ha entrado en su casa y ha matado a su mascota. No vulneró la orden de alejamiento, pero supo quebrantar la estabilidad emocional de la víctima”, cuenta Mata.

Los expertos también demandan una reforma del Código Penal para que quede previsto cualquier acto que suponga una instrumentalización de la violencia machista a través del animal como circunstancia agravante: amenazas, coacciones y abusos sexuales. Y que se puedan practicar inhabilitaciones para tener y convivir con animales cuando consta que se ha producido maltrato contra ellos.

Desde Coppa se solicita modificar el Código Civil para que no se pueda conceder una custodia compartida de un animal cuando haya denuncia o condena por maltrato animal, pues resulta un indicador de riesgo de que la violencia puede ir a más.

Otra recomendación en la que coinciden las expertas es que la conducta agresiva contra los animales sea considerada como un indicador de riesgo que se pueda utilizar para detectar la violencia machista.

“El maltratador, psicológicamente, tiene tendencias violentas y poca empatía. Si maltrata a un perro, ¿por qué no va a estar maltratando a otros miembros de la estructura familiar?”, subraya la investigadora de la Universidad Camilo José Cela.

En la actualidad, es muy infrecuente que los juzgados dicten órdenes de protección de animales, pero no tanto que se juzguen de forma conjunta los delitos contra las mujeres y los animales en un contexto de violencia de género. Depende, aclara la abogada Mata, de la sensibilidad del juez pero ya hay juzgados que engloban los hechos en el mismo procedimiento porque entienden que el maltrato animal es un delito que sirve como medio para provocar violencia psicológica en la mujer.

Un hogar alternativo

El vínculo emocional de las víctimas con los animales dificulta que pueda salir de la relación abusiva por no querer dejar a sus mascotas atrás, tanto por el miedo a que sufran como de no volver a verlas.

La abogada Montserrat recuerda el caso de una mujer maltratada madre de menores también víctimas de los malos tratos que no quería dar el paso de separarse porque supondría alejarse de dos perras que eran del agresor pero a las que ella cuidaba: no quería que quedaran desamparadas.

En otro caso, una chica joven víctima de violencia física y psicológica había sido aceptada en una casa de acogida, pero no quería ir porque no le dejaban acudir con sus perros.

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Ante esta situación, en pleno confinamiento domiciliario por la pandemia, el Gobierno puso en marcha Viopet, un programa para la acogida de mascotas de víctimas de violencia machista que han de abandonar el hogar familiar para acceder a un recurso social donde no es posible convivir con animales de compañía.

Según el Ministerio de Derechos Sociales, responsable de esta iniciativa que ha permitido ya la acogida de las mascotas de 220 víctimas, el 30 % de las mujeres víctimas de violencia machista tiene animales de compañía. En su borrador del anteproyecto de ley de bienestar animal se explicita que los centros de acogida deberán facilitar, “en la medida de lo posible”, que las víctimas puedan acceder a estos lugares con sus animales.