Autopistas sin barreras

El fin de los peajes en Catalunya pone en jaque los restaurantes de carretera

Maria Dolors posa en el aparcamiento de su hotel restaurante, en Medinyà, a los pies de la N-II

Maria Dolors posa en el aparcamiento de su hotel restaurante, en Medinyà, a los pies de la N-II / David Aparicio

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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En la carretera, cualquiera que les venga a la cabeza, es habitual cruzarse con cadáveres arquitectónicos. Esqueletos de metal o piedra convertidos en lienzos para grafiteros que conviven con una naturaleza efervescente. Las carreteras son seres cambiantes, ríos que han generado todo tipo de vida a su alrededor; un hábitat tan reconocible como necesario que depende en buena medida del flujo de coches. El fin de buena parte de los peajes, sobre todo los de la AP-7, generará un trasvase de vehículos hacia la vía rápida. Algunos estudios dicen que hasta un 30% de los conductores darán el salto a arterias principales. Ya está sucediendo, y para los restaurantes afectados, los de la ‘nacional’ de toda la vida, es una mala noticia. Otra más, pues para ellos, esto es un llover sobre mojado. Se les viene encima el ‘efecto Panadella’, seguro que se acuerdan, ese núcleo elevado de Montmaneu (Anoia) que era parada y fonda obligada en la ruta Barcelona-Lleida por la N-II hasta que en 2004 se terminó la autovía A-2.

No hay dos iguales pero todos comparten una misma esencia. Un torreón blanco de ladrillo, un cierto aspecto a chalet sesentero, unas ventanas en un collar de piedras, un aparcamiento inmenso, un comedor generoso, una decoración que apenas se ha actualizado ni falta que le hace y unas letras bien grandes fuera con el nombre del establecimiento. Habrá quien considere que estos comederos son dinosaurios de la restauración, pero es precisamente esa, el hecho de que apenas hayan cambiado, su principal virtud. Es el caso del Hotel Restaurante Medinyà, a escasos kilómetros de Girona, en una ladera de la N-II. En la barra atiende Maria Dolors, a punto de cumplir los 65 años pero sin ninguna intención de colgar el delantal. Activa, apasionada, con buena memoria. Tiene cuatro trabajadores pero llegaron a ser 14 “en los años buenos de verdad”, cuando desde aquí arriba (porque el restaurante queda elevado) en el aparcamiento solo se veían cajas de camiones”. Ahora apenas hay una decena de coches aparcados y es la hora de comer. “Si hubieras venido hace 15 años a esta hora, no te habría podido atender”.

Consol y Maria, en el Snack Medinyà de la N-II, a la hora de comer del pasado martes

/ David Aparicio

Tiene siete mesas ocupadas, algunas con gente de por aquí, pero la mayoría, y no es habitual, con clientes extranjeros que están de paso. Explica Dolors que todo se fue al garete en abril de 2013, cuando Trànsit, por la elevada siniestralidad y el elevado volumen de tráfico, decidió prohibir que los vehículos de cuatro o más ejes circularan por la N-II a su paso por la provincia de Girona, entre Vidreres y La Jonquera. Solo en 2019, a consecuencia de las protestas convocados por Tsunami Democràtic en las autopistas, se permitió que volvieran a la carretera. Pero aquello fue un espejismo. Se pudo volver a decir aquello de 'si hay camiones aparcados, seguro que se come bien'. “Ya nada ha sido lo mismo, no he vuelto a llenar las 132 plazas del restaurante”. Sobre la gratuidad del peaje, dos días laborables le han bastado para darse cuenta de que se viene otro bajón. “Pero no será como el de 2013, así que seguro que saldremos adelante”. Del hotel prefiere ni hablar. Un páramo.

Un día flojo

Al otro lado de la carretera reciben los ojos azules de Maria, la hija de Mariàngels, la propietaria del Snack Medinyà desde hace 20 años. Cuenta que tiempo atrás podían llegar a hacer 140 menús diarios, y ahora no pasan de los 50, y bajando. “Hoy (el pasado martes) está siendo especialmente flojo, y lo único que ha cambiado es lo de los peajes gratis de la autopista. Estamos preocupados…”. Sale de la cocina Consol, que recuerda que a banda y banda, a esta altura de la N-II, había una gasolinera Campsa que ya cerró porque la cosa no daba. Al adiós de los camiones le añaden el efecto de la pegatina Ronda Gi que se entregó a los conductores de la zona para que pudieran usar de manera gratuita la AP-7 entre las salidas de Fornells de la Selva y Vilademuls, unos 20 kilómetros de vía rápida. Se instauró en 2017 y en el tramo se incluyen las tres salidas (Sur, Oeste y Norte) de Girona. “Aquello también fue terrible para nosotros”, se acuerda Consol.

El Hotel Restaurante Medinyà, cerca de Girona, con el aparcamiento casi vacío a la hora de comer

/ David Aparicio

Sin camiones, sin vehículos de la zona y ahora, con el peaje gratis. Y con la pandemia de por medio. Y ahí siguen. Para tratar de suavizar el golpe, el Snack Medinyà abrirá los sábados por la mañana con el objetivo de captar a los conductores que van hacia la zona costera del Estartit. Lo que ya no hacen es la noche: años atrás abrían de seis de la mañana a dos de la madrugada; ahora cierran a las 21 horas. Y en cuanto al personal, son siete pero habían llegado a ser 12. Las especialidades de la casa, por cierto, la ternera, los pies de cerdo o los callos. Y, como en el resto de bares y restaurante de carretera, un trato muy peculiar, amable, familiar. Pero también directo, de estar por la labor y escurrir las tonterías.

Los afortunados

Más suerte han tenido en la zona de Riudellots, al sur de Girona, donde la N-II coincide con cuatro polígonos industriales y el aeropuerto no queda muy lejos. En esa enorme mancha de frenética actividad económica, siempre bajo la sombra de la cercana AP-7, está el restaurante 9 California, donde Isidre y Toñi despachan comidas desde hace cuatro años. Ella está de cara al público y él se queda dentro, en los fogones, asado de calor pero sin perder el sentido del humor. Se consideran afortunados porque siempre han tenido un grueso de clientes fijos muy importante. Incluido un helicóptero que una o dos veces al año aterriza en la parte trasera para venir a comer. "Creo que son de la compañía de la luz. Nos llaman antes para ver si el aparcamiento está libre".

Toñi, junto a la entrada del 9 California, el restaurante de la N-II que regente junto a Isidre

/ David Aparicio

Es enorme, pensado para los camiones (hay espacio para 50 trailers) que ya no pueden circular por esta carretera. Se quedaron el negocio en diciembre de 2018 y abrieron tras cuatro meses de obras con las que dieron un nuevo aire al establecimiento (de ahí el '9' que añadieron al nombre clásico), sin renunciar al mantel de toda la vida, la chimenea o el cartel de la entrada.

"La cuestión es tratar bien al cliente, que venga porque sabe que aquí va a encontrar un ambiente cómodo y familiar"

Antes tenían un restaurante en Sant Feliu de Pallarols, pero ir y venir cada día desde Santa Coloma de Farners se les hacía muy cuesta arriba. Así que optaron por el 9 California, donde destacan los caracoles, la paella de los jueves o el bacalao. El primer año fue muy duro. Se obligaron a trabajar también de noche para recuperar la inversión, hasta que el gestor les hizo ver que lo que ganaban por la mañana, lo perdían por la tarde. Cierran después de comer y no les va mal. "La cuestión es tratar bien al cliente, que venga porque sabe que aquí va a encontrar un ambiente cómodo y familiar".

Junto al 9 California está la gasolinera California. Son, de hecho, los propietarios del local que alquilan Isidre y Toñi. La familia de Mariona lleva aquí más de medio siglo despachando combustible. Se acuerdan de cuando solo estaba la N-II. Tenían otra gasolinera en frente, en el sentido contrario de la carretera. "Si nos pillaba comiendo y veíamos un coche llegar al otro lado, había pelea para ver quién cruzaba andando la 'nacional' para atender", emula Mariona. Impensable, hoy en día, con la 'nacional' desdoblada. Tampoco han notado en exceso el peaje gratuito porque también tienen mucha clientela habitual, cerca del 80% del total. "Esto quizás nos haga daño, pero en el pasado, con las obras y los cierres de entradas para llegar hasta aquí, lo hemos pasado mucho peor", resume.

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Mariona y Quim, en la gasolinera que sus padres abrieron hace medio siglo en la N-II, a la altura de Riudellots

/ David Aparicio

No muy lejos de aquí se encuentra el restaurante Panella, con 53 años de historia a sus espaldas. Lo abrió la suegra de Josep, que coincide en que hubo épocas "mucho peores que esta". Sobre los peajes gratuitos, prefiere mirar el lado bueno de las cosas: "Así la gente tendrá más dinero para gastar en restaurantes. Así que bienvenidos todos".

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