Las consecuencias del calentamiento

El cambio climático pone en peligro el dragón de Komodo

El mayor saurio del mundo, pese a su exquisita protección y capacidad de supervivencia, entra en la lista roja de la UICN

Una pareja de dragones de Komodo del Zoo de Barcelona, Guntur y Asmara, se aparean en 2012, en la hasta ahora única cópula de esta especie acontecida en Barcelona.

Una pareja de dragones de Komodo del Zoo de Barcelona, Guntur y Asmara, se aparean en 2012, en la hasta ahora única cópula de esta especie acontecida en Barcelona. / RICARD CUGAT (Ricard Cugat)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El dragón de Komodo, no solo el saurio más grande del mundo, sino también un animal dotado de unas capacidades de supervivencia literalmente bíblicas (no se pierdan más adelante el porqué), acaba de entrar en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Añaden así los komodos su nombre a una lista en la que están censadas otras 38.542 especies más, entre las que los científicos que este fin de semana se han reunido en Marsella para anotar las altas y bajas de la lista roja han querido destacar también la preocupante situación de tiburones y rayas. Un 37% de las 1.200 especies estudiadas de estos peces cartilaginosos aletean con nado firme hacia la extinción. Pésimas noticias, pues, aunque también hay destellos de luz. La población de atún rojo del Atlántico se ha recuperado gracias a las políticas de cuotas pesqueras, señal inequívoca de que si se quiere, se puede.

La Lista Roja de la UIICN crece hasta alertar sobre el estado de 38.543 especies

La lista de la UICN es una fuente inagotable de información, pero este año, en su revisión, despunta sobremanera el caso de los dragones de Komodo por las circunstancias que les acompañan. En las pocas islas de Indonesia en las que habitan, no solo están en la cima de la cadena trófica (incluso por encima de los humanos, porque estos no comen komodos, pero ellos sí que consideran a las personas un manjar), sino que además lo hacen mayoritariamente en parques naturales, es decir, bajo una inmejorable protección legislativa. El problema es que el cambio climático, avisa la UICN, puede reducir su hábitat un 30% en los próximos 45 años. En cierto modo, son un símbolo del destino que aguarda a otras especies por el aumento de la temperatura y del nivel del mar.

Según el último censo, en todo el mundo solo quedan 1.383 dragones de Komodo en edad madura. En edad arbórea, o sea, cuando son crías recién salidas del huevo, son varios miles más, pero su grado de supervivencia es muy bajo, entre otras razones porque el instinto paternal y maternal de esta especie es absolutamente inexistente. Los primeros pasos de un komodo después de nacer suelen ser una carrera en busca del árbol más cercano para no ser devorados por su parentela adulta.

Atunes rojos de una granja de cría de l'Ametlla de Mar (Tarragona).

/ ANA CERRUD

Son, cierto, temibles, incluso algo repulsivos, con ese babeo sanguinolento que les concede una mordedura tan cargada de bacterias que sus presas puede que logren en primera instancia huir tras el ataque, pero terminan por morir de una rápida sepsis. Y, con todo, son fascinantes, capaces las hembras de lo inimaginable hasta hace bien poco, como por ejemplo alumbrar crías por simple mediación del arcángel San Gabriel de los saurios, es decir, sin necesidad de macho. Para pasmo científico, se supo por primera vez de ello en 2006 en el Zoo de Chester. En Barcelona ocurrió en 2014. La explicación es muy simple. Esta es una especie que lleva de serie en su adn esta capacidad, la partenogénesis, ante la eventualidad de que una hembra sola alcance a nado una isla deshabitada. Es un recurso sorprendente en un animal de este tamaño, pero, según la UICN, para lo que no está preparada la especie es para el cambio climático.

En 2014, un 24% de las especies de tiburón estudiadas estaba amenazada. Solo siete años después lo están el 37%

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“La naturaleza está en peligro”, ha dicho en Marsella Jane Smart, directora de biodiversidad de la UICN. Las medidas para revertir el cambio climático son una emergencia que, de no ser atendida, multiplicará exponencialmente la cifra de especie incluidas en la lista roja. “Estamos muy cerca de una sexta extinción masiva”, ha advertido el máximo responsable de la coordinación de esa lista, Craig Hilton-Taylor. Pero el calentamiento del planeta no es el único frente de lucha. En 2014, un 24% de las especie de tiburones y rayas estudiadas por los ictiólogos se encontraban amenazadas. En solo siete años ese porcentaje ha crecido hasta el 37% por la simple razón de que son víctimas directas de la sobrepesca, a menudo, lo cual es más desconcertante, de forma legal.

El contrapunto a esta serie de catastróficas noticias es, lo dicho, la veloz recuperación de las poblaciones de cuatro especies de túnidos, en especial el atún rojo del Atlántico, que la última ocasión en que fue evaluado se le consideró “en peligro” y ahora su caso se considera de “menor preocupación”, es decir, tres escalones por debajo dentro de la clasificación de la UICN. Ha sido suficiente con establecer unas cuotas de pesca sensatas para revertir la situación, nada extraño porque hay un antecedente muy interesante que ya señalaba que esta especie, a la que se la deja en paz, crece y se multiplica. Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Por la presencia de minas y por la inquietud que causaban los submarinos U-Boot alemanes, la flota pesquera del Cantábrico dejó de salir a faenar y aquello convirtió ese mar del Atlántico en una arcadia para los atunes. Hasta que cayó Berlín.