La nueva carrera espacial

El fiasco de los trajes espaciales fuerza a la Nasa a retrasar su regreso a la Luna

Buzz Aldrin,tripulante del Apolo XI,en la la Luna.

Buzz Aldrin,tripulante del Apolo XI,en la la Luna. / HANDOUT (Reuters)

  • La agencia norteamericana aparca su intención de pisar de nuevo el satélite en 2024

  • El interés por el astro se ha multiplicado desde que se descubrió que albergaba agua

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Juan Ruiz Sierra
Juan Ruiz Sierra

Periodista

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La Nasa llevaba cuatro décadas sin diseñar trajes. Los utilizados en la Estación Espacial Internacional deberían haber sido jubilados hace más de 25 años. Son costosos de mantener. Tampoco se ajustan a todos los cuerpos. Creados en un momento en el que los astronautas eran siempre hombres, no estaban preparados para los nuevos tiempos. En 2019, por ejemplo, Anne McClain canceló su viaje, que iba a ser el primer paseo espacial llevado a cabo solo por dos mujeres, porque el traje le venía demasiado grande. Había muchas esperanzas depositadas en el nuevo modelo, llamado xEMU, cuyo coste es de cerca de 425 millones de euros por unidad: mejor adaptado a las temperaturas extremas, más autónomo, más cómodo para que su usuario pueda inclinarse, ponerse en cuclillas y caminar. Todavía las hay. Pero el proyecto no está saliendo como se esperaba.

La semana pasada, el inspector general de la Nasa, Paul K. Martin, publicó un informe que echaba por tierra los planes de EEUU de volver a llevar a los humanos a la Luna en 2024, en el conocido como programa Artemisa. “No es factible”, señaló el documento. Los trajes espaciales, explicaba el informe, no estarán listos hasta 2025, como pronto, debido a problemas técnicos, falta de fondos y retrasos asociados a la pandemia del coronavirus.

Los planes iniciales de la Nasa pasaban por volver a pisar la luna en 2028. En marzo de 2019, sin embargo, el entonces vicepresidente norteamericano, Mike Pence, anunció que el calendario se adelantaba cuatro años, pese a no tener listos ni el cohete para llevar a los astronautas, ni la cápsula para transportarlos, ni los propios trajes. Pero la nueva administración estadounidense, presidida por Joe Biden, dio después el visto bueno a Artemisa, que en la mitología griega es la hermana gemela de Apolo, cuyo nombre fue utilizado por la Nasa para su programa espacial en la década de los 60, que en 1969 llevó por vez primera al hombre a la Luna. Dos generaciones más tarde, repetir ese logro, en un momento en el que se ha disparado el interés por el satélite terrestre, no está siendo fácil. Solo 12 humanos han caminado por la Luna: todos eran hombres, blancos y habían nacido antes de 1935. 

Un furor renovado

Durante décadas, tras el programa Apolo, la investigación espacial dejó a un lado el satélite. La última visita de astronautas de la Nasa fue en 1972. Los soviéticos mandaron después algunos robots, pero tardaron poco en olvidarse. Ahora, en cambio, todo el que aspira a ser algo en este campo piensa en la Luna. Desde que se supo que albergaba agua, y en especial hielo en los cráteres polares que nunca reciben la luz del Sol, nada ha vuelto a ser lo mismo. Los astronautas podrían tener agua potable, y esta también podría descomponerse en hidrógeno y oxígeno, proporcionando aire para respirar y carburante para los cohetes. 

En una nueva versión de la carrera espacial que libraron EEUU y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, Rusia y China anunciaron el pasado marzo que también iban a construir una base lunar. El plan, cuyo calendario se conoció a principios de verano, incluye terminar en 2035 la infraestructura y el sistema básico de la estación, enviando después a astronautas para que vivan allí, rivalizando así con la Nasa y la Agencia Espacial Europea, que también participa en Artemisa, que se marcaron como objetivo construir una estación orbital en el satélite en 2028. 

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Y luego está la vertiente privada, fundamental en esta nueva fase de la era espacial, en la que los multimillonarios también compiten fuera de la Tierra. Jeff Bezos, fundador de Amazon, que hace un mes saltó al espacio durante 10 minutos y 10 segundos en el primer vuelo tripulado de su empresa Blue Origin, desarrolló a través de esta compañía un módulo de aterrizaje, que esperaba vender a la NASA para llevar a los astronautas a la superficie lunar. Pero Bezos no se hizo con el contrato, porque la agencia norteamericana eligió para este trabajo a SpaceX, otra empresa privada, fundada por el magnate Elon Musk, así que el pasado martes trascendió que había demandado a la Nasa. El movimiento puede retrasar aún más el programa Artemisa. 

Cuando supo que la agencia espacial tenía problemas con sus trajes, por cierto, Musk, en un alarde de prepotencia típica del multimillonario, tuiteó: “SpaceX los podría hacer, si fuese necesario”. La Nasa no contestó.