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Es falso que las vacunas perjudiquen nuestra inmunidad natural

Es falso que las vacunas perjudiquen nuestra inmunidad natural
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Desde antes de que empezara la campaña masiva para inmunizarnos contra la covid-19, los bulos sobre las vacunas empezaron a circular de forma descontrolada. Este mes, Verificat y EL PERIÓDICO desmentimos con infografías rigurosas las principales falsedades que se han difundido. Hoy, continuamos con el mito de que la inmunidad de la vacuna afecta a la tuya natural. 

Uno de los temas sobre el que han especulado los desinformadores ha sido sobre cómo afectan las vacunas al propio sistema inmunitario. Decían de todo: que las vacunas eran capaces de debilitarlo, que las inyecciones solo funcionaban contra “el sistema inmune específico” o que incluso son generadoras de innumerables enfermedades autoinmunes que dentro de unos años nos pasarán factura. 

Nada de eso es verdad. Hay que recordar que la misión principal de una inyección es estimular al sistema inmunitario para que aprenda a detectar a un virus muy concreto. Hay muchas estrategias: las vacunas de ARN mensajero y las de vector viral, por ejemplo, emplean cápsulas en las que se inserta un pequeño libro de instrucciones para que las células fabriquen una proteína concreta del virus (en este caso, la proteína Spike) y queden archivadas en la memoria inmunológica por si algún día aparece ese antígeno por ahí; otras insertan directamente esta proteína; finalmente, las tradicionales lo que hacen es inocular el virus entero (eso sí, muerto o inactivado) y es como si nos infectáramos con covid-19, pero sin que se desarrolle la enfermedad. 

Lo que está claro es que todas estas vacunas colaboran con el sistema inmunitario para que aprenda a detectar el virus enseñándole el antígeno. Pero no todas las células que lo forman hacen lo mismo. La primera línea de defensa, que es la barrera natural (piel, sudor, mucosas…), evita la mayoría de las infecciones, pero algunas se le escapan. Si consiguen traspasar esta línea, se encuentran con el sistema inmune innato: la tos, las enzimas en las lágrimas, o el ácido gástrico, entre otros. Es una parte del sistema inmune común a todos los seres humanos; el starter pack con el que hacemos frente a las infecciones. Si nos vacunan, podemos notar cómo actúa cuando nos sube la fiebre o si nos encontramos pachuchos. 

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Una vez se ha activado la inmunidad innata, se crea una alerta para que la inmunidad específica ataque a un agente infeccioso en concreto, y se generan los famosos linfocitos B (inmunidad humoral) y los T (inmunidad celular), cuyo papel es distinto: mientras que la activación de los linfocitos B da lugar a la producción de anticuerpos (proteínas que evitan que los patógenos entren en las células), los linfocitos T atacan a las células ya infectadas. También tiene lugar aquí la creación de la memoria inmunológica, cuando el cuerpo aprende a reconocer el antígeno para que en el futuro sea capaz de destruirlo automáticamente. 

Algunos desinformadores han asegurado que la supuesta vacuna generaría una inmunidad innata, pero como hemos explicado, este tipo de protección ya existe en el cuerpo. Las vacunas, al inocular una sustancia extraña al cuerpo, activan las defensas innatas, esos son los efectos secundarios como la fiebre o el malestar general, pero su objetivo es generar inmunidad específica contra una enfermedad concreta a lo largo del tiempo.