Sin hogar en la ola de calor: "Es como llevar un elefante a cuestas"

Eugenio, un hombre sin hogar de 63 años, que afronta con resignación la ola de calor

Eugenio, un hombre sin hogar de 63 años, que afronta con resignación la ola de calor / Jordi Otix

  • Las personas sin hogar carecen de espacios para poder aguantar los embates de la ola de calor

  • La fundación Arrels advierte, además, de los problemas que sufren aquellos con enfermedades respiratorias

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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Cierren puertas y ventanas y enciendan el ventilador o el aire condicionado. Beban mucha agua. No estén en la calle en las horas de más sol. Estos son los consejos que repiten las autoridades a los ciudadanos ante la ola de calor que estamos atravesando. La peor en los últimos 18 años. Unos consejos que las personas sin hogar, cerca de un millar en la ciudad de Barcelona pero presentes en toda la geografía catalana, no pueden cumplir. No tienen casa, ni ventilador y mucho menos aire acondicionado. Solo les queda hidratarse con el agua de las fuentes públicas, que arde. Muchos se resignan o intentan olvidarse de todo, mientras las entidades que les atienden ven con tristeza algo que ya saben: que vivir en la calle acorta la esperanza de vida. Y mata.

"Este calor es un infierno. Se te engancha encima... Como si llevaras un elefante a cuestas: no puedes andar, no puedes hacer nada. Te quita las ganas de todo", explica Eugenio, un hombre de 63 años que lleva "un buen rato" viviendo en el asfalto del barrio del Raval, que le vio nacer y crecer. No quiere decir cuánto, pero su mirada, la piel, la dentadura desaparecida y el rostro indican que su estancia en la calle se cuenta por lustros. Explica, todo se torció en 2010 en cuanto le despidieron del matadero donde trabajaba.

Ropa de invierno en pleno verano

Es mediodía y la temperatura en la ciudad supera, de lejos, los 30 grados. Él, sentado en un banco del claustro de la biblioteca de Catalunya, logra que le pase un poco el aire. Pero el calor es abrasador. Si no fuese por la gorra que usa, su ropa está muy lejos de indicar que es verano: lleva unas bambas, calcetines largos, unos tejanos hasta el tobillo y una camisa que se dobla en los codos. "Tampoco sabría dónde conseguir ropa... pero es que yo soy como los caimanes, que se guardan el calor para cuando hace frío", suspira. En el fondo, es la forma que tiene de evitar las quemaduras por el sol. Intenta refrigerarse postrándose en la sombra. ¿Y para beber agua? "Mejor beber vino, así no pienso, no lloro y no me pongo triste", zanja.

Mohamed, un joven de 34 años que hace un mes vive en la calle en Badalona, trata de refrigerarse con el agua de las fuentes municipales, que están ardiendo.

/ Jordi Otix

Mohamed, en cambio, parece que no viva en la calle. Comerciante de la frontera entre Nador y Melilla, hace tan solo cuatro semanas que cruzó el Mediterráneo hasta Almería. Lo único que indica que no tiene techo es la maleta que lleva a cuestas de arriba para abajo. Acaba de salir de la ducha del Gimnàs Social Sant Pau. "Es el único momento de día en que no sudo", cuenta. El chico, nacido en Marruecos, apenas sabe dónde acudir a pedir ayuda. "Tengo suerte porque en un bar me llenan una botella de agua fría, y así al menos puedo refrescarme", explica el hombre. Duerme en la playa de Badalona y suplica que sea por poco tiempo. "La calle no se la deseo ni a mi peor enemigo", explica.

Mareos, quemaduras y riesgos pulmonares

La Fundació Arrels señala de la gravedad que las olas de calor no tengan en cuenta el sufrimiento de las personas sin hogar. "Muchos se queman la piel y vienen con los pies destrozados, con hongos, por usar zapatos prestados y usados... pero el principal problema es que, cuando hace tanto calor, dejamos de verles", señala Carla Ramos, educadora social de la entidad. Es por el elefante de Eugenio. "Por las noches tienen muchos problemas para dormir y de día es agobiante: tienen mucha menos energía para venir hasta aquí, sobre todo aquellos con problemas pulmonares o de respiración: el calor y la humedad les impide andar", asume.

Los que lo hacen, solo piden una cosa: duchas. El Gimnàs Social Sant Pau es de los pocos espacios de la ciudad que no limita el número de duchas para las personas sin hogar de la ciudad. Lo usan casi 200 personas a diario. El resto de espacios habilitados solo permiten dos aseos semanales por persona. "Llegan medio mareados, deshidratados.... necesitan agua", señala Facundo Alarcón, trabajador del gimnasio.

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En la playa de Barcelona, repleta de turistas y bañistas, Mark trata de refrescarse en las duchas porque en su vivienda no tiene agua, ni corriente eléctrica.

/ Jordi Otix

Otros, optan por dormir en la playa. Un recurso que si bien de noche puede ayudar a conciliar el sueño, de día se transforma en un infierno. "Hay muchas personas a las que no les dejan ducharse en las playas", denuncia Ramos. Mark, un hombre inglés de 57 años, que trata de usar este servicio. "Vivo en una casa ocupada y no tengo agua corriente", cuenta. Suele usar fuentes municipales para asearse, pero ahora es terrible. "El agua está caliente", se queja. ¿Y cómo se combate el calor en la calle? "Es importante no quemarte, y poder hidratarte con agua fría". Él, no cumple ninguna de las dos normas.