En primera persona

Autorretrato de 13 días ingresado por covid-19

Son las 3.36 de la noche y me levanto para ir al baño. Al cruzar la habitación me veo reflejado en el cristal de la ventana. Vulnerabilidad, miedo, lucha y amor incondicional. Mezcla de sensaciones difíciles de describir.

Son las 3.36 de la noche y me levanto para ir al baño. Al cruzar la habitación me veo reflejado en el cristal de la ventana. Vulnerabilidad, miedo, lucha y amor incondicional. Mezcla de sensaciones difíciles de describir. / ÀNGEL GARCÍA

  • Àngel García, colaborador de EL PERIÓDICO, relata su ingreso hospitalario por covid-19. "Uno se pregunta cómo pasa en cuatro días de estar haciendo entrenamientos de alto rendimiento a estar ingresado y monitorizado con oxígeno en urgencias", escribe.

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Àngel García

Uno se pregunta cómo pasa en cuatro días de estar haciendo entrenamientos de alto rendimiento a estar ingresado y monitorizado con oxígeno en urgencias. Vulnerabilidad, miedo, lucha y amor incondicional: estas son las cuatro ideas que describen el proceso por el que he pasado durante 13 días, desde que me infecté con covid-19 y hasta que estuve ingresado en la planta covid del Hospital de Sant Joan Despí Moisès Broggi. Yo tuve suerte de que me lo trataran a tiempo, ¿pero cuántos miles de personas han muerto por falta de oxígeno?

Todo empieza el jueves 1 de julio, cuando después de salir del entrenamiento empiezo a notar signos de fatiga y decaimiento. En un primer momento, lo achaco a un posible inicio de resfriado. Pero cuando cae la noche aparecen las primeras décimas y se encienden las alarmas. 

ÀNGEL GARCÍA (EPC)

Al día siguiente, me hacen una prueba de test de antígenos en el CAP de Molins de Rei. En pocos minutos, el resultado: positivo. Como si revisara el tráiler de una película a toda velocidad, pienso en mis últimas 72 horas, en quién se ha podido contagiar y deseo que por favor todos estén bien. Por suerte, todos dan negativo. Un peso menos en mi pecho al que le cuesta respirar.  

Empieza el encierro en casa: control de temperatura y de la saturación de oxígeno con el pulsímetro. Como fotoperiodista, llevo el último año y medio cubriendo en primera línea los efectos de la pandemia de covid-19, desde las ucis hasta los tanatorios. Conozco la evolución del virus y percibo que algo no va bien.  

"Como fotoperiodista, llevo el último año y medio cubriendo en primera línea los efectos de la pandemia de covid-19, desde las ucis hasta los tanatorios. Conozco la evolución del virus y percibo que algo no va bien"

Ese mismo viernes tengo mi primera visita en urgencias, pero me envían de nuevo a casa. Después de un fin de semana con fiebres muy altas, cuidado por mi hermana enfermera, volvemos a urgencias el lunes y deciden ingresarme. Han detectado un inicio de pulmonía y valores de inflamación pulmonar elevados. Tengo la sensación de estar en un punto muerto: no sé si la caída será con paracaídas o desde un acantilado. Me invade la incertidumbre, el miedo y la sorpresa. Toca esperar. 

Empiezan tres días de lucha de fiebres altas en urgencias mientras espero una habitación en planta. No hay sitio para mí: están totalmente desbordados. El miércoles me suben a planta. Con la ayuda de un celador y una silla de ruedas cargamos mis pertenencias y subimos a la tercera planta para enfermos covid. Habitación 321-1. Tengo una cama confortable, una habitación espaciosa, con luz y en silencio y un baño donde ducharme después de cuatro días sin poder hacerlo. 

Una enfermera me realiza en la misma habitación y con un robot de radiografías portátil, una placa de los pulmones para comprobar la evolución de la enfermedad. 

/ ÀNGEL GARCÍA

A la mañana siguiente se presentan Choni y Eva, mis enfermeras durante los próximos días. Me cuidan y me hacen reír para aliviar mi soledad. Ataviadas con sus EPIs, me explican que llevan desde el inicio de la pandemia en esta planta, que ya han hecho un buen equipo y que siguen en primera línea. Mientras, mis hermanas se turnan para cocinarme y traerme táperes al hospital porque la alternativa, que sería la comida proporcionada por Sodexo, es una vergüenza.

Choni y Eva, mis enfermeras durante los próximos días.

/ ÀNGEL GARCÍA

El jueves hay un antes y después en mi recuperación. Hundido emocionalmente por demasiados días de fiebre alta, mi amiga Nuria me hace ver de la importancia de luchar para enfrentarse a la enfermedad. Después de llorar hasta sacar la parte más cruda de mi vulnerabilidad, decido sacarme el batín de enfermo, afeitarme y cortarme el pelo y empezar con meditaciones que me aconseja mi amigo Raúl. 

Momento del afeitado ante el espejo.

/ ÀNGEL GARCÍA

Al día siguiente, el viernes, la doctora Elena me visita con buenas noticias: me dice que los valores inflamatorios han bajado de 150 a 80 y que el último tratamiento no será necesario. Choni también me comenta que si los valores de saturación siguen estables en breve probarán a quitarme el oxigeno.

Así pues, el sábado las gafas nasales que me ayudaban a respirar me abandonan. Choni y Eva me dicen que si sigo así el lunes muy probablemente me den el alta. Cuando esas palabras llegan a mis oídos, brota en mí una alegría arrolladora.

Llega la noche del domingo 11 y la última analítica. Tengo los nervios a flor de piel pensando en irme por fin a casa. Se abre la puerta de la habitación: es la doctora Elena. Desde la distancia me muestra un papel: "Es tu alta. Ya puedes avisar para que te puedan venir a buscar". La emoción que siento por esas palabras será difícil de olvidar. 

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Este es mi homenaje a todas las personas que me habéis acompañado con vuestros mensajes de amor incondicional, cariño y afecto. Sin ellos, la recuperación hubiera sido muy distinta. Ahora empiezo la rehabilitación respiratoria, a caminar poco a poco, a mover articulaciones, todo para poder continuar con el sueño de mis pulmones: completar una maratón.

"Ahora empiezo la rehabilitación respiratoria, a caminar poco a poco, a mover articulaciones, todo para poder continuar con el sueño de mis pulmones: completar una maratón"