Siete días sin tapabocas

Adaptación, miedo, desconfianza: ¿Por qué seguimos llevando la mascarilla en la calle?

Distintas personas explican los motivos que el investigador Jordi Serrallonga atribuye a que "somos seres sociales, pero sobre todo animales de costumbres". El 'conseller' Argimon recomienda ponerse la mascarilla en exteriores cuando se superen los grupos de 8 personas

Adaptación, miedo, desconfianza: ¿Por qué seguimos llevando la mascarilla en la calle?
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Anna Rocasalva
Anna Rocasalva

Periodista.

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El centro de Barcelona, como tantas otras ciudades, ya ha recuperado la afluencia de gente prepandemia. Los transeúntes se aglomeran en los semáforos, grupos de turistas se sacan fotos en las Ramblas, las terrazas se llenan de clientes y los más mayores se apoltronan en los bancos, bajo la sombra de algún árbol. Parecería que el último año y medio de virus, confinamiento y restricciones jamás hubiese existido si no fuese por un detalle: la mayoría de la gente aún lleva puesta la mascarilla.

Desde el pasado sábado 26 de julio ya no es obligatorio llevar mascarilla al aire libre si se puede garantizar la distancia de seguridad. Entonces, ¿por qué más de un 60% de la población la sigue usando?. EL PERIÓDICO sale a la calle para descubrir los motivos que hay detrás de este acto, que ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

Miedo al contagio 

Montse Cuenca Moros descansa unos minutos en la entrada de la Facultad de Geografía e Historia de la UB, convertida en un punto de vacunación en la calle Montealegre. Tiene 69 años y acaba de recibir la segunda dosis pero no piensa renunciar a la mascarilla: “No debemos fiarnos porque todavía no estamos inmunizados y la distancia de seguridad no se puede mantener” dice señalando la cola de gente apelotonada que espera la vacuna.

También lleva otras tres mascarillas en el bolso, en un estuche cerrado que ha comprado en un supermercado. “Para míson un apéndice. Siempre tengo una en el recibidor de casa, y el día que salgo a tirar la basura sin ella siento que me falta algo”, explica.

“Somos conscientes de que, aunque estemos vacunados, podemos contagiarnos y transmitir la enfermedad, y nos protegemos por nosotros y por los demás”, argumenta el científico colaborador del Museu de Ciències Naturals de Barcelona y profesor de Evolución Humana de la UOC, Jordi Serrallonga. “Somos seres sociales pero, sobre todo, animales de costumbres. Una vez hemos logrado adaptarnos es muy difícil romper una costumbre y la mascarilla se ha convertido en una tradición cultural”, agrega.

El 'conseller' de Salut, Josep Maria Argimon, recomienda protegerse con la mascarilla en la calle cuando se formen grupos de más de ocho personas. "Podemos ir sin ella, yo la llevo por costumbre", ha declarado en RAC1.

Desconfianza en los gobiernos

Pero no solo influye el miedo al contagio y el peso de la costumbre, también lo hace la pérdida de fe en la autoridad. “Tengo 73 años y estoy vacunado pero la prudencia me indica que debo seguir llevando la mascarilla a pesar de lo que diga el Gobierno. No confío en ellos”, expresa Vicenç Comas. Entonces, a nivel conductual, ¿la pandemia nos ha hecho cambiar en quién depositamos la autoridad?

La respuesta es compleja. Por un lado, “el lenguaje de la autoridad es efectivo porque es lo que queremos escuchar: ‘todo va bien y, si no es así, todo estará bajo control’. Pero cuando el Estado impone una medida - como la mascarilla - siempre habrá un sector reaccionario que se niega a obedecer. Las actitudes represivas, a veces, provocan el efecto contrario; en cambio, si se trata de una libre elección lo aceptamos mejor”, describe Serrallonga. 

Sin embargo, la gestión de la pandemia a nivel político ha hecho que parte de la población desconfíe de los gobernantes y se fíe más de lo que dice la ciencia. “Sobre todo la gente mayor, que se ha sentido muy sola y desprotegida, y ha roto ese nexo con la autoridad y ha tomado la decisión de autoprotegerse”, dice Serrallonga.

Y no es que ahora confiemos más en la ciencia, es que algunos hasta han adoptado el método científico para decidir si llevar o no mascarilla. Se trata de observar, recoger muestras, analizar y extraer conclusiones para adaptarse al entorno. Pura evolución. Como en el caso de Mercè Morató, de 34 años, y Jorgina Fabré, de 36, ambas vecinas de Ciutat Vella que explican a EL PERIÓDICO que llevan (o no) puesta la mascarilla en función de la afluencia de gente en su barrio a determinadas horas.

U otro vecino del Born, Michael Riss, de 46 años. Alemán afincado en Barcelona analiza a diario los diagramas actualizados de la incidencia del coronavirus en su barrio, que salen en los medios de comunicación. “Tenemos 300 contagiados y por eso llevo la mascarilla aunque esté en el exterior”, concluye.

Capacidad de adaptarse

Unos científicos japoneses descubrieron que una hembra macaco lavaba unas patatas con agua del mar. Lo hacía porque no quería comer ese alimento sucio de tierra pero descubrió que estaba más bueno con la sal marina. Y entonces se dedicó a meter otros alimentos en el mar. Poco a poco fue imitada por sus crías y los miembros jóvenes del grupo, pero no caló entre los más mayores porque era un proceso muy laborioso y no tuvieron interés en aprender. 

“La capacidad de aprendizaje y adaptación es mucho mayor entre los jóvenes. Por eso, una vez aprendida una costumbre, a los adultos nos cuesta tanto romperla y a los jóvenes no”, comenta Serrallonga. Sin embargo, en el caso de ya no llevar mascarilla también juega un papel fundamental la “responsabilidad individual”, expresan Laia Albertos y Claudia Más, dos chicas de 22 años.

“Me sorprenden los botellones y la cantidad de gente sin mascarilla que no respeta la distancia de seguridad. Entiendo que los jóvenes estamos cansados de la situación pero yo la llevo puesta al exterior porque quiero proteger a la gente que me rodea”, comenta Laia. “Se está hablando mucho de los jóvenes, acusándonos de irresponsables, pero no todos somos así”, agrega Claudia.

Mímesis

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La máxima expresión de la capacidad de adaptación de los seres humanos es la mímesis. El clásico “allí donde fueres, haz lo que vieres”. Como los turistas alemanes Lukas Schmitz y Lina Karaman, recién llegados el miércoles. Ambos jóvenes, de 32 y 31 años respectivamente, están vacunados y comentan que en su país “hace tiempo que no es obligatoria la mascarilla”. Al llegar a Barcelona desconocían completamente la normativa pero se dieron cuenta que la mayoría la llevaba así que se la pusieron “sin ningún problema”. "Se trata de dejarte llevar por la manada", describe Serrallonga, que lamenta que el ejemplo de esta pareja no sea el habitual en nuestra sociedad y que la pandemia no nos ha vuelto "más solidarios" a nivel general.

Pero, a pesar de que el Homo Sapiens ha pasado de una sociedad donde primaba el bienestar social a una donde impera el individualismo extremo, también se encuentran muestras de solidaridad entre sus congéneres. Otro ejemplo es la familia de Herbert Saimus, Andrea Ion y el pequeño David que, aún formando parte del mismo grupo burbuja, salen los tres a pasear, completamente protegidos con mascarillas filtrantes FFP2.