Un invitado inesperado a la batalla territorial en Asia

Un viejo mapa en el Senado azuza el conflicto entre Corea del Sur y Japón

Un viejo mapa del Senado azuza la batalla entre Corea del Sur y Japón. / José Luis Roca

  • El presidente surcoreano, Moon Jae-in, emplea un atlas que se le mostró en su visita a Madrid para reivindicar la soberanía de su país sobre las disputadas Rocas de Liancourt

  • La Cámara alta intenta permanecer ajena a la polémica y subraya que la ilustración, del siglo XVIII, es de dominio público

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Texto: Juan Ruiz Sierra Vídeo: José Luis Roca

Los bibliotecarios no suelen tener ningún papel en las crisis diplomáticas. Menos si su lugar de trabajo, normalmente ajeno a cualquier ruido externo, se encuentra a más de 10.000 kilómetros de distancia del conflicto. Y todavía menos si la biblioteca pertenece al Senado, un lugar que en el imaginario colectivo sirve para más bien poco, un órgano parlamentario de segunda lectura, que en la mayor parte de los casos se limita a validar lo que ha sido antes aprobado por el Congreso, un espacio en el que terminan sus carreras los políticos de abultada trayectoria y escaso futuro. Y sin embargo, la Cámara alta española se encuentra ahora en el centro de una agria batalla territorial entre Corea del Sur y Japón, que amenaza incluso con nublar los Juegos Olímpicos, con el presidente del primer país, Moon Jae-in, agarrándose con fuerza a lo que allí se guarda para reivindicar su soberanía sobre unos islotes poco conocidos y casi inhabitables: las Rocas de Liancourt. El protagonismo del Senado, de hecho, es casi mayor estos días en Corea del Sur que en España. Los trabajadores de la institución no acaban de explicarse qué ha ocurrido. 

El miércoles de la semana pasada, como parte de su visita a Madrid, Jae-in acudió a la Cámara alta. Primero, dio un discurso. Después, visitó la Biblioteca, un recinto de estilo neogótico, repleto de obras antiguas en estanterías de hierro, con estrechas escaleras de caracol, por el que se filtra una tenue luz a través de las cristaleras del techo. Al presidente surcoreano le mostraron dos libros. Unas ilustraciones de Rubens. Apenas se detuvo en ellas. Un atlas con un mapa del Reino de Corea en el siglo XVIII, elaborado por el geógrafo y cartógrafo Jean-Baptiste Bourguignon d’Anville. Aquí la cosa cambió.

“Creo que esto puede ser muy interesante para los coreanos”, le dijo a Jae-in uno de los responsables de la biblioteca, Ángel González Lara. Tenía razón.

Jae-in se quitó las gafas y examinó el mapa. Allí aparecía una pequeña isla: Tchian-chan-tao, nombre en chino, y mal escrito, de las Rocas de Liancourt. Estaba dibujada mucho más cerca del continente de lo que se encuentra en realidad. Pero eso fue lo de menos. El presidente coreano anunció que el mapa del Senado demostraba, sin ningún género de dudas, que Liancourt siempre había sido parte de Corea. 

Pruebas de descargo

El bibliotecario González Lara, que ha pasado de tener una presencia casi clandestina en internet a salir citado por los medios surcoreanos, no quiere hablar. “Los funcionarios no hablan con la prensa”, explican fuentes del Senado, que aun así aceptan dar explicaciones sobre lo sucedido. En un despacho de la Cámara alta, presentan las pruebas de descargo. El mensaje que transmiten es que el Senado debe permanecer ajeno a la disputa asiática, que mostraron el mapa porque en este tipo de visitas oficiales siempre sacan del archivo ejemplares que puedan resultar “atractivos o curiosos” al dignatario de turno, pero que jamás pensaron que iba a ser utilizado como parte de la pelea entre Japón y Corea. Porque el mapa, al fin y al cabo, es de dominio público. Entonces hacen entrega de tres hojas grapadas e impresas que reflejan (con links incluidos) que la obra de Bourguignon d’Anville está traducida al inglés y al alemán, que puede consultarse en formato digital a través de la biblioteca de Harvard y la Nacional de Francia, que incluso es posible adquirirla por internet: cuesta 28 euros. “No es un documento secreto, ni único. Es solo un libro”, señalan. 

Pero todo lo que tiene que ver con las Rocas de Liancourt (conocidas como Dokdo en coreano y Takeshima en japonés) es material sensible. Son solo dos islas de suelo volcánico con una superficie de 0,19 kilómetros cuadrados, habitadas por un matrimonio, 37 policías surcoreanos y ningún árbol. El mar que las rodea es abundante en peces, y se cree que en el subsuelo también hay ricos yacimientos de gas natural. Japón y Corea se las disputan desde hace más de tres siglos, con ambas partes reclamando que históricamente siempre han sido suyas. De ahí la supuesta importancia del mapa del Senado. 

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El conflicto ha sufrido altos y bajos en las últimas décadas, con Corea del Sur, que tiene el dominio de las rocas, organizando ejercicios militares y excursiones en las que cientos de turistas se limitan a ondear la bandera nacional y gritar “¡Daehanminguk manse!” (¡Viva la República de Corea!), porque tampoco hay mucho más que hacer allí. Ahora, coincidiendo con la visita de Jae-in a España, la batalla territorial pasa por un momento especialmente tenso, después de que Japón colocara las Liancourt en un mapa de los Juegos Olímpicos, como parte de su territorio. Ante esta afrenta, varios políticos de Corea del Sur defienden boicotear la cita deportiva, que en principio, si el coronavirus lo permite, se celebrará a finales de julio en Tokio. La drástica respuesta es respaldada, según un reciente sondeo, por el 53% de la población del país. 

Las islas tienen una enorme importancia para los surcoreanos. Mucho más, por ejemplo, que Perejil para los españoles. En 2018, durante una cena de Jae-in y el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong Un, se sirvió de postre una mousse de mango con un mapa de chocolate de la península, adornado con un pequeño detalle con la forma de las Rocas de Liancourt. Quizá en la próxima cumbre de este tipo también aparezca el Senado. Quién sabe. En la Cámara alta, mientras tanto, esperan que la polémica se disipe pronto, y que sirva, al menos, para que se conozca más su Biblioteca. No solo en Corea del Sur.