El alcohol al volante

Tres historias: ¿Por qué las víctimas de tráfico son víctimas de segunda?

 Laura Herrera, María José Jiménez y Mónica Castillo, víctimas de tráfico.

  • Familiares de personas fallecidas en accidentes viales denuncian la falta de apoyo legal y psicológico que reciben por parte de las instituciones

  • “Las víctimas de tráfico son las grandes olvidadas”, admite Bartolomé Vargas, fiscal coordinador de Seguridad Vial

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Juan Ruiz Sierra
Juan Ruiz Sierra

Periodista

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La familia de Ana Herrera, fallecida en 2018 después de que un conductor ebrio se empotrara contra su coche en una recta, tuvo que pasar varios días en el tanatorio. El cuerpo formaba parte de la investigación; el entierro debía esperar. Cada vez que la familia salía o volvía a su casa, pasaba por el lugar del siniestro. Los rastros continuaban allí tirados, perfectamente visibles, tan solo apartados a un lado de la carretera: trozos de los dos vehículos, gasas ensangrentadas, viales de morfina, juguetes y libros con los que Ana solía entretener a su hija, que entonces tenía dos años. “Era insoportable”, explica Laura Herrera, la hermana. Llamó a la Dirección General de Tráfico para pedir que lo limpiaran, pero pasaba el tiempo y todo seguía allí. Al final, una semana después del choque, Herrera decidió ir ella misma, con unos sacos. Quitó lo que pudo. 

“¿Te imaginas a una víctima indirecta de un atentado teniendo que limpiar los restos de la bomba?”, pregunta.

Las víctimas de violencia vial se sienten “desamparadas”, “vacías”, “invisibles”. Comparan su situación con la de otros colectivos, como los damnificados por el terrorismo o el machismo criminal, y concluyen que ellas son “de segunda”. Carecen de asistencia psicológica y orientación legal por parte de las instituciones. Tampoco hay estadísticas que reflejen cuántas son. Por no tener, continúan, apenas tienen la “empatía” de la sociedad, que tampoco “reprocha gran cosa” al agresor. Distinguen entre un accidente fortuito y lo que les ha ocurrido a ellas: delitos en los que el autor de las muertes iba borracho, drogado, muy por encima de la velocidad permitida o todo al mismo tiempo. Admiten que la cultura sobre el tráfico ha cambiado mucho en España en los últimos años, y para bien: las penas son más altas, el nivel de alcohol permitido más bajo; hay más radares, menos muertos. Pero en el fondo, dicen, su situación “sigue siendo la misma”.

Una ventana que no se abrió

María José Jiménez perdió a su único hijo, Iván, de 15 años, en 2016. Iván esperaba al autobús en la plaza de Neptuno, en el centro de Madrid, cuando un conductor que había bebido y consumido cocaína lo arrolló a 135 kilómetros por hora. El coche era robado. “Yo estaba en un hospital, porque acababan de operar a mi padre –recuerda Jiménez-. Me llamó mi exmarido y me lo dijo como pudo. Mi primera reacción fue tirarme por la ventana más cercana, pero la ventana estaba bloqueada. Y a partir de aquí, me dio la baja mi médico de familia, pero no se me ofreció ningún tipo de ayuda. Nosotros no estamos enfermos, no tenemos una depresión. Somos víctimas de un tipo de violencia y como tales deberíamos recibir asistencia psicológica y legal. Pero por alguna extraña razón, no la tenemos”. 

Después está la reacción social. “Lo más normal, con excepciones, es que los conocidos te digan: ‘Ha sido un accidente. Le podía haber pasado a cualquiera y te ha tocado a ti. Has tenido mala suerte’. Sientes una rabia inmensa. Porque esto no es un accidente. Es algo que se podría haber evitado”, explica Mónica Castillo, cuya hermana murió en 2008, al ser embestida por otro coche que se saltó el semáforo en una calle de Móstoles (Madrid) a más de 120 kilómetros por hora. 

Al sentir que no tienen a nadie, las víctimas acaban buscándose entre sí, ayudándose en un sistema cercano a la autogestión, reuniéndose en grupos de duelo, compartiendo abogado, normalmente a través de asociaciones como Stop Accidentes, que lleva dos décadas representando al colectivo.

Las “grandes olvidadas” 

Es probable, incluso comprensible, que alguien pueda pensar que esta es una visión muy subjetiva, marcada por el dolor de quien ha perdido a un ser querido. No lo es. “Las víctimas de tráfico son las grandes olvidadas”, dice Bartolomé Vargas, fiscal coordinador de Seguridad Vial. “Algunas policías no las atienden –continúa-. No se destinan recursos y no se considera que tengan la misma entidad que otras víctimas. No reciben ninguna atención previa al proceso judicial, ninguna orientación inicial, ningún auxilio”. La cuestión es por qué. “Porque no hay suficiente conciencia vial –contesta Vargas-. Porque aquí no se ve tanto el delito como en otras figuras. Porque no hay un reproche suficiente por parte de la sociedad. Son invisibles”.

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Los afectados coinciden. “En este tipo de delitos, como se obvia la violencia, pues no hay víctimas. Si no hay violencia, no hay víctimas. Entonces tú vas y dices: ‘Hola, mataron a mi hijo, que era lo que más quería. Mi vida no tiene sentido. Soy una víctima de la violencia vial’. Pero como no se contempla el acto violento, no te conceptúan como tal”, explica Jiménez.

Hace un par de años y medio, Laura Gómez, profesora de Criminología de la Universidad Francisco de Vitoria, se hizo pasar por una víctima de la violencia vial ante varias oficinas de los juzgados. Ninguna la consideró como tal. “La intervención fue cero –explica-. Es triste, pero no son víctimas que susciten interés, a pesar de que un tercio de todas las condenas son por delitos de tráfico. Ningún programa político recoge sus necesidades. No son víctimas mediáticas”.