Lucha contra el calentamiento

Triple mazazo a la industria petrolera en la lucha por el clima

  • Tribunales, accionistas y activistas medioambientales logran cambiar el paso a gigantes del sector como Shell, Exxon y Chevron

Vista aérea de una refinería Shell en Texas.

Vista aérea de una refinería Shell en Texas. / ADREES LATIF / REUTERS (REUTERS)

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Juan Ruiz Sierra
Juan Ruiz Sierra

Periodista

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Los cambios en la industria del petróleo siempre habían sido muy lentos. Tardaban décadas en cristalizarse. Pero el patrón ha cambiado en los últimos días para las grandes compañías, que cierran una semana negra, dentro de una transformación medioambiental en una parte importante del planeta que implica a jueces, activistas e incluso fondos de inversión. 

El día clave fue el miércoles. Nunca antes las petroleras habían sufrido un cataclismo de este tipo. Primero, un tribunal holandés obligó a la petrolera Shell, la sexta del mundo en ingresos según los datos del año pasado, a reducir sus emisiones de CO2 en un 45% para finales de 2030. La decisión judicial se basó, en parte, en la legislación europea sobre derechos humanos. “Las consecuencias pueden ser enormes para Shell –admitió Jaeanette Honée, portavoz del tribunal-. Pero las consecuencias del cambio climático para los derechos humanos, incluido el derecho a la vida, son más importantes que los intereses de Shell. Y las empresas, entre ellas Shell, deben respetar esos derechos humanos”. 

Pocas horas después, en EEUU, la mayoría de los accionistas del gigante Chevron votó a favor de que la empresa reduzca sus gases de efecto invernadero. Los directivos se habían posicionado en contra, sin ningún éxito. 

Y un poco más tarde, el mismo miércoles, el tercer golpe. Los accionistas de ExxonMobil, la principal petrolera norteamericana, respaldaron, de nuevo con la oposición de la dirección, la entrada de dos activistas medioambientales, pertenecientes a un minúsculo fondo llamado Engine no.1, en el consejo de administración de la empresa. Hasta ahora, no había precedentes de ingreso de candidatos disidentes en la cúspide de una compañía del sector, y si se consiguió, entre otros motivos, fue gracias al apoyo de BlackRock, un fondo de inversión que es el segundo mayor accionista de ExxonMobil. Aunque en una situación de desventaja numérica dentro del consejo de la empresa, los activistas podrán influir en su estrategia. En especial, sobre la dependencia de los combustibles fósiles: petróleo y gas. 

Las consecuencias

¿Qué trascendencia tiene este triple varapalo sobre una industria que, según todos los expertos, ya se encuentra en franca decadencia, debido a las nuevas normas y compromisos para luchar contra el cambio climático? A corto plazo, la decisión más importante es sin duda la sentencia holandesa sobre Shell. Puede recurrirse, y la compañía ya ha anunciado que lo hará, pero si acaba siendo firme le obligará a un profundo cambio en el modelo de negocio. Tendrá nueve años y medio para reducir sus emisiones casi a la mitad. 

La entrada de defensores del medioambiente en las altas esferas de Exxon, una compañía cuyos ingresos en 2019 ascendieron a casi 220.000 millones de euros, con pozos de petróleo y explotaciones de gas en todo el mundo, probablemente no traerá consigo un cambio tan rápido. Y la reducción de gases de efecto invernadero en Chevron es de momento demasiado vaga. 

Pero sobre este escenario planea el regreso de EEUU, a raíz de la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, a la lucha internacional contra el calentamiento, con su compromiso de recortar las emisiones entre un 50% y un 52% en 2030 respecto a los niveles de 2005. Y, casi tan importante, lo ocurrido en el miércoles fatídico para la industria del crudo denota un enorme cambio cultural. 

La evolución

Durante años, los gigantes de esta industria negaron las evidencias científicas del cambio climático, empleando su enorme poder económico y capacidad de influencia para impedir cualquier medida que implicase depender menos del petróleo y el gas. En los últimos tiempos, las empresas habían cambiado levemente su postura: reconocían que el cambio climático es una realidad, pero al mismo tiempo insistían que resultaba necesario prestar servicio a un mercado. Lo ocurrido esta semana supone una muestra más de la transformación que viene, en la que gobiernos, organismos internacionales, inversores, jueces y activistas diseñan un futuro distinto, al que las petroleras se tendrán que adaptar si no quieren desaparecer. Hace solo 10 días, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) advertía en un informe que la autorización de nuevas explotaciones de petróleo debía detenerse definitivamente este año, si se quería alcanzar la meta de emisiones cero en 2050 que recoge el Acuerdo de París, un tratado internacional jurídicamente vinculante. 

“Esto marca un antes y un después. El escenario para estas grandes compañías ya ha cambiado y cambiará mucho más”, considera Fred Krupp, presidente del Fondo para la Defensa del Medio Ambiente, una oenegé de carácter ambientalista con sede en Nueva York. 

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Pero aquí hay importantes diferencias entre EEUU y Europa. Las compañías norteamericanas se han resistido con fuerza durante la última década a dar el salto a las energías renovables, una apuesta que consideraban, a grandes rasgos, una pérdida de dinero. La propia Exxon había reaccionado a las presiones para que redujera sus emisiones haciendo justo lo contrario: explorar los yacimientos de petróleo en Guyana y perforar pozos en Texas y Nuevo México. Las petroleras europeas, en cambio, llevan tiempo apostando por las energías eólica y solar. 

Esa distinta visión empresarial a uno y otro lado del Atlántico se volvió a comprobar este viernes, cuando la compañía francesa Total, otro gigante del sector, sometió a votación, por vez primera, sus compromisos medioambientales. El 91,88% de los accionistas votó a favor.