Colectivos vulnerables

"¿Por qué no nos dejan trabajar?"

  • El Ayuntamiento de Barcelona abre su tercer centro para acoger jóvenes migrantes que, al cumplir 18 años, terminan durmiendo en las calles de la ciudad

  • El proyecto, que se inició en 2019, ayudó a una cuarentena de jóvenes a abandonar el consumo de drogas tras habituarse a la práctica deportiva

Oirak e Oussama, dos jovenes migrantes sin recursos, en el jardín del centro donde son acogidos, el pasado viernes.

Oirak e Oussama, dos jovenes migrantes sin recursos, en el jardín del centro donde son acogidos, el pasado viernes. / RICARD CUGAT

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

Escribe desde Barcelona

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Quince años tenía cuando abandonó Nador, en Marruecos, y cruzó la valla de Melilla. Su madre no quería, pero él llevaba la idea entre ceja y ceja. "En Marruecos si tienes dinero podrás estudiar, trabajar y tener todo lo que desees. Pero si tu familia es pobre, no te espera nada bueno. Yo quería ir a España para tener oportunidades, para ganarme un futuro", cuenta Oirak, que ahora ya tiene 19 años. Ha vivido en la calle y en pisos ocupados. Le han denegado dos veces el permiso de residencia y no logra entender por qué no puede trabajar legalmente en España. "Jamás he robado, y no entiendo por qué la gente tiene tan mal concepto de nosotros", agrega.

Hace cuatro años que no ve a su familia. "Están muy preocupados por el coronavirus. Me encantaría volver, abrazarles y decirles que aquí todo me va bien, que les podré ayudar...", cuenta el joven. Pero no puede. Se queda en España "aguantando". Esperando los permisos de residencia y trabajo que aún no han llegado y que le empujaron hasta venir hacia aquí. "A buscar la vida", agrega. Oirak se fugó de Nador a escondidas y atravesó la valla de Melilla. Tenía 15 años, y entró en el centro de acogida La Purísima. Un centro de 350 plazas que ha llegado a atender a 900 menores. "Tu no sabes lo que era eso, estábamos amontonados", recuerda.

18 años y en la nada

"Hasta que un día te dicen, felicidades, tienes 18 años, y te encuentras en la calle, sin absolutamente nada. Te cierran la puerta y ya está", cuenta. Oriak tenía clarísimo que debía abandonar ese lugar. Solo logró un permiso de trabajo no lucrativo, que se le caducó pasados los cinco meses. Se puso a trabajar de camarero, en negro, para pagarse un billete hacia Barcelona. Y luego vino la nada. Más calle, y casas ocupadas con otros chicos en su misma situación.

En una situación similar se encontró Mosta. Con 19 años, aún le cuesta hablar de su pasado. Le gusta recordar su pueblo, Er-Rachida, y su familia. Acepta hablar del viaje en patera desde el puerto de Nador hasta la costa andaluza. Pero una vez toca abordar los meses en la calle, desaparece del lugar. "Es que vivir en la calle es durísimo", se entromete Ousama. Él cruzó desde la costa de Marruecos, de Rabat hasta Almería en 2019 en una patera. "Básicamente me colé, no teníamos dinero pero me moría de ganas de ir a España", cuenta. Ahora tiene 21 años. "Vine ya mayor, con 19 años: y no tuve nada, ni centro de menores ni nada", se sincera.

Deporte de reducción de daños

Todos ellos, junto a 80 jóvenes más, empezaron un proyecto experimental ideado por los educadores de la calle de Barcelona para intentar que los jóvenes sin hogar dejaran atrás la cola, el ribotril, las autolesiones y el disolvente. Y empezaran una vida nueva. Era el verano de 2019. "Cuando empezamos recuerdo que les veníamos a buscar en el sitio donde dormían, y luego acabaron viniendo todos a dormir cerca de la Mar Bella, dónde hacíamos el 'casal', para ser los primeros en llegar. Se les cambió la cara", explica Artur Acebedo, vicepresidente de la fundación Superacció, la entidad que se propuso poner en marcha este 'casal' deportivo. "En realidad era un proyecto de reducción de daños. Los chicos empezaron a dormir más temprano porque estaban cansados. Dejaron de consumir para rendir más cuando venían a la actividad. Y empezaron a creer en ellos mismos", cuentan los educadores municipales.

Son 80 jóvenes magrebís los que están acogidos en este recurso asistencial, en el que aprenden el idioma o realizan práctica deportiva.

/ RICARD CUGAT

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El proyecto fue un éxito y se hizo más que evidente que los chicos necesitaban un sitio donde alojarse. Llegó la pandemia del coronavirus y el ayuntamiento de Montgat habilitó un espacio para ellos. Ahora ya se han instalado en un centro en la capital, bajo el nombre Llar d'Oportunitats y una parte de los fondos del proyecto los asume la Conselleria d'Afers Socials. De momento son más de 80 chicos los que han pasado por este lugar, aunque la idea es que el proyecto se extienda a los más de 200 jóvenes migrantes que aún siguen pernoctando en el raso. De hecho, este es el tercer centro de jóvenes sin hogar que ha abierto el consistorio en los últimos cinco años. El segundo fue en 2020.

A pesar de todo, Ousama y Oriak no esconden la sonrisa. "Hay gente que tiene piensa siempre mal de nosotros, pero también hay gente buena que nos ayuda", dice Oriak mirando a sus educadores. Han hecho cursos de idioma, de cocina, de entrenador personal y de reparación de bicicletas. Sueñan con poderse ganar la vida haciendo algunos de estos trabajos. Cruzan los dedos esperando que algún día, dejen de ser simpapeles. "Yo vine aquí a trabajar. ¿Por qué no nos dejan?", se preguntan.