El problema de la vejez

"Te sientes tan sola que te quieres morir"

Maria Lluisa Julià, en el piso de Lleida donde vive, el pasado martes.

Maria Lluisa Julià, en el piso de Lleida donde vive, el pasado martes. / Jordi V Pou

Se lee en minutos
Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

Escribe desde Barcelona

ver +

Tiene seis nietos, pero solo conoce a tres de ellos. Hace más de 10 años que no ve a sus hijos y el resto de parientes ya ha fallecido. "Solo me queda un primo, pero vive muy lejos", explica. Cuando Maria Lluïsa Julià se vio sola en un piso en Lleida se le vino el mundo abajo. "Me tomé 10 o 12 pastillas para acabar con todo", recuerda. Una vecina la salvó. Y desde entonces dice que ha asumido que la soledad es su compañera. Sabe que hay gente que la aprecia y el amor por la fotografía le ha devuelto las ganas de vivir. Pero lamenta que otros tengan menos suerte. "Hay montañas de viejos solos en este país", insiste.

La semana que viene Maria Lluïsa Julià cumplirà 70 años. Nació y creció en Juneda (Garrigues). A los 40 años perdió a su marido y crio sola a sus tres hijos, que hoy, con suerte, le llaman una vez al mes. "Están casados, felices, quisieron hacer su vida... pero yo les echo mucho de menos", asiente. Ahora vive sola en un piso de la capital del Segrià, donde tiene más cerca a los médicos.

"No poder dar los buenos días ni decir 'buen provecho'... es lo peor. No poder hablar con nadie que te entienda, que te quiera, no esperar a nadie en casa... ¡A veces he estado cinco días sin hablar con nadie!", se sincera para explicar qué es la soledad no deseada. "Hay días en que te sientes tan sola que te quieres morir", añade. De hecho, ya lo ha intentado. No le da miedo explicar que hace unos años se tomó un frasco de pastillas que tenía en casa para acabar con todo. "No podía más", reconoce. "Suerte que tenía que subir una vecina a tender una almohada y avisó a urgencias", recuerda. Tras un lavado de estómago, le prometió a su médico que no volvería a recaer.

Maria Lluïsa Julià pasa sus largas jornadas en casa leyendo libros y surfeando por internet.

/ Foto Jordi V Pou

No lo ha hecho, y asegura que ha aceptado que esta es la forma en que le toca vivir. "Lo asumo con tranquilidad, es lo que hay", explica. Pero sabe que su soledad es la de tantos. "Somos la última generación que cuidó de sus suegros cuando eran mayores. Las generaciones que vienen no cuidarán de la gente mayor. Hay montañas de personas solas que se mueren y nadie se entera", reflexiona.

Su vejez y la de su generación le inquieta. "¡La de gente que está sola y que no tiene un duro ni nadie que se preocupe por ellos!", insiste. Porque Maria Lluïsa se considera afortunada. Tiene amigos que le llaman y le invitan al café. También la visitan los voluntarios de la asociación Amics de la Gent Gran. Y tres días por semana semana le atienden las cuidadoras del servicio de atención domiciliaria que la duchan y le limpian la casa. "El problema es que solo pueden estar una hora, van muy de cara a la faena y no están por conversaciones", se queja. Si de ella dependiera, al desayuno estaban más que invitadas.

Noticias relacionadas

A Maria Lluïsa le preocupan los años que vienen. "Mientras esté bien, asumo que estaré sola y ya está. Pero si me pongo mala... me da un miedo terrible. Que me muera y que nadie se entere... que me encuentren cinco días después... eso tiene que ser muy doloroso", asevera. Desde que está atendida por la teleasistencia está más tranquila. "Me he caído varias veces en casa y ya me ves chillando para que alguien me levantara... Ahora pulso al botón y vienen enseguida", dice.

Con el confinamiento estuvo cuatro días sin abrir la puerta de casa. "Gracias a Amics de la Gent Gran pude salir a la calle", reconoce. Ahora se le ha metido entre ceja y ceja centrarse en su rehabilitación. "Estoy a tope para ponerme fuerte, y casi lo estoy consiguiendo". ¿El motivo? "Quiero aprovechar el verano para salir a tomar fotos. Y luego montar una exposición", cuenta con ilusión. Y es que Maria Lluïsa es fotógrafa, ya jubilada. "De esta profesión no te puedes despedir nunca, es algo que llevo en el corazón. Y ahora es mi aspiración y mi motor".

Temas

Tercera edad