Xavi con sus hijos Carles y Victor a la salida del colegio dicen adiós a los maquinistas que les contestan con un pitido

Vivir junto a las vías

Texto: Gemma Tramullas Fotos: Alvaro Monge | 10 abril 2021

Abrir la puerta de casa y sentir el rebufo de aire que causa un tren en marcha, oír tintinear las copas en la cocina al paso de un convoy, parar una conversación por el rechinar de las ruedas del ferrocarril, cruzar un puente para ir a la compra, ver a niños como los gemelos Carles y Víctor (en la foto) dar saltos de alegría cuando los maquinistas corresponden a su saludo haciendo sonar el silbato del tren, todo esto pasará a la historia si finalmente se lleva a cabo el soterramiento de las cuatro vías de las líneas de Vilanova (R2) y Vilafranca (R4) a su paso por L’Hospitalet.

En marzo Adif anunció la licitación de la redacción del proyecto ampliado de una de las reformas más esperadas y ambiciosas, que afecta a más de 100.000 personas que viven alrededor de seis kilómetros de vía férrea que se convertirían en un paseo. Al reto técnico del soterramiento se suma un desafío mayúsculo: evitar que las mejoras aumenten la desigualdad entre los barrios del norte y del sur de las vías y provoquen la expulsión de vecinos en una de las zonas urbanas más densas del mundo.

Vivir junto a las vías en L’Hospitalet, 6 historias. / ALVARO MONGE

Pero entre los hospitalenses reina el escepticismo después de años de promesas y anuncios vanos. Manuel Domínguez, presidente del Centre d’Estudis de L’Hospitalet, una de las entidades que impulsan la plataforma ciudadana L’Hospitalet Sense Vies, resume el sentir de los vecinos en una sola frase: "Ya he oído a cinco ministros anunciar este proyecto”. Personalmente, Domínguez considera que detrás del plan "no hay una idea de ciudad" y lo relaciona "con las brutales operaciones inmobiliarias que se están produciendo en todo el delta del Llobregat".

El primer teniente de alcalde, Francesc Belver, afirma que, a falta de la redacción definitiva del proyecto, Adif prevé que el soterramiento afecte directamente a entre 10 y 20 viviendas, cuyos habitantes serán realojados. El consistorio tiene previsto hacer un estudio del impacto de las obras en la movilidad entre barrios, que correrá paralelo a un plan de sustitución y rehabilitación del envejecido parque de viviendas. "Tenemos que ver cómo conjugar esta renovación con el hecho de la que la población continúe aquí", plantea. También confirma que habrá un proceso participativo: “Aunque solo sea por la paciencia, la gente tiene que poder decir la suya”.

Juanjo e Isabel: "Echamos de menos a los trenes cuando no pasan"

Juanjo e Isabel, en el portal de su casa en un antiguo edificio ferroviario del barrio de Sant Josep.

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Uno de los rincones más asombrosos del barrio de Sant Josep son las antiguas casitas de ferroviarios de la calle Pintor Sorolla, situadas a un par de metros de las vías de la línea R4. Cada vez que un tren procedente de la estación de L’Hospitalet surge de la curva en dirección a Sants parece que vaya a tragarse el hogar de esta familia.

Es verdad que las copas tintinean al paso de algunos convoyes y que, si están hablando en el umbral, tienen que interrumpir la conversación a menudo (durante este breve entrevista circularon 17 trenes), pero el lugar tiene un aire bucólico que atrapa.

Originario de Carmona (Sevilla), el padre de Juanjo llegó a Barcelona para trabajar colocando traviesas. Los maquinistas que le conocían paraban frente a su casa para llevarle al trabajo, una suerte de taxi sobre raíles que hoy en día sería inimaginable. El paisaje ferroviario ha formado siempre parte de su vida. Incluso se atreve a canturrear una vieja canción que aprendió de niño: 'Y en la estación de la fuente / un maquinista lloraba / porque tenía mucho frío y la máquina no andaba'.

Hace 48 años que vive en esta casa y cuando conoció a Isabel ella no podía entender cómo podía vivir en un lugar donde extiendes el brazo y casi puedes tocar los trenes, pero pronto sucumbió también al encanto ferroviario y aquí se han criado sus dos hijos : "Para mí los trenes no son ninguna molestia, incluso los echo de menos cuando no pasan", asegura.

“Mi suegro siempre decía que desde que vivía aquí oía que iban a soterrar las vías y que se iba a morir y no las habrían soterrado, y así ha sido”, dice Isabel. “El día que quiten las vías será positivo para la ciudad porque es una arteria que corta la ciudad en dos -añade Juanjo-, pero esperemos que podamos seguir viviendo en esta casa”.

Este conjunto arquitectónico, que es patrimonio de Adif y parece una antigua estación posteriormente reconvertida en viviendas, es uno de los pueden quedar afectados por el plan de soterramiento, aunque habrá que esperar a la redacción final del proyecto.


Toni Olivé: "Esto es una autopista de ratas"

Toni Olivé, vecino y dueño de una inmobiliaria familiar, en el transitado puente de La Torrassa.

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Toni Olivé nació en la Ronda de La Torrassa, que discurre en paralelo a las cuatro vías de las líneas R2 y R4 de Cercanías y, tras unos años el extranjero, volvió a la casa familiar. Su dormitorio da a la Ronda de la Via, la calle más pegada al ferrocarril, donde cuelgan pancartas que exigen ‘Prou Soroll! Cobriu les Vies!’.

Sin embargo, él está acostumbrado al ruido y en cambio lo que más le molesta es la suciedad: “Esto es una autopista de ratas”, lamenta desde el puente de La Torrassa, que data de 1935. Los problemas de ruido y vibraciones dependen mucho de la calidad de la construcción de las viviendas. “Yo me entero más de la bachata de los vecinos que del tren”, comenta otro vecino.

Como director de una inmobiliaria familiar, Olivé ha podido comprobar cómo el tren devalúa las viviendas más próximas a las vías: “Por mucho que expliques que hay un proyecto para soterrarlas la gente es muy escéptica -cuenta-. Es normal porque el proyecto de reurbanización de esta zona data de los años 70 y no se ha hecho nada”.

Aunque tiene claro que el futuro soterramiento tendría un impacto "muy positivo", al mismo tiempo cruza los dedos para que no acabe llevándose por delante muchos edificios afectados urbanísticamente desde hace décadas, entre ellos el de su oficina: “Si lo dejan bonito a lo mejor nos echan, pero espero que no”.


Marc Teixidó: "Estoy enamorado de las vías"

Desde la azotea de Marc Teixidó se grabaron escenas de la película 'Tapas'.

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De hecho, los amores de Marc son dos: las vías y su compañera emplumada, un ejemplar de agapornis (popularmente conocido como pájaro del amor) con el que convive en último piso de la finca que él mismo construyó en la Ronda de la Via, frente a las cuatro vías de las líneas R2 y R4 a su paso por el metro de Santa Eulàlia.

"Vine a vivir a L'Hospitalet con 5 años -cuenta-. Soy un amante de la naturaleza, me gustan los espacios abiertos y no tener que ver la ropa colgada de los vecinos. Si quiero compañía, ya me la busco yo". Además de tener una vista que abarca desde Montjuïc hasta casi El Prat, el ruido de los trenes no le resulta molesto: "Aquí hay mucho silencio y cuando pasan trenes resulta incluso decorativo. Lo prefiero a tener escuchar el 'broom, uauuu, mec mec' de motos, ambulancias y autobuses en el centro de Barcelona. Aquí tengo la sensación de estar en el campo y en 10 minutos de metro me planto en el centro de Barcelona".

Marc considera que con el soterramiento de vías la ciudad ganaría, pero el tema no le quita el sueño: "Me gustaría que se hiciera, pero no me quita el sueño. También estoy enamorado de las vías del tren.


Luis Amaya: "Aquí vivimos muy mal y mis nietos van a enfermar"

Luis Amaya, en el patio trasero de la insalubre finca donde vive con su mujer y sus nietos, afectada por el soterramiento.

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Acaba de recoger a su nieto pequeño del cole y los dos avanzan por la calle Rosalía de Castro, en un tramo tan estrecho que hay que ir esquivando transeúntes. Luis vive con su mujer, Amparo, y sus dos nietos en la finca más desvencijada de un grupo de casitas encajadas entre las vías de la línea R2 y el incesante tráfico de una rotonda, a pocos metros de la biblioteca y el centro de arte Tecla Sala.

"Hace más de 20 años que estamos aquí y cuando fuimos a denunciar lo mal que vivimos nos dijeron que la finca estaba afectada y que había pasado a manos del ayuntamiento. ¡Le estuve pagando 400 euros de alquiler a la propietaria durante dos años y ya no era suya!", lamenta este hombre emparentado con la bailaora Carmen Amaya.

Tras vencer su lógica desconfianza, Luis se aviene a mostrar el interior de la casa. Al cruzar el umbral, una película de humedad se pega a la piel: "Está todo húmedo, chorrea agua -dice-. Aquí se vive muy mal y mis nietos enfermarán. Pero yo no me gasto un duro, porque arreglas una cosa y se cae otra".

Antes de la pandemia, una de las salas se utilizaba para el culto evangelista, pero ahora el altar está sumergido bajo una montaña de ropa. Amparo y su nieto mayor se han trasladado a dormir a esta habitación: "Mi mujer duerme con una cachava [un palo] para evitar que entren ocupas”, explica.

Una colcha y un viejo somier hacen de parapeto para evitar el paso de extraños desde el patio trasero, donde han escrito 'Cristo te ama' en la valla que separa las vías. Desde allí se atisba un paisaje desolador. El tren pasa a la altura de la nariz y la fachada parece la de una ciudad bombardeada. "Aquí las ratas son tan grandes que nos las comemos con arroz", dice Luis, que no ha perdido las ganas de bromear.

El proyecto de soterramiento aún no está redactado, pero el primer teniente de alcalde avanza que este grupo de casitas probablemente serán demolidas. De la finca de tres pisos donde viven los Amaya afirma que "nos preocupa la estructura" pero también considera que "las viviendas están en condiciones". Por su parte Luis asegura: "No queremos nada regalado. Yo por un pisito de protección oficial besaba el suelo".


Àlex González: "Al final acabarán echándonos"

Àlex González tiene su taller en la antigua fábrica Freixas, que forma parte de L'Hospitalet Districte Cultural.

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Hace años pocos vecinos se aventuraban a deambular por la zona comprendida entre las vías del ferrocarril y la calle Santa Eulàlia, donde se encuentra la antigua fábrica de televisores Freixas que hoy acoge a decenas de artistas. Naves industriales en desuso, casitas deterioradas y solares asilvestrados formaban lo que los antropólogos llaman un no-lugar, un espacio al que se le ha arrebatado la identidad.

"Todo lo que es feo para la industria del ladrillo a nosotros nos gusta: las vías del tren, los edificios industriales en desuso, las construcciones populares de casitas…", enumera el pintor Àlex González, miembro del colectivo CMR que actualmente expone en la sala TPK.

Como parte de la iniciativa L’Hospitalet Districte Cultural, Can Freixas ofrece un espacio inmenso, luz a raudales y hasta hace poco una vista espléndida hasta Montjuïc, que ahora tapa un bloque de pisos en construcción que tendrá piscina, gimnasio y sala de cine. El lema de la constructora, en una ciudad con un problema acuciante de vivienda, es: ‘El espacio es un lujo’.

Hijo de L’Hospitalet, Àlex es fan de los trenes y, aunque es consciente de la herida urbana que suponen, afirma que las echará de menos si finalmente se soterran: «En principio no es una mala idea, pero se está haciendo a golpe de especulación. Es un pretexto para los intereses de la construcción, igual que el hecho de que muchos artistas estemos aquí es un pretexto para las inmobiliarias, que vienen a un barrio bohemio. Al final terminarán echándonos, como pasó en Brooklyn y en los Docklands de Londres».

Sus palabras no son solo hipótesis. Con el colectivo CMR lleva ya dos mudanzas al no poder asumir la subida de precios de los espacios que antes alquilaban como taller. De momento considera que el compromiso de la propiedad de Can Freixas con el arte les protege.


Marc García: "Vendo el piso pero no por el ruido"

El balcón de la casa de Marc García está al nivel de la pasarela del desangelado puente de La Vanguard.

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El ruido atronador del cruce de dos trenes reventaría un medidor de decibelios y termina de cuajo con la conversación en el balcón de Marc García. "Hay que tomárselo con alegría», bromea este músico e informático mientras mueve los brazos al ritmo del paso del tren como si estuviera en una ‘rave’". 

Desde este primer piso, que queda a la altura del desangelado puente de la Vanguard por encima de las vías de la R2, la vista es apocalíptica: un amasijo de vehículos triturados se acumulan en el depósito judicial de la Guàrdia Urbana y sobre uno de los muros una imagen distorsionada de Andy Warhol acaba de darle un toque ‘brooklyniano’. 

Marc nació en L’Hospitalet pero se trasladó a vivir al campo y luego volvió a la ciudad con sus hijos: «Claro que hubiera preferido una casa que no estuviera pegada a las vías pero me hubiera costado 30.000 euros más -explica-. Los primeros días me costaba dormir, pero ahora los trenes ya no me despiertan. El ruido para mí no es una molestia y eso que dicen que puede llegar provocar un ictus».

Con sus hijos ya fuera de casa, la ha puesto a la venta después de cerciorarse de que la finca no estuviera afectada por el proyecto de soterramiento de las vías: «Me parece bien todo lo que sea mejorar los exteriores y si se reduce el ruido, fantástico -comenta-. Pero yo no vendo el piso por el ruido sino porque se me ha quedado grande y quiero irme a vivir al campo».


Ángel Murillo: "Solo le veo cosas positivas al soterramiento"

Ángel Murillo tiene una vista panorámica desde el octavo piso de un bloque de reciente construcción.

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A unos 100 metros del hervidero humano del puente de La Torrassa, en dirección al barrio de Sant Josep y justo antes de llegar a la antigua fábrica Can Trinxet, se alzan varios bloques de viviendas de reciente construcción con una altura de hasta 10 pisos. Aquí no hay aglomeraciones, ni apenas tráfico, sino pequeñas zonas verdes y espacios de juegos infantiles, lo que sin duda se refleja en los precios de los pisos.

Ángel Murillo nació en L’Hospitalet y se lo pensó mucho antes de adquirir una vivienda de protección oficial uno de estos bloques, donde vive con su mujer y sus tres hijos: “Veníamos muchas tardes para comprobar el ruido de los trenes y fue el único punto que hizo que nos lo pensáramos bastante”.

Tres años después, asegura que aún no se ha acostumbrado: “Y creo que no me acostumbraré”, remata. “A veces pasan hasta cuatro trenes a la vez y si es verano y estamos en la terraza sabemos que es el momento de callar porque no nos escuchamos”. En cambio, con las ventanas cerradas apenas se cuela el ruido.

De todos los vecinos entrevistados, es el menos escéptico ante el soterramiento. “Creo que se ha dado el paso definitivo para hacer la redacción del proyecto -opina como aparejador que ha leído sobre el plan--. Yo solo le veo cosas positivas. Me parece un paso adelante, para mí, para mi familia y para la ciudad, porque se eliminará la barrera que históricamente la ha dividido”.

Como propietario no le preocupa que se genere un proceso de gentrificación: "La expulsión ya se está produciendo desde hace tiempo por la presión de la gente que viene de Barcelona”.

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