SALUD MENTAL

La liberación de decir "yo no estoy bien"

Sergi se dio cuenta hace tres años de que llevaba una deriva peligrosa y empezó a tomar los mandos de su vida

Sergi, en la parada de metro de Gràcia, ante uno de los carteles con su rostro. No le gusta especialmente, pero cree que puede ser útil

Sergi, en la parada de metro de Gràcia, ante uno de los carteles con su rostro. No le gusta especialmente, pero cree que puede ser útil / Ferran Nadeu

  • "No tiene sentido ir al gimnasio para trabajar el cuerpo y que no hagamos nada con nuestra mente", lamenta

  • Ha participado en una campaña para visibilizar y combatir el estigma de la salud mental en la sociedad

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Mira siempre a los ojos, aunque esté relatando intimidades incómodas, de esas que solo compartirías con un buen amigo y quizás con los hombros encogidos. Pero dar el paso, explicar que su salud mental anda tocada, forma parte de su revuelta; un alzamiento contra su yo anterior, autodestructivo, viciado, sin rumbo. Sergi le ha dado la vuelta al calcetín y dice que está mucho mejor aunque queda un largo camino por recorrer. E insiste: "Todo el mundo debería hacer terapia, no tiene sentido que cuidemos nuestro cuerpo en el gimnasio y que no hagamos nada con nuestra alma". Lo cuenta en un bar de los Jardinets de Gràcia de Barcelona, donde pide un bocadillo de fuet y una taza de agua caliente porque la infusión la lleva en el bolsillo. Un chico peculiar.

El póster de la foto que acompaña estas líneas está en la cercana parada de los Ferrocarrils. Inmenso. Se acerca con timidez ante la mirada atónita de los viajeros del metro. "Se me hace raro y no ha sido fácil, pero si explicar mi situación puede ayudar a alguien, no podía decir que no". Ha formado parte de una campaña, impulsada por Obertament, para visibilizar la fragilidad de la salud mental en tiempos de pandemia. "Yo tampoco estoy bien", reza la lámina. "No, no lo estoy, y creo que admitirlo ya es un gran paso, quizás el más difícil de todos". A partir de ahí, a buscar ayuda.

Sergi, en la salida de la parada de metro de Gràcia, rodeado de viajeros y de sí mismo

/ Ferran Nadeu

En el caso de Sergi, todo cambia a principios de 2018. La ruptura con una pareja le hace replantear su vida. Y, sobre todo, sus hábitos. Salía mucho de fiesta, noches en las que, además, bebía como si no hubiera un mañana. Alienación en toda regla, porque el lado laboral lo tenía cubierto con una buena posición en el mundo del diseño y la comunicación. No saber qué demonios le pasaba le generó un miedo nuevo, una inseguridad que no había sentido antes. "Estaba asustado, no entendía qué me pasaba porque no nos han educado para entender nuestras emociones". Necesitaba que alguien le guiara para poder "descodificar los mensajes".

Amigos más amigos

Se nota que la terapia le ha cambiado. No solo por estar más en paz. También por cómo habla, las pausas, las frases cortas pero directas, muy convencido de todo. Aparentemente. El estigma no le echaba para atrás porque su generación, dice, a diferencia de la de sus padres, "ha normalizado mucho más el hecho de pedir ayuda psicológica". Sí temía perder a los amigos, muy vinculados con el ocio nocturno. Dejó el alcohol y al principio de la terapia optó por recluirse en casa, como si uno no pudiera divertirse sin una copa en la mano. "El tiempo me demostró todo lo contrario. Las amistades que tenía se fortalecieron, y las que solo tenían que ver con salir de fiesta, se convirtieron en algo más. Me di cuenta de que era capaz de estar mucho más atento a mis verdaderas necesidades".

"Todo el mundo debería hacer terapia, no tiene sentido que cuidemos nuestro cuerpo en el gimnasio y que no hagamos nada con su alma"

Volvió a salir, pero ahora la cerveza la pedía sin alcohol. Sucedió algo muy curioso: algunos de sus amigos, con el tiempo, acabaron pidiendo lo mismo. Se perdió "la parte desinhibida de la noche, la locura". Dice que solo muy de vez en cuando echa de menos descarrilar, que mantenerse bien "es un beneficio que compensa, porque sanar aspectos de la vida emocional requiere estar bien conectado". El hecho de no emborracharse, unido a lo que ha aprendido durante la terapia, también ha cambiado su manera de relacionarse con las mujeres. Dice que ahora es un acercamiento "mucho más consciente". Y lo vincula con un machismo que no tenía detectado pero que también perpetraba: Nos enseñan que un hombre debe hacer esto y aquello, son conductas preconcebidas, como vacilarle a una chica cuando te acercas a ella". "Podemos ligar de una manera mucho más tranquila, yo de hecho tengo muchas menos relaciones, pero más sanas y verdaderas". Otro tic de la masculinidad era la dificultad de llorar. Llevaba años sin derramar una sola lágrima.

Sergi y Sergi, en la parada de FGC de Gràcia, la semana pasada

/ Ferran Nadeu

Admitir un problema de salud mental también le hacía temer por su trabajo, por la relación con su familia. Incluso por el estatus social. Pero fue superando pantallas y se iba dando cuenta de que sucedía todo lo contrario, que en la relación con sus padres reparaba fallos endémicos que eran parte fundamental del problema -"conseguí sanar mi relación con mi niño interior", sostiene-, y que en su oficio todo lo veía más claro. Al depender tanto de la creatividad, la claridad de mente le permitía explorarse mucho más. Pero aunque se vea mejor que hace tres años, a pesar de que haya ganado confianza y se juzgue más a sí mismo que a los demás, Sergi cree que este es camino que no tiene final. "No sé qué quiere decir estar bien, creo que es un trabajo que dura toda vida".

Bajo la alfombra

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Dice que la pandemia le ha venido bien para frenar el ritmo. Pero también le ha servido para darse cuenta "de lo poco que se tiene en cuenta la salud mental desde el punto de vista público". "La gente tiene problemas psicológicos graves que no se están atendiendo y eso demuestra, además de la falta de medios, que somos un país que esconde las enfermedades del alma bajo la alfombra", lamenta.

Por eso decidió dar el paso y ceder su historia y su rostro. Ante el cartel dice sentirse "vulnerable, con mucha vergüenza". "Intento demostrar que soy fuerte y ahí estoy diciendo lo contrario, pero bienvenida sea la contradicción, porque es cierta. Y creo que es así, admitiendo tu fragilidad, como somos capaces de levantarnos". Sergi termina el bocata y la infusión, coge su preciosa bici de carretera para volver a casa. "Estoy aprendiendo a quererme a mí mismo", se despide. Y se marcha Via Augusta abajo.