la respuesta al desconfinamiento comarcal

Más gente en La Roca Village que en el Montseny

Hace medio año el arrebato fue una comunión con la naturaleza que colapsó el parque natural y, ahora, la emergencia parecen ser unos pantalones a mitad de precio

Una mujer realiza un ’selfie’ a cuatro tras dar por terminada la labor de levantar un muñeco de nieve, este, sin zanahoria.

Una mujer realiza un ’selfie’ a cuatro tras dar por terminada la labor de levantar un muñeco de nieve, este, sin zanahoria. / Anna Mas (Anna Mas)

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Fue el pasado 18 de octubre cuando en este mismo diario se echó mano de un rotundo título para describir aquella jornada dominical: “Barcelona vacía, el Montseny colapsado”. Con ese antecedente en la hemeroteca parecía lo más lógico regresar a la escena del crimen en este primer sábado en que, en bajada de la tercera ola de la pandemia y a la espera de la cuarta, el confinamiento comarcal ha sido suspendido por las autoridades. La realidad es cada día que pasa más cuántica, vamos, que lo que sucede en un lugar de repente deja de ocurrir y se traslada a otra parte. "El Montseny vacío, la Roca Village colapsada”. A lo mejor es una señal. Hace medio año parece que la gente buscaba una comunión con la naturaleza por si era la última de sus vidas y ahora, en cambio, les basta con unos pantalones rebajados para encarar el apocalipsis o el verano, lo que primero llegue.

Lo de octubre, dicen los expertos, se veía venir. Las montañas son las nuevas playas. Aquel domingo se taponaron los accesos al parque natural porque, con los escasos aparcamientos llenos, los conductores terminaron por estacionar sus vehículos donde les salía del cárter. Este 20 de marzo la predicción era que podía repetirse la trapatiesta. Hasta los Mossos d’Esquadra lo pensaban. Media docena de agentes estaban apostados a primera hora de la mañana en una curva a la altura de Campins por si había que cerrar el paso. Solo miraban en el interior de los coches sin pedir a los conductores que se detuvieran, se supone que para certificar de un vistazo que los ocupantes eran perfectas burbujas. Qué gran error fue, dicho sea solo de paso, que en 2018 Freixenet renunciara a sus burbujas, ahora que están en boca de todos.

Una familia, perfectamente equipada con cuatro trineos para la que se supone que será la última nieve de la temporada en el Montseny.

/ Anna Mas

Había tráfico, sí, pero no el que cabría suponer dadas las condiciones. ¿Cuáles? Una capa de nieve le daba al Montseny un hermoso aspecto de pastel espolvoreado con azúcar glass. Antes incluso de llegar a Santa Fe, 1.300 metros de altitud sobre el nivel del mar, ya era posible hacer un muñeco de nieve. En un recodo del camino, la familia Garcia (un saludo desde aquí y gracias por el fuet) venía perfectamente equipados para la tarea. No se olvidaron ni siquiera de la zanahoria, pero al meter los paquetes en el coche antes de salir se les rompió, así que el muñeco iba a parecerse ‘comme il faut’, a Cyrano y terminó por ser más bien un Karl Malden.

Cada niño, un Buendía

El Montseny, ya se sabe, es un potente imán de barceloneses. Con sol radiante y nieve reciente, más aún, un electroimán. Siempre hay algún capitalino con niños en casa que, como si fueran José Arcadio Buendía quiere que conozcan por primera vez el hielo. Es estupendo como lo cuenta Gabriel García Márquez en ‘Cien años de soledad’. El muchacho alarga la mano para tocar lo que cree que es un diamante y el gitano Melquíades le dice que no sin antes pagar los cinco reales que cuesta tan frío placer. El Montseny es así, pero gratis. Incluso, ya puestos a contar sus excelencias, tiene tres formidables secuoyas que fueron plantadas hace 120 años y que han crecido hasta los40 metros de altura. Al principio eran cuatro, pero a una la mató una tormenta, por eso desde entonces las tres restantes tienen un pararrayos en su copa. Que supere eso el realismo mágico.

La cuestión es que el propósito de ir al Montseny era el antecedente de octubre y, caramba, aunque transitado, no era lo previsto. Cosas de la realidad cuántica, estaban, lo dicho al principio, en otro lugar.

De compras por la Roca Village, una vez superada la difícil tarea de aparcar el coche.

/ Anna Mas

En el año 2019, qué tiempos aquellos, Francia estrenó una miniserie que dio la vuelta al mundo, por buena y, también, por premonitoria. ‘El colapso’, así se llama. Predice en ocho perturbadores episodios el errático e inmoral comportamiento que le aguarda a la humanidad el día en que la vida en sociedad tal y como la conocemos toque a su fin. En la serie no se explica qué ha sucedido para desencadenar ese colapso, pero el hecho de que se estrenara en España más o menos cuando la gente vaciaba las estanterías del papel higiénico de los supermercados resultó enormemente inquietante. En uno de los capítulos se muestra sin almíbares el abandono absoluto de los ancianos en las residencias. En eso, hasta se podría aceptar que la realidad ha sido más trágica que la ficción.

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El caso es que desde que se estrenó ‘El colapso’, las secuelas de aquella serie en la vida real han sido varias. Algún día habrá que recapitular para que no caigan en el olvido, porque incluso ha habido primeros ministros europeos que en público han defendido la consecución de la inmunidad de rebaño de forma natural, es decir, a costa de que mueran parte de las ovejas. Tampoco habría que dejar fuera de la lista el oportunismo veleta. Hace poco más de un mes, la televisión pública catalana llevó a cabo una indisimulada campaña en contra de la celebración de las elecciones autonómicas el 14 de febrero. Se dio voz en cada noticiario y en muchos programas de entretenimiento a quienes habían sido llamados a formar parte de una mesa electoral y se negaban a ir como si la urna fuera el cadalso. El fin del confinamiento comarcal, con los indicadores de covid de nuevo apuntando hacia arriba, no ha merecido el mismo trato. Ahora, ni mú. El Montseny estaba medio vacío, o solo medio lleno, si se prefiere decir así, pero a escasos kilómetros, la Roca Village, el Valhala de las rebajas, estaba como si Odín hubiera abierto todas las barricas de hidromiel. Para un profano, tal acumulación de gente cuesta de entender, pero hechas un par de consultas, parece que este año es posible encontrar ahí algunas oportunidades que ni en el carromato de Melquíades sería posible hallar. Hasta pantalones de la talla 42, la que siempre se acaba primero.