Habla la familia de la fallecida que confundieron con una gallega viva: "Esperaba ver a mi hermana y llegó la Rogelia"

  • "Es un fallo tremendo. En 85 años que tengo jamás vi ni oí nada igual", se quejan

Habla la familia de la fallecida que confundieron con una gallega viva: "Esperaba ver a mi hermana y llegó la Rogelia"
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Mónica G. Salas

"Esperaba ver allí a mi hermana y llegó la Rogelia". Maximino Arias Lorenzo, asturiano de 85 años, recibió el pasado sábado una de las peores noticias de su vida: su hermana Concepción, o Conchita como él la llamaba, había muerto diez días atrás por covid y estaba ya enterrada pero con el nombre de otra mujer, de Rogelia Blanco, su compañera de habitación en un geriátrico gallego. Nadie le avisó, porque nadie cayó en el tremendo error hasta ese mismo sábado que Rogelia apareció viva por la puerta de su residencia de Xove, en Lugo, tras recibir el alta.

En un centro de Ourense, de la misma propiedad que el lucense y a donde habían sido trasladadas las dos ancianas al tener covid, cruzaron sus identidades y la que murió el 13 de enero, Conchita, de 90 años, se pensó que era Rogelia. El entierro se celebró al día siguiente. Y como los protocolos del virus obligan a que el ataúd permanezca cerrado, los familiares de la mujer gallega no se percataron de que, en realidad, estaban llorando a una desconocida y que su Rogelia le estaba ganando la batalla al covid.

–Lo que ha pasado es un desastre. Mi hermana está enterrada con el nombre de la Rogelia.

Maximino Arias metió en 2014 a su hermana Conchita en una residencia de Lugo. Su marido, que era gallego, había fallecido en 1996 y el matrimonio no tenía descendientes. Así que Maximino, viudo y con dos hijos, se hizo cargo de ella. Llevaba desde febrero sin verla por culpa de la pandemia, aunque hablaban por teléfono de vez en cuando.

–El viernes (día 22) llamé yo a la residencia de Ourense para saber cómo estaba, porque había cogido el virus. Nadie respondió al teléfono. Así que lo intenté con el geriátrico de Lugo. Allí me dijeron que ya volvía porque estaba curada.

El tinetense llevó una gran alegría. Y el sábado decidió viajar a Lugo para ver a Conchita. De la euforia pasó al asombro, del asombro al llanto, y del llanto al enfado.

–Llegué al geriátrico y salió la directora a la puerta. “Su hermana murió hace diez días y ya está enterrada”, me dijo. “¿Pero si me aseguraron que estaba viva?”, contesté yo. Y ella me explicó que en Ourense se produjo una equivocación y que allí le pusieron el nombre de su compañera de habitación. “¿Cómo pudieron enterrarla sin saberlo yo”, insistí.

A Maximino Arias no le cabe en la cabeza que para una operación de cadera tuviese que firmar un papel dando su consentimiento –“si no, no le hubiesen hecho la operación”– y, sin embargo, cuando fallece Conchita nadie le avisa y, lo que es peor, la entierren sin su permiso.

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Es un fallo tremendo. En 85 años que tengo jamás vi ni oí nada igual. Que entierren a una persona con el nombre de otra... Y que le hagan la misa y todo. Conchita está en la fosa de la Rogelia cuando ella tenía otra con capacidad para cuatro personas y en la que solo está su marido, Jesús.

Maximino Arias Lorenzo, que tiene otra hermana en Madrid, llamada Modesta –nacieron en Cuba pero se criaron en Tineo–, quiere trasladar cuanto antes a Conchita al nicho donde debe descansar en paz para siempre, junto a su esposo. Pero eso dependerá ahora de los jueces. El gravísimo error de identificación está en manos del juzgado de Viveiro.

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