La Cañada Real de Madrid, entre las heladas y la penumbra

"Vivimos como si estuviéramos muertos"

  • Un apagón afecta desde el 3 de octubre a más de 4.000 personas en la barriada más pobre de Madrid

  • Naturgy niega que haya cortado la luz y explica que la red salta por el elevado consumo de algunos enganches ilegales

Un vecino acarrea una bombona de butano en la Cañada Real, en Madrid.

Un vecino acarrea una bombona de butano en la Cañada Real, en Madrid. / JOSÉ LUIS ROCA

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Mil seiscientos niños sin luz ni radiadores son 3.200 piececillos que calentar arrimándolos a una estufa o frotándolos con las manos; y también son 1.600 cabecitas que calmar si no hay tele, y 1.600 cuerpecillos que duchar a cacitos de agua de olla puesta a la lumbre, y miles de jerseys, pantalones, pijamas que poner a secar no se sabe dónde.

El gran exponente de la pobreza energética de la Cañada Real Galiana de Madrid son los niños. Algo más de 4.000 personas aguantan desde el pasado 3 de octubre un apagón casi permanente en los sectores V y VI de esa aglomeración de viviendas que fueron chabolas y que siguen sin legalizar por más que algunas lleven ya 60 años levantadas y sean hoy casas de ladrillo.

Los vecinos de los sectores V y VI de la Cañada Real Galiana de Madrid soportan temperaturas bajo cero este invierno en su tercer mes sin luz. / José Luis Roca

Bajo esos techos habitan 1.600 menores. Y son sus sabañones lo que acucia más a las mujeres del barrio, que se ayudan entre sí, y que, en la adversidad, siguen un prontuario de trucos y reglas para hacer frente al frío y la penumbra.

Regla 1: los niños, fuera

“Lo que más me duele es oír a mi hija decir ‘mamá, tengo frío’, y lleva tres jerséis, tres pantalones, tres calcetines…”. Ikram Amatouch, madre inmigrante marroquí de 31 años, esposa de un cocinero de sushi en paro, rompe a llorar cuando lo cuenta, porque, se excusa, “hay días mejores y días peores”. El día que atiende a EL PERIÓDICO en su infravivienda de la Cañada es de los muy malos: Filomena ha congelado las tuberías; además de la luz también falta el agua.

Ikram prefiere hablar sin cámaras. “Mi casa está llena de humedades, y no quiero perjudicar a mis hijos”, dice. Son tres, de 10, 7 y 4 años. De día los manda al patio o a la calle, “porque se está mejor fuera que dentro”, opina.

Y esa es una de las particularidades de este invierno sin electricidad en La Cañada: las casas se ponen tan húmedas y frías que resulta más compasiva la intemperie.

En casa de Ikram cada jornada termina a las ocho y media de la tarde. “Para quedarte congelándote con una linterna, mejor te acuestas –explica-. Es que, además, los niños se estresan mucho y no paran de pelearse”.

Quizá lo que más ha golpea su ánimo, pasados ya 100 días sin suministro eléctrico, es cómo la situación hace retroceder a sus hijos. Los dos menores vuelven a necesitar pañales, cuando ya hacía mucho que los habían dejado. Por eso llora Ikram. “Si me lo llegan a decir, cojo la patera para Marruecos”, estalla.

Regla 2: vestirse bajo las mantas

En su casa del sector V, José Fernández se ha arrimado la estufa a las piernas, en el sillón que ocupa como un trono mientras corretean unos nietos alrededor. “No sé para qué salimos tanto en la televisión –dice-, si no sirve para nada”.

Hombre y estufa componen una imagen de otro tiempo, solo actualizada por la luz blanca del móvil que ilumina su cara mientras lee mensajes. Cada día carga su teléfono en el mechero de su viejo Land Rover. “Aquí se está pasando muy mal. Me gustaría que viniera uno que mandara, un presidente o algo, y a ver si aguantaba aquí”, reta.

Asegura José que los niños del sector se visten por las mañanas bajo las mantas de la cama, para no perder calor. Parte del vecindario de la Cañada pasa estas jornadas bajo cerros de mantas. No solo los niños, también los ancianos. “Los viejos tienen tanto frío que no se mueven de sus sillones, tapados todo el día”, describe Ikram Boudaher, vecina del sector V, mediadora social y madre de 32 años.

A falta de luz, las ONG han llevado mantas al barrio, pero las rechazaron en diciembre algunos marroquíes porque entre ellos había corrido la especie de que los jergones provenían de muertos de covid. Los bulos proliferan en el abono de la desgracia. Estos días, una organización caritativa de la extrema derecha, de las que se movieron en las caceroladas contra el confinamiento, se hace vídeos con activistas apadrinando recién nacidos. Españoles, claro.

Regla 3: cocer la nieve

Cuenta Rita Maestre, concejala madrileña en la oposición, que uno de los detalles que no olvida de sus últimas visitas a la Cañada es cómo algunas mujeres acaban de secar la ropa de sus niños: con el cuerpo.

“Si no hay luz, en casas húmedas y frías es muy difícil que la ropa se seque del todo, así que se ponen ellas encima”, relata una de las impulsoras de que su partido, Más Madrid, fuera el primero en denunciar la catástrofe de La Cañada.

Mantener la ropa limpia se hace muy difícil en la tundra en que el temporal ha convertido a la barriada. Ni es fácil la higiene, porque los termos, aunque sean de gas, no funcionan sin enchufe. “Aquí se ducha a los niños calentando agua en una olla -explica Ikram Boudaher-. Y si no hay agua, como hoy, se la pides a un vecino o a un pariente.

- ¿Y si ellos tampoco tienen agua?

- Entonces cueces un poco de nieve.

- ¿Y si no tienes gas para cocerla?

- Entonces no cueces nieve.

Como su tocaya, esta Ikram describe la situación a martillazos. Es madre de un bebé con un problema pulmonar incompatible con la gélida humedad de su vivienda. La acumulación de adversidades la ha hecho propietaria de un cansancio infinito. Cree que tanto ella como el barrio contraerán una depresión. “Te levantas vaga, sin ganas de vivir. Aquí vivimos como si estuviéramos ya muertos”, resume antes de proclamar: “Yo creo que la luz es un derecho humano”.

Un vecino palea la nieve en la Cañada Real de Madrid. / José Luis Roca

Para la concejala Maestre, “esto es una guerra de desgaste contra los vecinos. Las compañías eléctricas no están obligadas por el contrato social a que los niños tengan luz –protesta- pero los gobiernos sí. En cualquier barrio de Madrid a nadie se le ocurre que pueda dejársele sin luz tres meses por un problema técnico; en la Cañada sí”.

Regla 4: desconfiar del gas

Ha salido de una corrala un muchacho magrebí calzado con insólitos crocs playeros de goma, con los que anda por el asfalto helado empujando una carretilla llena de nieve. Con mucho esfuerzo la vuelca en el borde de la calle, y Pedro, que lo ve tan afanoso, le bromea: “Hoy has desayunado poco, ¿eh?”

Pedro, cincuentón, técnico de mantenimiento de un colegio cercano, está con Mohamed, Rachid y Said, jóvenes albañiles que entre los tres juntan más hijos que vecinos quedan en algunos pueblos de España. Los cuatro hombres charlan en el lado de sol de la calle nevada, Pedro de día libre, y los marroquíes en otra jornada de paro.

“Somos trabajadores. Queremos que nos pongan contador y pagar como todo el mundo”, asegura Mohamed. “Dicen que no hay luz porque aquí se planta marihuana. Nosotros no tenemos marihuana. La policía sabe quién. Y aquí no había más marihuana el día 2 que el día 3 de octubre”, dice Said.

El 3 de octubre saltó la luz. Desde entonces no la hay más que a ratos en el sector V de la Cañada Real, y nunca en el sector VI, el conflictivo, que alinea una veintena de tenderetes de la droga.

Houda, vecina del VI y miembro de la Asociación de Mujeres Árabes Luchadoras, relata que se encuentra mal esta mañana. Es por lavar la ropa a mano con agua helada, pero también porque ha pasado la noche durmiendo con la estufa de butano encendida en la única estancia de su casa.

Las catalíticas de hoy no son como las de antes, pero dicen los vecinos de la Cañada –expertos en la materia-  que una encendida toda la noche deja mal cuerpo al despertar. “Tengo el estómago revuelto –dice Houda-. Hace unos días se puso malo un matrimonio mayor aquí también por lo mismo”.

Lo ha oído todo el barrio, como también las noticias de la hipotermia: el ingreso hospitalario de un anciano y tres bebés, y la muerte de un marroquí, denunciada en los juzgados. Luz y salud tienen una relación íntima en la cañada. En casa de Manoli y Antonio todas las tardes conectan un generador de gasoil que les enciende una bombilla y una tele. Y ya: no da para la nevera ni para la lavadora, aunque sí para la batería de un respirador que usa él la mitad de la jornada. “Es que nací enfermo del pulmón, porque tengo un músculo flojo”, explica el hombre señalándose el diafragma.

Así que cada tarde cargan el ventilador eléctrico con el generador. A diez euros de gasoil diarios, dice Antonio. “Eso no hay pensión que lo aguante”, añade Manoli.  

A Ikram Amatouch tampoco le gustan las estufas de gas; no deja encendida la suya cuando se va a dormir. Pero estas noches son tan frías que no hay más remedio: “Me despierto a las tres, y miro a los niños –relata-. Si me encuentro que alguno está heladito enciendo la estufa y me quedo yo despierta porque no me fío”.

Un vecino ha propagado por el barrio una solución: un transformador del Bricomart que mete en la casa la energía de la batería del coche. A Ikram Boudaher le ha llegado la foto del aparato al guasap, pero “no basta”, dice.

Regla 5: vigilar las torres

“Nos cortan la luz porque quieren construir, y a las constructoras no les gusta tener pobres cerca. Sigue la pista del ladrillo”, recomienda Pedro en la tertulia callejera.

Estaba hablando con Mohamed, Rachid y Said de los limitadores, parte de la mitología del barrio. Los hombres señalan más allá de una explanada nevada, hacia una lejana torre de alta tensión. “Los pusieron allí. Son cajas que rebajan la potencia”, dice Saíd.

Naturgy, la compañía que suministra electricidad a la zona, niega que haya instalado limitador alguno. “No hemos cortado la luz”, dice una portavoz. Lo que ocurre es que “las redes, por ley, llevan una protección contra la sobrecarga, y allí la sobrecarga es tal que el mecanismo de seguridad salta. El sistema se rearma de forma recurrente, tres y cuatro veces al día, pero no deja de saltar”.

En el sector VI de la Cañada, unos pocos puntos consumen hasta 20 o 30 veces más kilowatios que un piso medio de Madrid, mientras el resto de las casas está completamente a oscuras. En qué se hace en las chabolas hiperiluminadas no entra la compañía. “Cultivan marihuana, ¿qué va ser?”, dice el jefe de la pareja de policías municipales que vigila el sector VI desde un cerro cercano, el de la Iglesia de Santo Domingo, espartano edificio de hormigón rodeado de las tiendas de campaña de una tribu de yonkis.

La luz se desborda cálida por la puerta del templo. Dentro, hoy la ONG Remar reparte entre los heroinómanos una partida de roscones de reyes que sobraron en un comercio. La parroquia es uno de los cuatro únicos clientes legales que, en 25 años, ha inscrito Naturgy en la barriada. Los otros son el alumbrado público, el vertedero de Valdemingómez y una asociación de vecinos.

En noviembre, un grupo de vecinos recorrió el barrio y examinó las torres del tendido eléctrico eliminando enganches ilegales, para ver si así volvía la luz. Pero Naturgy sigue sin ponerles contadores. “No es que no queramos instalarlos, es que, por ley, las viviendas deben cumplir antes requisitos administrativos como la cédula de habitabilidad”, explican en la compañía.

Desde Arquitectos sin Fronteras, Luis María Montón, conocedor de la Cañada, eleva el tiro al Ayuntamiento de Madrid: “Dada las circunstancias de urgencia, se podría declarar el estado de emergencia social y de forma provisional sortear esos requisitos. No puede ser que unos vecinos paguen por los delitos de otros”.

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La ONG investiga si esta situación coincide con una resurrección de los intereses urbanísticos en las áreas vecinas de Los Ahijones y El Cañaveral. Los vecinos, entre tanto, otean las torres. “¿Queréis ver los limitadores? Están allí”, dice Mohamed.

El marroquí se ofrece de guía por la explanada nevada, más allá de un modesto parquecillo, pero mejor no: es un Yucón en el que la nieve oculta traicioneros socavones entre las escombreras. Además, anochece. Cuando llegue el verano, que hoy parece tan lejos, en esa explanada ahora nevada chirriarán de noche los grillos. Entre tanto, a los atardeceres de este invierno helador les pone banda sonora en la Cañada el ronroneo de los generadores de gasoil que, en las infraviviendas con suerte, alimentan a algunas bombillas y algunas pantallas de televisión con realitys y concursos de talentos.