Consumo ético

Gallinas: nacer, vivir y morir en un folio

  • Las cadenas de supermercados y oenegés como Equalia sentencian los huevos de categoría 3 ante la indiferencia de las autoridades políticas

Las patas de una gallina muerta, junto a un huevo, en un video de denuncia de Equalia.

Las patas de una gallina muerta, junto a un huevo, en un video de denuncia de Equalia. / Equalia

6
Se lee en minutos
Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

ver +

Cojan una hoja de papel. Del tamaño más común. Un folio. Ahora, si están en casa, abran la nevera. Si tienen huevos (en el sentido literal de la expresión, no en el metafóricamente desafiante) cojan uno de ellos. Tal vez necesiten una lupa. Si el primer número impreso en la cáscara es un 3, que es lo más común en España, o sea, en tres de cada cuatro ocasiones, deben saber que la gallina que lo ha puesto pasará toda su vida entre rejas, sin luz natural, en un espacio por cabeza equivalente a poco más de un DinA4, 600 centímetros cuadrados.

España es un rara avis en Europa, un país donde manda aún la producción en jaula, erradicada en Austria y Suiza

Esa gallina, probablemente una roja ponedora, es decir, el exitoso cruce antinatural que el genetista Jim Warren obtuvo en los años 50 para crear una máquina biológica de producir huevos sin apenas pausa, vivirá unos dos años, una quinta parte de su esperanza de vida en libertad, pondrá más de 600 huevos antes de morir y jamás, jamás, habrá podido hacer lo que su instinto le impulsaría a hacer, escarbar, extender las alas, aletear, competir por el favor sexual del gallo… España, por ir ya al grano, es una anomalía en Europa, una rara avis donde los avances en bienestar animal en las granjas apenas van en los programas electorales y dependen básicamente del buen hacer de asociaciones animalistas, como Equalia, y del sentido común que han mostrado ya bastantes cadenas de supermercados (no todas, sin embargo) que han eliminado de sus estantes los huevos de clase 3 o han adquirido el compromiso de hacerlo antes del 2025.

En los países que no andan enzarzados en peleas sobre banderas o sobre quién es el más chavista o más patriota, se debate sobre cuestiones así en sus parlamentos, sobre la vida de las gallinas, de modo que este tipo de producción tipo Matrix (luego volveremos a ello) ha sido ya totalmente extinguida en Austria, Suiza y Luxemburgo y comienza a ser minoritaria y va camino de la prohibición en lugares como Alemania, la mayor potencia avícola de la UE, donde nueve de cada 10 gallinas ponedoras campan en el suelo, a cubierto algunas, lo cual hace que el primer número del huevo sea un 2, o al aire libre, que entonces permite estampar en la cáscara un 1. El 0, por si se lo preguntan, avala una cría ecológica. En esos casos, e incluso en los de categoría 1, la caja en la que se comercializan las medias docenas destacan por sus textos cada vez más atrevidos, “gallinas felices”, “gallinas criadas en total libertad, conviviendo con gallos”… El día menos pensado dirán que tales o cuales eran los únicos huevos que comería Schopenhauer o, quién sabe, tal vez el próximo paso publicitario sean las ‘gallinas libertarias’.

Toda esa mercadotecnia sobre la felicidad de las gallinas, aunque redefina extrañamente el concepto de felicidad, no le quita el sueño a Equalia. En realidad, aunque con otra embarcación, esa estrategia de venta rema en dirección al puerto al que pretende llegar esta organización animalista, es decir, el fin de la explotación avícola en jaulas en un plazo razonable.

Maria Villaluenga, portavoz de Equalia, explica que una meta razonable y posible es poner fin a las jaulas de reproducción, porque en ellas se somete a las gallinas ponedoras a dos años de incesante malvivir. ¿Recuerdan ‘Matrix’, la película? A menudo se usa el argumento de aquel éxito de taquilla como metáfora de quienes en política viven en una falsa percepción de la realidad. Para las gallinas ponedoras, lo terrorífico, por real, es otro detalle de la película, aquella colosal granja en que las máquinas crían humanos, Keanu Reeves, entre ellos.

Pasillo y, durante unos dos años de media, hogar de gallinas de una granja.

/ Equalia

“Nos planteamos objetivos factibles”, explica Villaluenga. Ella, personalmente, es vegana, pero no trata de imponer su dieta. Simplemente participa, junto con otras organizaciones, en las negociaciones que se llevan a cabo con las superficies de venta para que renuncien a los huevos de categoría 3, la infame. La diferencia de pasar como mínimo al 2 es de unos pocos céntimos para el consumidor. Algunas cadenas, como Lidl (tal vez por su origen alemán) ya han dado ese paso. Otras, como Bonpreu, Consum, E. Leclerc y Uvesco han firmado un compromiso para alcanzar esa meta en el 2025. La lista de batallas ganadas es larga. Luego está quien se resiste. “La negociación con Spar está siendo frustrante”, reprocha Villaluenga.

El camino será largo. En España hay casi una gallina por habitante. En el 2018, según el último censo del sector, había 43,5 millones de gallinas ponedoras en España. De todas ellas, 35 millones son criadas en jaulas. El porcentaje de ejemplares que ponen huevos en modelos de producción alternativos (en el más simple de los casos, en naves a cubierto, pero con opciones de ir de aquí para allá) crece año tras año, pero muy despacio.

El problema, desde la perspectiva de Equalia, es la invisibilidad con que todo esto sucede. Los huevos de uno y otro sistema de producción son indistinguibles puestos sobre una mesa. Las yemas pueden tener una distinta coloración según cuál sea la alimentación de la gallina, cierto, pero por fuera, con ese inmejorable diseño digno de exhibirse en el MoMA, un huevo es un huevo. La infelicidad, parece, no repercute en el producto. Mal asunto, pues, para las gallinas.

El punto de vista de una organización como Equalia podrá ser, desde la perspectiva de algún lector, parcial e interesada. No está de más, por lo tanto, sumar el punto de vista, por ejemplo, del trabajo que lleva a cabo el Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentaria (IRTA), empresa pública de la Generalitat, que lleva a cabo un curioso trabajo de campo con interesantes conclusiones.

Noticias relacionadas

El IRTA promueve la inclusión de un sello de bienestar animal en los envases de los productos ganaderos de venta al público, pero lo crucial es el método con que se concede ese aval. Los investigadores del IRTA, Toni Velarde, por ejemplo, dedican su tiempo no tanto a la observación de granjas, es decir, de su arquitectura y dimensiones, sino al comportamiento de los animales, a si responde a los parámetros etológicos previsibles o si, por ele contrario, revelan anomalías preocupantes.

¿Qué es característico de una gallina?, explica Velarde. Pues, incluso en caso de disponer de pienso, picotea en el suelo, se acicala las plumas con arena, busca la seguridad e un lugar elevado para dormir, tal vez herencia de su pasado en libertad real, prefiere un nido para poner los huevos, aletea, se guarece del sol cuando le place… La cría correcta, en consecuencia, es la que satisface todas esas necesidades. Que las gallinas estén al aire libre como destacan los envases, aunque pueda ser aconsejable, garantiza más bienestar a los consumidores que a las gallinas.