efectos de la pandemia

Dos meses de lista de espera en bancos de alimentos de BCN

  • Las entidades que reparten comida a familias vulnerables están "desbordadas" ante el aumento de la demanda cronificada desde abril

  • La falta de voluntarios y almacenes provocan que haya personas que deban esperar hasta 60 días para ser atendidas

  • El Ayuntamiento quiere reordenar y mejorar la coordinación, aunque avisa que el fenómeno aún no ha tocado techo

Una treintena de familias hacen cola para acceder al centro de distribución de alimentos de Trinitat (Nou Barris), gestionado por Cáritas.

Una treintena de familias hacen cola para acceder al centro de distribución de alimentos de Trinitat (Nou Barris), gestionado por Cáritas. / JORDI OTIX

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Una madre abandona el economato de Trinitat Nova (Nou Barris) cargada con la comida asignada para pasar el mes. Dos hijos que apenas rozan los 7 años trepan por el carretón. "¿Qué nos han traído esta vez mamá?", preguntan como si esperasen un regalo navideño. La mujer cierra los ojos. Sabe que con lo que lleva no llegará a cubrir el primer mes del 2021.

En Barcelona, más de 8.000 familias (40.000 personas) acuden mensualmente los centros de distribución de alimentos (DISA) para llenar la despensa. En algunas asociaciones la lista de espera supera los dos meses. "Los servicios sociales no dejan de derivarnos casos pero hemos superado el límite. Ni tenemos suficiente espacio para almacenar más comida, ni voluntarios para hacerlo posible", claman al unísono desde cinco de los seis centros de distribución de alimentos.

"Me han salvado más estos juguetes que la comida", suspira aliviada Patricia, una mujer que ya antes de la pandemia asistía al reparto de comida del economato de Trinitat Nova, gestionado por Càritas. Esta semana, además de comida, reparten juguetes. "Mi hija tiene cuatro añitos, y ya espera los regalos de los Reyes. ¿Cómo le digo yo que este año no hay?", dice. Este centro alimentaba 950 hogares. El problema, es que hoy son más de 1.300. Y, según explica su coordinador, Toni Quintana parece que están llegando al límite. "No tenemos espacio para más comida, estamos llegando al desbordamiento", explica tras nueve meses viendo como la necesidad en el barrio no deja de crecer.

Adelantos de comida

Una de estas nuevas familias la conforma Susana Sánchez y sus dos niños de 4 y 11 años. En abril, Sánchez perdió el empleo de limpiadora en el Hospital Vall d'Hebrón, pero no fue hasta septiembre que logró llegar al reparto de comida. "He estado toda mi vida trabajando y ahora me encuentro sin nada", dice con los ojos vidriosos. Es la primera vez que necesita ayuda de oenegés para comer y sigue esperando respuesta para recibir el Ingreso Mínimo Vital. De hecho, este miércoles asistía al centro de distribución de comida para pedir un adelanto de comida. "Me niego a que mis hijos estén pasando la Navidad comiendo arroz", añade.

Navidad sin regalos

En una situación similar se encuentran Alexandra López o Claudia. Madres de dos y cinco hijos respectivamente, hace apenas tres meses perdieron el empleo. La primera ya tiene un desahucio pendiente para este enero. La segunda llegó a España huyendo de las guerrillas colombianas y creyó que pidiendo el asilo político estaría protegida. "La necesidad tiene cara de perro manso", cuenta Claudia. Esta vez su hija esta contenta. Ya ha visto que mamá ha conseguido un juguete para ella. En cambio Alexandra, con los hijos adolescentes, ya les ha expuesto lo que hay. "Esta Navidad no hay regalos. Suerte que hay comida en el plato".

Una niña espera mientras su madre rellena la bolsa de la compra con los alimentos cedidos por Cáritas, el pasado miércoles 23 de diciembre.

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En Barcelona más de 8.000 familias llenan sus neveras cada mes gracias a los centros de distribución de alimentos de la ciudad. Unos espacios, coordinados todos por entidades sociales, que dispensan comida a las personas atendidas por servicios sociales. El centro de Nou Barris es uno de los que más ha notado el efecto de la pandemia, pero no es el único. El 'rebost solidari' de Gràcia, gestionado por Gràcia Participa, ha pasado de atender 300 hogares, a más de 4.000. "Parecía que era un tema puntual durante los meses de la pandemia, pero esta situación se ha cronificado. Ya no podemos atender a más personas", asume Josep Manel Alexandre, coordinador de la entidad. En su caso, la imposibilidad de aumentar el reparto también se debe a motivos logísticos. El local que tienen no supera los 80 metros cuadrados, y no tienen dinero para cambiar de espacio.

Los datos de Gracia sorprenden por el tamaño, al tratarse de un barrio donde las rentas por cápita no son precisamente bajas. "El barrio ha cambiado, sé de personas que han tenido que cerrar el pequeño comercio y viven en la trastienda. En otros casos nos ha tocado directamente a los voluntarios, que han pasado de estar en el mostrador, a aparecer en el otro lado", expone.

En otro barrio donde también ha habido muchos locales cerrados es el Gòtic y el Casc Antic. "Las familias viven del turismo y todo esto ha terminado", cuenta Luma Pascua, coordinadora del centro de distribución del 'rebost solidari' del Cas Antic, gestionado por la fundación Roure. "Pasamos de 600 familias atendidas a las 700. Hay listas de espera", comenta. Una situación similar a la del Rebost de Sant Andreu, también gestionado por Càritas. La lista de espera ya es de casi dos meses. "Hasta febrero no podremos atender a nadie, la situación no es nada fácil", comenta el gestor del Rebost Solidari, que cada mes atiende 870 hogares, cerca de 2.000 personas que no tienen nada para comer.

A diferencia de otros sistemas, los economatos son una especie de supermercados sociales donde los productos se obtienen a partir de los puntos que otorgan los trabajadores sociales, en función de la vulnerabilidad de los hogares

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Pobreza vergonzante

En la izquierda del Eixample, el DISA de Sant Josep Oriol no da abasto. Han duplicado las familias atendidas, de 400 a 870. El viernes víspera de las fiestas las convocaron para el reparto de lotes: algún turrón, productos de limpieza, un pollo y canelones. De las 10 toneladas de comida no quedó nada. Las colas abrazaban toda la manzana entre Urgell, Provença, Mallorca y Villarroel. "Nunca habíamos visto esta magnitud, y nos rompe el corazón tener que decir al ayuntamiento que no podemos atender a más personas", cuenta el arcipreste, el rector Nino. "Ves una pobreza vergonzante. Personas que habían sido clase media ahora han tenido que cerrar el negocio y lo poco que tienen lo guardan para pagar el alquiler", dice el párroco.

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Los servicios sociales del ayuntamiento no dan abasto, y por esto recurren a las entidades sociales. "El problema de saturación y de falta de recursos para derivar empieza a ser importante", reconocen fuentes municipales. Sí es cierto que muchas personas tienen acceso a las tarjetas monedero, con las que pueden comprar regularmente a un supermercado. Pero la demanda es tal que muchos acaban en estos economatos de las entidades sociales, y otros incluso esperan para entrar. El consistorio solo financia estos locales de distribución con una subvención de 20.000 euros. "Con esto pasamos dos meses como mucho", explican. "Si aguantamos es por los donativos que nos han llegado de particulares y de empresas, no de las administraciones", cuentan desde el 'rebost' del Gòtic.

Los servicios sociales no resolverán esta crisis

En lo que va de año, las atenciones de los servicios sociales de Barcelona se han duplicado. Un ejemplo son los comedores sociales, que han pasado de 8.000 usuarios, a 10.600. O las ayudas para necesidades básicas, de 250 a 500 euros, que han llegado a más de 6.000 hogares. Sin embargo, la comisionada de Acción Social del Ayuntamiento de Barcelona, Sonia Fuertes, no escurre el bulto. "Estamos haciendo un esfuerzo brutal este año, y tratando de resolver el tema con la mayor agilidad posible, pero también vamos a ser humildes y transparentes: debemos reforzar y mejorar la coordinación de los circuitos para garantizar el acceso a alimentos a todo aquél que lo necesite", expone.

Lo cierto es que la pobreza tras la pandemia ha arrasado en los servicios sociales. "El problema que tenemos es que no hay políticas de acogida migratoria, de garantía de ingresos, de vivienda ni de ocupación de calidad", comenta. Un ejemplo es el Ingreso Mínimo Vital, que no ha llegado al 10% de hogares que lo han tramitado. "En servicios sociales nos encontramos con estos problemas de frente, pero solo podemos poner parches, esta crisis no la van a resolver los servicios sociales", agrega Fuertes. Sin embargo, sí admite por ejemplo que las subvenciones municipales con las entidades llegan tarde. "Tratamos de agilizar el máximo posible, pero son los tempos de la administración", explica.