Canto a la vida

Un homenaje a los sanitarios que se dejan la piel en la lucha contra el covid-19 a través de la vivencia de Carlos Gonzàlez, que escapó de la muerte por los pelos

El tenor del Orfeó Català ha vuelto a cantar en el concierto de Sant Esteve del Palau de la Música

Carles Gonzàlez, rodeado de los aplausos de los sanitarios en el momento de su salida de la UCI del Hospital Clínic

Carles Gonzàlez, rodeado de los aplausos de los sanitarios en el momento de su salida de la UCI del Hospital Clínic

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Gemma Tramullas
Gemma Tramullas

Periodista

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Vallvidrera (Barcelona). Diciembre de 2020. La naturaleza está en modo pausa. Agazapada bajo la tierra, la vida espera la oportunidad para surgir de las tinieblas a la luz. Las moreras, que en verano regalan una sombra exuberante, apenas son tronco y muñones y el huerto parece medio muerto, salpicado apenas por el rojo de unos pocos pimientos a medio hacer. Como el huerto de su casa, también Carles Gonzàlez i Nogueras, alias Charlie, se sumió en la oscuridad con la esperanza de volver a ver la luz.

Apasionado comunicador y tenor del Orfeó Català desde 1985, ingresó en urgencias por covid-19 en marzo, en pleno caos de la primera ola de la pandemia. Entre el mes que pasó en la UCI, de la que salió entre aplausos del personal sanitario, y las siete semanas ingresado en rehabilitación, pasaron 92 días hasta que pudo volver a casa. Aún arrastra secuelas en un pie en el que no tiene sensibilidad.

Que ayer y hoy haya podido volver cantar en el tradicional concierto de Sant Esteve del Orfeó que se celebra en el Palau de la Música es una victoria individual pero sobre todo colectiva. El lema del concierto, ‘La música ens omple de vida’, no podía ser más pertinente.

Carles Gonzàlez, con los sanitarios de la UCI del Hospital Clínic / ALVARO MONGE

La vida es una casualidad -reflexiona-. Cada uno de nosotros es una chispa nanométrica en la línea de la humanidad, un accidente de la naturaleza. Yo no soy nada frente a este universo, pero al ser nada formo parte del todo y este es el gran gozo de la vida. Los médicos dicen que me salvó la vida mi carácter y las técnicas de respiración del canto, pero son ellos quienes han obrado el milagro de recoger esta chispa depauperada y conseguir que vuelva a cantar. En un momento tan terrible, me han enseñado una de las mayores lecciones de humanidad y humildad”.

Así empieza el periplo-homenaje de Carles por tres centros hospitalarios de Barcelona para mostrar personalmente su agradecimiento a todas las personas desconocidas que se cruzaron en su camino para ayudarle a volver a la vida.

La primera parada es el Hospital Plató de Barcelona, donde ingresó a las 2.30 horas de la madrugada del 25 de marzo. De allí salió a los tres días con un demoledor informe del doctor Leopoldo Carnevali que le mandó ‘ipso facto’ a la UCI del Hospital Clínic.

Carnevali, que caería con el covid a las pocas semanas, era solo una firma en un expediente médico hasta que Carles insistió en ponerle cara. De talante pausado, este neumólogo de origen venezolano estudió Medicina “por romanticismo”, pero desde entonces sus prioridades han cambiado: “Te das cuenta de que hay cosas, como el estatus social, que dejan de ser tan importantes -asegura-. Cuando un paciente vuelve y pregunta si tú eres el que firmaba ahí abajo, le entra a uno un ‘fresquito’, una sensación de satisfacción”.

El tenor Carles Gonzàlez y la enfermera Isabel Requejo se reencuentran en el Hospital Clínic

/ ÁLVARO MONGE

Frente a un modelo de sanidad individualizada e hipermedicalizada, la pandemia ha puesto de relieve el poder curativo de la empatía y la interdependencia entre los seres humanos. Ni el paciente es un sujeto pasivo, ni los médicos son héroes. Desde la trabajadora de la limpieza que desinfecta el box hasta el jefe médico, todos las personas juegan un papel clave.

De la armonía del trabajo en equipo depende en gran parte el resultado final. Como la música coral, la salud pública también es un sutil equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Cada uno pone sus capacidades y su personalidad al servicio de los demás para lograr un objetivo común.

En el Hospital Clínic, casi todo el equipo de la UCI hepática espera a uno de los pacientes que más les hizo sufrir, en unos días en que los enfermos se morían uno tras otro. Esta es una reconstrucción del emotivo reencuentro, durante que Carles y la enfermera Vanesa Chamorro se fundirán en un abrazo. Una muestra de cómo la humanidad avanza a través del amor, además de la ciencia y la técnica.

Carles Gonzàlez, junto al equipo de la UCI de hepáticos del Clínic que cuidó de él durante su ingreso

/ ALVARO MONGE

--Vanesa: ¡Lo que hemos llorado con él y por él! Conoces a la persona a partir de lo que te explica la familia. No te quieres implicar desde tu posición para no tener que sufrir, pero escuchar lo que su mujer íntimamente quería decirle hace imposible que no te impliques. Lo vives como una familia. Lo malo del covid es la soledad y nosotras también nos hemos sentido muy solas en el box.

--Marta Reyes (técnica en cuidados auxiliares de enfermería): Pero no puedes perder la alegría. Nosotras vivíamos lo de dentro y después volvíamos a casa y teníamos otra realidad. Yo tengo dos hijas pequeñas y me tuve que aislar. Las niñas dormían con mi pareja y yo iba todo el día con mascarilla. Les ayudaba a hacer los deberes, pero no podía abrazarlas ni darles besos. Luego venías aquí a trabajar y tenías que mostrarte alegre porque no podías transmitirles a los pacientes que lo de fuera era una ruina, que la gente se estaba deprimiendo. Si tocaba cantar, cantábamos.

--Isabel Requejo (enfermera): Recuerdo el primer día que llamamos y Laia, la hija de Carles, nos dijo que la música era su pasión. Nos mandó un listado de canciones que escuchábamos juntos en el box. Aún me acuerdo de ‘Ombra mai fu’, que era su preferida. ¡Algunas las cogí para mi ‘playlist’!

--Jear Andrade (técnico en cuidados auxiliares): Carles fue un paciente muy particular. Cuando ya despertó y se pudo comunicar más con nosotros nos reíamos muchísimo con él. A veces incluso bailábamos.

--Vanesa: En la UCI la vida y la muerte están ahí y hay que intentar remontar a los pacientes porque, por mucho que les pongan medicación y tú luches, no sirve de nada si ellos están hundidos y deprimidos. Tienes que intentar que no te vean salir llorando o, si lloran, llorar con ellos, que la pena se reparta. Al final lo que sientes es amor.

--Isabel: Vives unas situaciones emocionalmente tan potentes, crudas y bestias con personas que casi no conoces que se crea una relación difícil de describir, un hilo pequeño y potente de agradecimiento, alegría y complicidad. Nos hemos acostumbrado a las cifras del covid, a identificar a las personas con números… Carles ha sido para mí el número del optimismo, de la esperanza del que canta a la vida. Ver cómo se va de alta, cantando y vivo, te da ganas de seguir trabajando para muchos Carles más.

--Carles: La muerte forma parte de la vida. Siempre me hacen las preguntas típicas de la luz al final del túnel y del miedo, pero yo todo eso no lo he sentido. Sí escuchaba las voces del personal sanitario y la delicadeza con la que se trataban entre ellos y a los enfermos. Por eso en seguida pensé: ‘Estás en buenísimas manos’.

Carles Gonzàlez, junto al equipo de sanitarios que cuidó de él durante su ingreso por covid-19

/ ALVARO MONGE

Al frente de la coordinación de enfermería de esta UCI está Miquel Sanz, que trabaja en el Clínic desde hace 30 años y vive su profesión con devoción: “Unos cuantos pacientes nos han quedado grabados para siempre jamás -explica- y a Carles, o Charlie, como lo conocíamos, lo tengo muy presente. Por cómo era, porque lo exteriorizaba todo, por la relación con su familia, porque las cosas fueron bien… Nos tocó, fue impactante”.

Los primeros días de la primera ola, Miquel salía del hospital y aprovechaba el trayecto hasta la moto para llorar a lágrima viva todas las emociones que había contenido durante la jornada. A las dos semanas de decretarse el estado de alarma, cayó enfermo.

“Lo que más me dolió en ese momento fue dejar la UCI -recuerda-. Me dolió en el alma dejar al equipo en pleno caos… aún me emociono recordándolo. Incluso los que estaban de baja por otros motivos volvieron al trabajo sin decir ni mu. Nos empujaban las ganas de estar allí, como si tuviéramos un destino, una misión”.

Asegura que la pandemia ha incrementado aún más la necesidad del “trabajo coral” en la UCI y reivindica que “todos somos importantes, desde la trabajadora de la limpieza que evita que nos contagiemos hasta el último médico”.

Sin embargo, advierte de que la situación ha cambiado: “Ahora la gente está agotada y ya no quiere venir a trabajar como antes. Esto me preocupa mucho desde el punto de vista profesional y social. Mucha gente no es consciente y se rebela cuando le dicen que no puede celebrar la Navidad, pero esto es una UCI hepática y por la covid no podremos atender a personas con cáncer de estómago o de colon”.

El doctor Jordi Gratacós hace un alto en una guardia de 24 horas para saludar a Carles. Al principio no lo ha reconocido. “Aunque parezca poco humano, en las UCIS estamos acostumbrados a vivir situaciones en las que la gente está mal, pero lo que ha cambiado esta pandemia es que ahora estamos más cerca de las personas -apunta-. Es extraño, al no poder vernos, las familias dependen más de nosotros y somos más importantes para ellas que antes”. Gratacós asegura que aún no hemos digerido el caos de marzo y eso nos da miedo.

El carácter extrovertido de Carles ha creado a su alrededor una tupida red de amigos a los que su hija Laia daba cuenta de su evolución a través de mensajes de Whatsapp diarios. En los momentos más críticos, la familia hizo que le llegaran a la UCI audios como los de Joan Francesc-Valls, que recita ‘Oració de la immortalitat en la paraula’, un poema de Carles Riba que habla de luchar “braç a braç” (a brazo partido) para ganar el tesoro de la vida.

Otro de los momentos de conexión más allá de lo que las palabras pueden expresar se produjo cuando tres amigos que no se conocen entre ellos coincidieron en mandarle mensajes relacionados con la misma obra: el aria ‘Ombra mai fu’ (‘Nunca hubo sombra…’) de Händel, que describe el momento en que el rey Xerxes I de Persia elogia la sombra de un platanero que le produce más satisfacción que toda su inmensa riqueza.

En este canto a la sencillez y a la conexión con la naturaleza pensaron tres personas cuando su amigo estaba crítico: Germán de la Riva, del Cor de Cambra del Palau de la Música, que la cantaba para los vecinos durante el confinamiento y la grabó para que Carles pudiera escucharla en la UCI; el compositor Agustín Castilla, que desde Salzburgo le mandó un dibujo hecho sobre la partitura del aria de Händel en la que el personaje de Xerxes surge de las sombras hacia la luz, y el diseñador Albert Isern, que eligió la foto de un crepúsculo en el que brillan algunas estrellas y escribió: ‘Les ombres tenen les seves llums’.

Carles Gonzàlez sonríe en el Palau de la Música, tras superar un largo ingreso por covid-19

/ ALVARO MONGE

Toda esta energía alimentaba el hilo de vida que aún mantenía a Carles en este mundo. En la nebulosa memoria de aquellos días, recuerda haber escuchado las notas de Händel, Vivaldi, Bach y, sobre todo, de ‘La Creación’ de Haydn: “Modestísimamente, creo que es la mejor explicación musical de la creación de la vida -asegura-. Al principio, una voz narra el principio de los tiempos cuando no existía nada, solo oscuridad, y se te encoge el corazón. Luego el coro exclama: ‘¡Que se haga la luz! Y la luz se hizo’. Y entonces se produce una explosión de musicalidad. Yo vengo de esta parte oscura, donde todo es confuso, y de este caos ahora estoy aquí”.

Sin embargo, cuando por fin lo desintubaron y pudo volver hablar no fue un aria lo primero que cantó, sino una sencilla canción tradicional africana, ‘O ken karangué’ LINK, que se baila en grupo y que él había aprendido de niño. Los sanitarios pensaron que se trataba del efecto conocido como delirio de UCI, pero era el Carles más puro y sencillo celebrando la vuelta a la vida.

“¿Qué es la vida? -se plantea ya recuperado-. La vida puede ser una ópera, una sinfonía o lo que quieras. También un villancico o una canción infantil: [tararea] ‘Don Juan de Villanaranja / lo bien que pinta, / lo bien que canta...’. ¡Esto es vida pura!”.

Pero aún quedaba mucho camino para que Carles pudiera volver a ser el mismo de siempre. La tercera y última parada de este periplo de agradecimientos es el Parc Sanitari Pere Virgili, donde ingresó el 9 de mayo y pasó siete semanas recuperándose.

Llegó con 57 kilos y no se sostenía en pie; hacer el esfuerzo de sentarse le hacía llorar. Pero nada más entrar, anunció a quienes le atendían: “Estoy físicamente depauperado y mentalmente exhausto pero el tono vital lo tengo perfecto. Si los dioses me han permitido llegar aquí, ¡cómo no habría de estar contento!”.

Desde entonces han pasado casi ocho meses. Al verle de nuevo, la terapeuta ocupacional Anna Montsó (la fría etiqueta profesional no hace justicia a su calidad humana) da un brinco de alegría. Junto al médico especialista en rehabilitación Alejandro Victoria de Lara y al fisioterapeuta Joan Ars, que acaba de pasar el covid, forman parte del equipo que le ayudó a volver a andar y a realizar tareas tan cotidianas como atarse los cordones de los zapatos o lavar los platos. El covid es un recordatorio de que todos podemos ser discapacitados en algún momento de la vida y ha sacado a la rehabilitación del fondo del armario de la Medicina.

La sala de terapia ocupacional tiene un gran ventanal con vistas a la ciudad y al Mediterráneo. Con la vista clavada en la línea del horizonte, el umbral entre la tierra y el cielo, Carles hacía todo lo que le pedían y más. Ahora tararea una jota mientras enseña cómo apilaba platos sobre el fregadero, pero al principio mover un plato le parecía tan inalcanzable como una ascensión al Everest.

--Alejandro: Los pacientes llegaban muy delicados. Después de 30 días en intensivos, sobre el papel pinta fatal, y en aquella época estábamos muy tocados. La valoración inicial de Carles fue de mucha dependencia, pero a la semana ya había hecho un cambio.

--Anna: Todos esperábamos ciertos síntomas físicos en los pacientes poscovid, pero lo que no habíamos previsto es el impacto emocional y psicológico. No es fácil asumir que la vida te dé un golpe así. Recuerdo que le decía: “Si tenemos que llorar, lloremos. Eso es lo primero”. Para mí el trato es el 50% de la historia, además de la voluntad y la motivación del paciente. Nosotros damos pautas y herramientas, pero si la persona no tiene interés, por muy experto que seas no conseguirás nada.

--Carles: Puede que sea el carácter o la motivación, pero sin ese estímulo por parte de ellos es mucho más difícil. Yo entiendo que a veces la gente que no salga adelante porque no ha encontrado este estímulo. A mí me tocó la lotería con estas personas.

--Alejandro: Yo estudié medicina pensando que sería neurocirujano o cardiólogo. Tenía esa idea del médico como eminencia. Pero al final me gustó la idea de la rehabilitación, de intentar ayudar a la persona con discapacidad a volver a ser lo que era antes en la medida de lo posible. Para ello hay que coordinarse con fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, logopedas, enfermeras, trabajadoras sociales… Es un trabajo bastante holístico.

--Joan Ars: La fisioterapia y la terapia ocupacional son las grandes olvidadas del sistema de salud. Está demostrado que la fisioterapia reduce la estancia hospitalaria y las secuelas, por eso Carles ya estaba realizando fisioterapia respiratoria en la UCI. Pero aún se tiene la idea de que consiste en dar masajes.  

El tenor Carles Gonzàlez ensaya junto a sus compañeros en el Palau de la Música

/ ALVARO MONGE

La prueba de que no es así es que Carles pudo estar el sábado y este domingo cantando a pleno pulmón canciones tradicionales de Navidad y obras como el Gloria de la ‘Misa de la Coronación’ de Mozart en el emblemático concierto de los Cors de l’Orfeó Català i el Cor de Cambra del Palau. “He cantado pensando en todos los sanitarios que me han acompañado. Doy gracias a los dioses (a todos). He vuelto a la casa del canto, a mi querido Palau, a mi querido Orfeó”.

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Pero 1,7 millones de personas en el mundo se han quedado atrapados en la oscuridad por la pandemia. “Con el covid, la gente ha descubierto de golpe que tenemos padres y abuelos mayores”, reflexiona en la única ocasión en que su semblante se endurece.

“Esta sociedad de personas guapas, dinámicas y competitivas -continúa-, que se comen las unas a las otras por un trocito del Ibex 35, se han dado cuenta de que si están aquí es gracias a personas de 70, 80 y 90 años que también existen, que tienen sentimientos y que forman parte de esta vida. Entender que tenemos que respetarlas será la gran lección de la pandemia”. Carles Gonzàlez i Nogueras cumplirá 70 años el día 31.