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Japón arrojará al mar el agua contaminada de Fukushima

La decisión enfrenta a activistas y científicos

Tanques de almacenamiento de agua radiactiva en la central nuclear Fukushima I paralizada por el tsunami en la ciudad de Okuma, Japón 

Tanques de almacenamiento de agua radiactiva en la central nuclear Fukushima I paralizada por el tsunami en la ciudad de Okuma, Japón  / ISSEI KATO (REUTERS)

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Adrián Foncillas

Japón arrojará el año próximo toneladas de agua contaminada de Fukushima al océano. La decisión finiquita un debate que se alarga desde que un tsunami devastó la central ocho años atrás y ha generado un fiero debate: en una esquina, el sector pesquero, los ecologistas y gobiernos vecinos; en la otra, la ciencia. 

La gestión del agua marina utilizada para enfriar los tres reactores dañados es el asunto más espinoso de la hoja de ruta. El revolucionario anillo helado instalado alrededor de la central redujo la filtración del agua al subsuelo de las 500 toneladas a las 170 diarias. Tepco, la eléctrica que gestiona Fukushima, almacena ya 1,2 millones de toneladas en un millar de tanques y a mediados del año próximo se agotará el espacio. Urgía, pues, hacer algo. “No podemos posponer el asunto indefinidamente, debemos tomar una decisión responsable lo antes posible”, advirtió recientemente el primer ministro, Yoshihide Suda. El Gobierno se había reunido en siete ocasiones y escuchado a una treintena de organizaciones desde abril cuando el panel de expertos, elegido por el Ministerio de Industria, resolvió esta semana lanzar el agua al mar tras descartar evaporarla o perseverar con el almacenamiento.   

La resolución ha provocado la previsible inquietud en la región. El sector pesquero y agrícola intuyen el último clavo del ataúd. Ni las concienzudas campañas publicitarias ni los periódicos análisis que acreditan la seguridad de sus productos han servido para que la demanda se recupere en más de una quinta parte del volumen previo al accidente. Una encuesta reciente ya alertaba de que un tercio de japoneses se replantearían comprar sus productos si el agua acababa en el océano.  

También inquieta a Corea del Sur y China. Seúl, que ya exigió al embajador japonés el pasado año que detallará qué harían con el agua y prohíbe las importaciones desde Fukushima, ha alertado de que supondrá una “grave amenaza”. Un editorial del medio de izquierdas Hankyoreh señalaba esta semana que “el vertido del agua de Fukushima sólo creará otro desastre” y los atletas surcoreanos estudian llevar su propia comida y medidores de radioactividad a los Juegos de Tokyo del año próximo. La prensa oficial china se sumaba al coro. Japón, exigía el diario China Daily, debería replantearse una decisión “que podría tener desastrosas consecuencias para el medio marino y la salud humana, y que provocará las críticas de organizaciones internacionales y contramedidas de los países afectados como el cese de las importaciones japonesas”. 

Orientarse entre activistas y científicos en asuntos nucleares es un ejercicio esquizofrénico. Unos anuncian con sus potentes altavoces el armagedon, otros recomiendan sosiego desde la clandestinidad mediática y el público, sobresaltado sin remedio cuando le hablan de radioactividad, no discrimina entre la percepción del peligro y el peligro. Alertaba Greenpeace esta semana que el carbono 14 (C-14) del agua contaminada puede cambiar el ADN humano y auguraba que la amenaza se alargará durante miles de años. 

Esos restos, en caso de haberlos, son mínimos e inocuos, explica Andrew Karam, experto en seguridad radioactiva con cuatro décadas de experiencia en el sector. “El hecho de que nuestros cuerpos hayan estado lidiando con el C-14 desde que emergió la vida en la Tierra sugiere que no va a dañar a nuestro ADN y no supone ningún peligro para nada ni nadie. Especialmente si consideramos el enorme volumen del Océano Pacífico y la relativamente grande cantidad de C-14 ya disuelta en el agua”, señala por email Karam, que ha estudiado los efectos de la radioactividad en la fauna del Pacífico norte durante un cinco años. 

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TepCo ha limpiado ya 62 elementos radioactivos del agua almacenada con un avanzado sistema de procesado de líquidos. La mala noticia es que permanece el tritio, cuya purga exige una tecnología por inventar. La buena es que es el menos dañino de todos. James Conca, experto en la gestión de residuos nucleares, recordaba esta semana que el tritio nunca ha dañado a los humanos, independientemente de su dosis, que su vida media en el cuerpo no supera los diez días y que no afecta a la cadena alimenticia. Su vida media en la fauna marina desciende a los dos días y su rápida disolución blinda a la cadena alimentaria. Su concentración en las aguas, tras el vertido de los millones de toneladas, no superará a la registrada cuando Fukushima funcionaba con normalidad. El vertido del tritio de Fukushima en el océano resultará en 0,0000002 bequerels por litro, según cuentas de Karam. “Es una cantidad muchísimo más baja que la que contiene el agua que bebemos cada día”, resume. 

El acuerdo en el gremio científico sobre la conveniencia del vertido queda subrayado por el riesgo de las alternativas. “Si el agua permanece en la central, corremos el peligro de que el fallo de un tanque provoque una fuga inadvertida. Y si la enviamos a otra localización, tenemos los riesgos asociados al trabajo con maquinaria pesada y al traslado de grandes cargas”, añade Karam. “Considerando el bajísimo riesgo de su radioactividad, parece probable que más gente pueda morir si no la vertimos en el mar. Y supongo que todos estamos de acuerdo en que el objetivo consiste en eliminar la mayor parte del riesgo posible”, termina.