SOLEDAD EN LA TERCERA EDAD

Un día en el SAD: los ojos de nuestros mayores

EL PERIÓDICO acompaña a una trabajadora familiar durante su jornada, atendiendo ancianos que viven solos

"Desde la pandemia vemos más mortalidad, pero también más personas que han pegado bajones, emocionales y físicos", reconoce

EL PERIÓDICO acompaña a una trabajadora familiar durante su jornada visitando a tres mujeres mayores que viven solas. / Ferran Nadeu

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Elisenda Colell

"Eres mis ojos, mis manos y mi luz", le reza Paquita Salat, una mujer de 86 años a Grey Escorcia, una trabajadora familiar del Servicio de Atención a Domicilio (SAD) de Barcelona.  Desde que enviudó, Paquita vive sola en un piso del barrio de Vilapicina. Las cuatro veces a la semana que recibe a las trabajadoras familiares municipales son las pocas visitas que tiene en casa, y más, a raíz de la pandemia. Como ella, 100.000 personas en Barcelona viven solas, y 24.000 necesitan un apoyo en casa debido a la dependencia que acumulanMás allá de las residencias, hay abuelos necesitados de cuidados escondidos en pisos de quienes poco se sabe. EL PERIÓDICO acompaña durante un día una trabajadora familiar para conocer la realidad de estas personas. 

Ocho de la mañana. Grey Escorcia, una trabajadora familiar del Ayuntamiento de Barcelona, empieza su jornada laboral en casa de una adolescente que tiene una discapacidad. "Cada día la sacamos de casa y la acompañamos hasta la parada del autobús para que pueda ir a escuela", cuenta Grey. Esta mujer nació en Colombia pero hace ya una década que vive en Barcelona. "Yo llegué a Barcelona sin papeles, y estuve trabajando muchos años de interna cuidando a gente mayor, hasta que me metí a trabajar en el SAD", cuenta. Ahora tiene contrato, y un sueldo fijo al mes que, con suerte, llega a los mil euros. "Nos gustaría que nuestro trabajo estuviera más valorado. Con la pandemia nos hemos dado cuenta que somos esenciales". Ahora verán por qué.

Nueve de la mañana. Paquita Salat ya espera que llegue Grey puntual a casa. "Cada día se encarga de ducharla, vestirla y asearla". Quien habla es Blanca, una mujer hondureña sin papeles que desde hace cuatro meses vive junto a Paquita. "Yo antes trabajaba con un señor en Hostalets de Balanyà que falleció de coronavirus. Suerte he tenido de poder encontrar este empleo con Paquita", cuenta la mujer. "Los hijos contrataron a Blanca porque vimos que Paquita iba empeorando estos últimos meses", asume Grey una vez Paquita está vestida, peinada y arreglada. 

Cada mañana Grey Escorcia asea y viste a Paquita Salat en su domicilio / Ferran nadeu

"Yo era peluquera. Me encantaba salir a la calle y escuchar los chismorreos", explica la mujer. Hoy, apenas sale de casa. "Para que voy a salir, ¿para pillar algo que no tengo?", se pregunta. Durante el confinamiento, Paquita se encerró a cal y canto en casa. Solo entraban los trabajadores municipales a traerle los platos de la comida y la cena, y su hijo le llevaba los medicamentos. "Ya me gustaría vivir con él, pero no puede ser. No cabemos todos en su casa", responde la mujer. Hace ya más de un año que no ve a su hermana, que junto a su hijo y sus nietos son su única red familiar. "Depende de cómo se ponga esto de la pandemia, quizás pase las Navidades sola. Me pongo un plato en el microondas, y ya está. No sería la primera vez", cuenta Paquita, recordando algunos años cuando estuvo recuperándose de un posoperatorio.

La charla con Paquita dura poco. Ella, sin embargo, no puede más que alabar el trabajo de Gray. "Eres mis ojos, mis manos y mi luz", le reza. Grey le agradece el apoyo con una mirada, y se marcha para otra vivienda. A la salida otra vecina del barrio entra a casa en ambulancia. ¿Qué ha pasado? "Ay hija, ¡otra caída! Ya no sé cuántas van...", responde la mujer. Grey activa el grupo de whatsap y avisa al resto de trabajadoras familiares para esclarecer lo ocurrido y para asegurarse de que alguien entra a verla.

A raíz de la pandemia, Paquita hace meses que no sale a la calle. "¿Para qué, para pillar lo que no tengo?, se pregunta / ferran nadeu

A las diez toca ir a ver a Catalina Cobo. "Esta mujer ha pegado un bajón muy fuerte este año. Antes era autónoma, se hacía ella su comida, y yo solo venía para ducharla. Pero un día entré y me la encontré en el suelo, con toda la vajilla rota y con la cabeza llena de morados". Efectivamente Catalina ha dejado de ser autónoma. En su butaca, y con un hilillo de voz, da los buenos días mientras pinta dibujos de un cuaderno. "Habría que ampliar más horas de servicio pero las solicitudes de grado tardan mucho y esta mujer no puede esperar", afirma Grey. Así que los hijos también optaron por contratar una mujer que viva con ella y la atienda. "Sé que van mal de dinero y se han tenido que apretar mucho el cinturón", comenta Grey. La nueva cuidadora agradece la oportunidad. Desde hace tres meses, al menos, tiene una vivienda. 

Catalina Cobo, en su casa rellenando un cuaderno escolar. / ferran nadeu

"A Catalina no la ducho ya, como está esta otra chica lo que hago es aprovechar este tiempo para que haga un poco de ejercicio, charlar con ella y hacerle compañía", asume Grey. De hecho, el reto que tienen ahora las dos cuidadoras es conseguir que salga a la calle. "No quiere salir, le da un miedo terrible, pero es muy necesario que le dé el sol y el aire", comenta Grey, que ha visto como estos últimos meses "muchos" usuarios del SAD han fallecido. "Ya no es solo la pandemia, es el no poder salir, estar solos, encerrados. Ha habido un empeoramiento generalizado", agrega. 

Grey no se saca de la cabeza el caso de una mujer que vive sola, viuda, que "no tiene a nadie". "Todo el día estaba mirando la tele, negativa... Ha entrado en una depresión y no hay forma de que salga a la calle". Y otra que, además, tenía graves problemas de limpieza. "Ha costado, pero hemos logrado activar los servicios sociales para que le limpien la casa entera a menudo. El lugar era antihigiénico", comenta. 

Catalina se despide de Grey pidiéndole que mañana vuelva. Grey asiente y se desplaza hasta la tercera vivienda. A las 12.00, Teresa Cónsul recibe a Grey con su bata de ir por casa. Tiene 65 años, una dependencia del 80% y acumula un historial de varias enfermedades crónicas. "Normalmente me duchan, me hacen la compra, la comida, y si pueden salimos a pasear". Esta vez Grey va a la farmacia a recoger un calmante, y aprovecha para cocer unas judías con patatas. 

Grey ayuda a Teresa Cónsul con las tareas domésticas, entre ellas lavar y tender la ropa / ferran nadeu

"Lo peor de todo es la soledad. Sí, me siento muy sola", responde Teresa entre sollozos. La mujer vive sola. Su hijo reside en Viladecans, con sus tres nietas y su nuera. "Me gustaría vivir con ellos pero entiendo que tienen que hacer su vida. Algunos fines de semana mi hijo me trae y paso el día con ellos. Pero lo peor es volver a casa de nuevo. ¿A quién le explico lo que he hecho?". Al final, el día lo copan el televisor o la cama. "Me paso el día durmiendo para que pasen las horas. Cuando vienen las del SAD aprovecho para charlar un rato, es lo que más valoro de ellas". 

Para que no se sintiera tan sola, el consistorio regaló una tablet a Teresa para poder hablar con otras personas. "Yo lo que necesito es que me den un abrazo, que podamos salir a tomar un café, a meternos con quien sea. A mí hablar por la pantalla no me va", responde. El sueño de Teresa sería poder tener una terracita en su piso, o alquilar una vivienda en Viladecans, cerca de su hijo. "Cobro 800 euros de pensión. Este piso me vale 400. Pero no voy a encontrar ninguno igual, ahora los precios están disparados". Así que, con suerte llega a final de mes. "A veces le he tenido que pedir dinero a mi hijo", reconoce. 

Teresa Cónsul, sentada sobre su cama, el pasado miércoles/ ferran nadeu

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A la una Grey recibe una alerta de una compañera. "Hay que ir a casa de un matrimonio que están muy enfermos a traerles unos calmantes". Ella tiene cáncer. Él, VIH. "En esta vivienda la situación es muy difícil y muy dura", asume Grey. Pero la jornada en el SAD no termina.

A las tres de la tarde, todas las trabajadoras familiares comparten los casos que tratan en una videollamada. Allí se planifican las atenciones diarias, pero también las coordinaciones con los demás servicios. "El equipo de enfermeras del CAP me ha dicho que os felicite, que ellas están mucho más tranquilas sabiendo que estáis ahí", dice el coordinador. Ellas son los ojos de esos hijos ausentes, esos maridos que han fallecido, o esos médicos o servicios sociales que no dan abasto. "Vemos de todo, aunque siempre te llevas trabajo a casa", comenta una de ellas. "No creo que nadie haya ido nunca a casa sin llorar, ni siquiera una vez" agrega otra compañera. Pero muchas repiten una y otra vez la misma palabra. "Impotencia". "Lo peor es ver a alguien solo, que necesita apoyo, y no tiene a nadie más".