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Un delta en búsqueda de la viabilidad económica

El territorio, con un frágil ecosistema, ha sobrevivido este año de coronavirus gracias al turismo de calidad

Su renta familiar, basada en el cultivo de arroz, es aún de las más bajas de Catalunya

Campos de arroz en el delta del Ebro.

Campos de arroz en el delta del Ebro. / JOAN REVILLAS

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Rocco Muraro

“Aquí nunca nos hemos hecho ricos porque siempre hemos estado mirando al suelo”, afirma Juanito de Dolores, vecino de Els Muntells, pedanía de poco más de 400 habitantes situada en el interior del Delta de l’Ebre, dentro del término municipal de Sant Jaume d’Enveja. Este agricultor del arroz jubilado habla del suelo que ha pisado a lo largo de sus 80 años. Un suelo fangoso, inestable, que a la mínima alteración de los elementos necesita de la rápida intervención para que siga siendo generoso.

Según las estadísticas que miden la renta bruta por familia, el interior del Delta de l’Ebre es uno de los más empobrecidos de Catalunya. Deltebre, por ejemplo, está un 30% debajo de la media catalana. Paradójicamente, estas cifras contrastan con la fertilidad de estas tierras y la gran biodiversidad que sustentan y que, además, son el mayor altavoz del cambio climático en la península Ibérica. La fragilidad de los equilibrios de este ecosistema amplifica cualquier pequeño cambio producido en el medio, ya sea allí o a cientos de kilómetros de distancia.

Durante el pasado enero, el temporal 'Gloria' golpeo con fuerza el Delta. “Para reponer las 4.000 hectáreas de arrozales que fueron inundadas por el mar, la comunidad de regantes lavó los terrenos con agua dulce en varias pasadas para garantizar la cosecha de este año”, afirma Juanito de Dolores. Pese al gran esfuerzo para minimizar los daños ocasionados solo se logró salvar un 50% de lo que se produce habitualmente.

El covid-19, sin embargo, ha tenido un efecto positivo en la economía. Cinta Otamendi es hija de un inmigrante vasco que vino en los años 50 a trabajar a Deltebre. Allí se casó y fundó un restaurante,  el Vascos, en la playa de la Marquesa. “Nunca he visto tanta gente en el Delta como durante este verano”, afirma.

Lo corrobora Josep Bertomeu, el presidente de l’Associació d’empreses i activitats turístiques del Delta de l’Ebre: “Durante los meses que la pandemia nos dejó trabajar, la cifra de negocios ha sido espectacular”, afirma, y añade: “Es una tendencia que ya habíamos notado el año pasado. Nuestra apuesta es el ecoturismo y es un mercado que está creciendo. El covid-19 ha acelerado esta tendencia, la búsqueda de espacios amplios, sostenibilidad y proximidad han beneficiado al Delta de l’Ebre como destino turístico.

“Ahora el desafío es gestionar bien este incremento del número de visitantes”, afirma Josep Bertomeu: “Hay que mejorar las infraestructuras para recibir con garantías a los turistas, a la vez que minimizar su huella ecológica en este entorno natural tan privilegiado que poseemos”.

Una superficie en regresión

De vuelta al Vascos, el restaurante situado en la playa de la Marquesa, las urgencias son otras, y más apremiantes. La regresión que afecta al Delta se ha comido los 800 metros de terreno que separaban el restaurante de la costa cuando Cinta Otamendi era pequeña. Ahora la línea del mar está a las puertas del local, protegido de las embestidas de los temporales por un dique de rocas que lo envuelve. Pese al esfuerzo, la violencia creciente de las tormentas, como la del 'Gloria', golpea los fundamentos del restaurante. La angustia de su dueña se exprime en pocas palabras: “No quiero ser la primera refugiada climática del Delta”.

La mayor parte de la superficie de Deltebre, alrededor del 80%, está dedicada a la cultura del arroz. La extensión de los cultivos, no obstante solo representa el 6% del PIB local. El bajo precio que se paga por el kilo de arroz, 30 céntimos de euro por cada kilo, fluctuando en la línea de los costes de producción, es la causa de este desajuste. El negocio sigue en pie gracias a las subvenciones que llegan desde Europa.

“Hasta los años 60 el arroz era la base de la economía del Delta”, afirma Jordi Gilabert, historiador: “Su cultivo, incluso, atraía mano de obra de otras partes de España, que se desplazaban a las tierras pantanosas para plantar y segar el arroz”. El proceso de mecanización del campo lo cambió todo: “Para lo que antes se necesitaba 50 trabajadores, de repente, lo podía hacer un tractor”.

Reconversión hacia la construcción

Cada mañana, cuando la noche y el día se confunden, se repite un pequeño éxodo desde los pueblos del interior del Delta. Es una caravana de vehículos que enfilan las carreteras que conectan con tierra firme. “El excedente de mano de obra que dejó el arroz se reconvirtió hacia el sector de la construcción”, explica Jordi Gilabert, y añade: “La mano de obra y pequeñas empresas provenientes del Delta tuvieron un papel muy importante en la construcción de lo que hoy conocemos como la Costa Daurada. Todo fue sobre ruedas hasta que estalló la burbuja inmobiliaria en el 2008”.

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“Pese a que sigue saliendo mucha gente por las mañanas, aún no hemos levantado cabeza”, afirma María Jesús Panisello, dueña de una bodega en Deltebre. Su negocio es un buen termómetro de la economía local: “Yo abrí mi tienda en el 2004 y hasta que estalló la crísis me fue genial. En esa época los bares y panaderías del pueblo abrían a las 6 de la mañana para que los trabajadores que se iban pudieran desayunar antes. Dudo de que nadie abra; no vale la pena”.

La crisis financiera provocó una gran depresión, pero la demografía se mantuvo estable. Según el historiador Jordi Gilabert: “Los habitantes del Delta están muy apegados a este territorio y, aunque no haya trabajo aquí, lo van a buscar donde sea. Prefieren gastar mucho tiempo en el viaje de ida y vuelta al trabajo, antes que irse a vivir a otra parte”.

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