29 oct 2020

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Balance del Pontífice

El Papa apuesta por "una hermandad mundial" en su encíclica de la pandemia

Francisco critica la economía neoliberal y que "la economía asuma el poder del Estado"

Rossend Domènech

El papa Francisco, esta mañana, en el Vaticano.

El papa Francisco, esta mañana, en el Vaticano. / Reuters / Remo Casilli

“Fratelli tutti” es el título, en italiano para todos los idiomas, del nombre de la carta encíclica que Francisco ha escrito durante la pandemia del Covid-19 y que este domingo ha salido a la luz. Se trata de un compendio de cuanto ya había dicho y escrito en numerosas ocasiones sobre la imperiosa necesidad de crear una comunidad mundial de hermanos, pero que, como explica ahora, “he colocado en un contexto más amplio”. Dicho contexto es una mezcla de análisis y de “carta de deseos y de lamentos” de un Papa, dirigida a los cristianos y a los hombres de buena voluntad, aunque se vislumbra fácilmente que Francisco habla a los poderosos de la tierra.

A lo largo de 84 páginas y con un lenguaje sencillo, en primera persona y lejano de los textos clericales, como es su estilo, Francisco ilustra qué funciona y qué no en la actualidad para conseguir crear una familia mundial de hermanos, que vaya más allá de las “falsas seguridades que la irrupción de la pandemia del covid-19 nos ha hecho descubrir”.

Porque, dice el Papa, si no somos hermanos, nada funciona: los ciudadanos nos hemos vuelto consumidores y espectadores de cuanto propicia la “prepotencia del fuerte” a través del “modelo económico único”, una “dictadura invisible”, por la que vivimos en “una colonización cultural” y en el despilfarro, que crean “descartes” y “personas al margen” que después revierten “en todo el mundo”, como ilustra la crisis ambiental y los costes laborales”. “Sin trabajo, no hay dignidad”, escribe, aunque es solo un aspecto de su análisis, que afecta sobretodo al neoliberismo económico actual, pero también a las políticas que políticamente se llaman de izquierdas.

"Los políticos son frágiles"

“Los políticos son frágiles”, afirma, ilustrando el embate que reciben de economías más poderosas que los países, pero también de la búsqueda del consenso a por todas, que lleva a poner remiendos, sin una línea de acción que piense “en las generaciones futuras”, ya que “no se puede aceptar que la economía asuma el poder real del Estado”. El Papa escribe que “la fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos”.

Sobre la pandemia el papa Francisco añade que “mas allá de las respuestas de los países, ha evidenciado la incapacidad de actuar conjuntamente” y que “a pesar de la hiperconexión (actual) existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos”. “No hemos sido capaces de ser solidarios cuando estábamos bien y hemos vivido la solidaridad del sufrimiento”, constata Bergoglio.

Los males de la sociedad

En los primeros capítulos de la encíclica, Francisco pasa lista, uno por uno, de los males que afligen las sociedades actuales y de cómo, aunque sucedan en un lugar, repercuten en todos los rincones. Como sucede con las migraciones de un continente hacia otro, con la esclavitud en la deben vivir millones de personas, con los tráficos mundiales de órganos y con la “pedagogía mafiosa” que se sustituye a la economía legal incapaz de proveer. Existe “el derecho a no emigrar”, escribe, lo que presupone una economía mundial planteada de otra manera: “Allí mueren de hambre y aquí tiramos los alimentos”.

“La propiedad privada no es intocable”, añade con una frase que levantará las ampollas de neoliberistas y conservadores en economía, porque explica que la propiedad es “un derecho secundario”, ya que primero van los derechos de todos. “Derechos sin fronteras”, escribe casi como un eslogan, consciente de que “el mercado no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal”.

Mejorar las relaciones internacionales

Todo esto lleva, según el Papa, a la necesidad de “crear otra red de relaciones internacionales”, con una ONU, por ejemplo, que funcione como gobierno mundial, “con poder sancionador”, pero sin eliminar las diferencias de países y culturas. Eso porque ya “ningún Estado puede asegurar el bien común de su país”. En los apartados sobre la globalización ilustra que ésta no debe de entenderse como “un imperio homogéneo”, sino que hay que alcanzar un equilibrio entre lo global y lo local, ya que sólo teniendo “una identidad fuerte y definida” se puede dialogar con el otro.

“Es difícil crear un mundo abierto que sea un lugar para todos, sin incorporar a los más débiles y sin que se respeten las diversas culturas”, razonamiento que lleva el Papa a escribir sobre “pueblo, popular, populismo”, criticando sin nombrarlos a los líderes populistas que gobiernan algunos países.

A lo largo del texto Bergoglio cita documentos de las distintas conferencias episcopales, que han escrito a sus fieles, casi como un ejemplo de que los principios cristianos bien se amoldan a las distintas culturas del mundo. A la vez que arropan al Papa.

Ni pena de muerte, ni cadena perpetua

De una manera casi pedagógica, Francisco repasa y analiza todas aquellas situaciones, sean reconciliaciones posbélicas o conflictos internos a los países, ilustrando como se puede hacer de una manera justa y eficaz, sin venganzas ni retorsiones. Esto lleva Francisco a condenar lo que Juan Pablo II llamó un día “injerencia humanitaria (bélica, en realidad)” en otros países y también la pena de muerte, la cadena perpetua (“pena de mjuerte oculta”) y los “homicidios extralegales” cometidos por los Estados.

Al final del texto Francisco hace una llamada a todas las religiones, porque “están al servicio de la hermandad universal”, lo que comporta la condena del fanatismo religioso. El Papa cita el compromiso que en el 2019 tomó en Abu Dabi con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb: “Asumimos la cultura del diálogo como camino de colaboración común”.