Solidarios ante el covid-19

La lista de Iker: "Hoy son ellos, mañana puedo ser yo"

Donostiarra, experto en logística, aprovecha que está en paro para ayudar a organizar los palés del Banco de Alimentos. En su contabilidad, 8.000 personas por semana

Una imagen del Banco de Alimentos. 

Una imagen del Banco de Alimentos.  / JOSÉ LUIS ROCA

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Hubo una etapa en la vida de Iker en la que apenas podía fijarse en lo que ocurría más allá de las fronteras de su profesión. Este ejecutivo de la logística que trabajó para grandes almacenes -entre ellos los de Elkar o los de Decathlon-, le echaba 10 o 12 horas al día a un empleo absorbente, y viajaba tanto que apenas tenía tiempo de pensar más de lo que pueden hacerlo tantos autómatas metidos a diario en el AVE o en el avión.

Ahora está en paro, pero se le ve igualmente concentrado a primera hora de la mañana, llevando en las manos un bolígrafo y una de esas carpetas rígidas que usan los capataces, caminando entre palés de productos hortícolas, conservas, yogures o carne congelada, y gritando extraños nombres: "¡Jesús caminante!", "¡Ámbitos!", "¡Basida!", "Madrina", "Vecinos por la Vivienda"…

Así es como va convocando a los voluntarios de las asociaciones que, temprano, acuden a los almacenes que el Banco de Alimentos tiene en Mercamadrid. Con marcado acento guipuzcoano, Iker declama el nombre de la entidad, y los interpelados, a menudo mujeres, se activan, arriman una furgoneta y cargan el lote que haya disponible. Toros mecánicos, personas y  carretones se mueven en los soportales con un vibrante estruendo de cajas arrastradas. Y este ejecutivo observa el baile, ahora sí consciente.

Iker, voluntario del Banco de alimentos, en el almacén de la delegación de Mercamadrid. / JOSÉ LUIS ROCA

Para coordinar la actividad matinal del almacén, se apoya en un listado informático que Celia, la directora, ha preparado en las oficinas; un excel de impresora con varias columnas: "Patatas", "Cebollas", "Plátanos"… La parte más caliente de la lista de Iker está en el lado izquierdo, al comienzo de la lectura. Se ve junto a los nombres de entidades religiosas, organizaciones laicas y recién nacidas despensas de barrio que estos días de crisis reparten comida por Madrid. Son números: 35, 21, 52, 106… las personas que ese día van a recibir alimentos.

"Mañana puedo ser yo"

El donostiarra Iker Alba, de 46 años, dice que ha encontrado ahora espacio. "De lo bueno de haberme quedado en el paro ha sido el poder reflexionar, valorar cosas que antes no valoraba, y ver cosas crudas, de la cruda realidad, como las que estoy viendo ahora -confiesa-. Te da hasta miedo, porque ahora tienes tiempo para pensar, sí, tienes mucho tiempo para ver, y dices: ‘Hoy son ellos, mañana puedo ser yo’".

Cada día, de siete de la mañana a una, trabaja sin sueldo en la sede más especial de los bancos de alimentos de este país. Mercamadrid hace gala de su gigantismo surtiendo a gentes que vienen a comprar de 500 kilómetros a la redonda, incluso desde Portugal. Muy de madrugada tiene lugar el rito de la puja y la venta, el sube y baja de los precios, que se va atenuando según sale el sol.

Los voluntarios esperan la llegada de los descartes. Cuenta Celia, la directora, que algunas madrugadas de invierno, en la meseta que ocupa Mercamadrid hace tanto frío "que se agradece la temperatura cuando abres la nevera para meter las cajas". La nevera en este caso es un gran recinto de hormigón, gélido, industrial y pulcro, donde conservan la comida perecedera.

Soportales de los almacenes de Banco de Alimentos en Mercamadrid. Dos jóvenes monjas acarrean un palé de comida para su entidad benéfica. / JOSÉ LUIS ROCA

Antes de que amanezca, el trajín matinal va centrifugando al banco cajas que nadie quiere, lotes que se quedan sin vender y que antiguamente tenían como destino, por no ser ya rentables, el basurero. Pero es comida buena, perfectamente comestible, que los voluntarios filtran en unas mesas de acero. Iker las mira y dice: "Nada en mal estado pasa el control. Tienen que ser alimentos presentables, dignos, porque la gente empobrecida ya lo último que puede perder es la dignidad".

Iker se quedó en el paro en octubre pasado, y la conciencia le creció este marzo, durante lo peor de la pandemia, cuando supo que el Banco de Alimentos perdía voluntarios. La mayor parte de su gente son jubilados, y en esa fase, como ahora, la acechanza del virus ponía en peligro a los viejos que sacaran un pie fuera de casa.

El vasco ya lleva seis meses en esta labor, y aún le asombran dos visiones: la de la profundidad vertiginosa de esta crisis y la del espectáculo humano de la solidaridad. Viendo las cargas entrar en los furgones, comenta: "Tanta gente que viene a trabajar desinteresadamente y todas estas asociaciones que vienen aquí… Todo esto es un gesto sencillo, simple y grandioso".

Millones de kilos

El año pasado, antes de que el coronavirus se cebara con la economía, el Banco de Alimentos de Madrid repartió 20,6 millones de kilos de comida a 154.185 personas. En lo que va de enero hasta julio, el Banco de Alimentos de Barcelona ha repartido ya 11,5 millones de kilos a una media mensual de 160.000 individuos. La demanda se ha incrementado en la capital catalana un 30% con la crisis.

Los dos bancos trabajan en una misma iniciativa, el proyecto ActúaAyudaAlimenta, que nació en Barcelona y que ya está en Madrid para atender a un sector específico de profesionales empobrecidos: los técnicos del cine y el teatro, que llevan meses sin ver un euro.

Ya llevaban tres meses recibiendo cestas en Barcelona cuando, el pasado día 3, entre las 9 y las 12, se organizó la primera entrega de lotes en la Academia de Cine, en el centro de Madrid.

Esta nueva veta de necesidad responde a lo que Iker sabe que representan los números de su lista, y que ha ido conociendo cuando, de organizar palés, alguna vez ha pasado a dar arroz y patatas directamente a los pobres. "Se quedan un buen día sin trabajo, sin ingresos, y a partir de ese día los ahorros se los va comiendo el alquiler, la hipoteca, una letra del coche… hasta que llega un punto que ya se ven abocados a pedir ayuda", relata.

Iker conoce bien el proceso y sus variantes, el momento en que, un día oscuro, el padre o la madre de una familia se levanta y ya no puede más: "Cuando pasa eso, hay personas que no se atreven a pedir ayuda a la familia, y acuden al Banco de Alimentos o a las asociaciones a las que echamos una mano. Van con cierta vergüenza. Es gente corriente, gente normal, y estoy usando mal la palabra ‘normal’, que ha tenido un trabajo, sus comodidades. Y cada día son más, y más, y más".

Mucha gente

"A uno se le ponen los pelos como escarpias viendo lo que hay", dice Iker Alba. Hace dos años, el hombre que

"A uno se le ponen los pelos como escarpias viendo lo que hay", dice Iker

habla mientras hace círculos en torno a las cifras de su lista de papel podía cruzarse España en un día por asuntos de trabajo. Iba por la mañana a Sevilla y acababa por la noche en San Sebastián. Compraba a lo mejor unos langostinos de Huelva por la mañana, y de noche los comía con los amigos en el txoko de su sociedad gastronómica.

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Sentado entre cajas de bananas y melocotones, reflexiona ahora sobre su paradoja: "El momento más difícil económica o profesionalmente hablando de mi vida es precisamente cuando estoy ayudando a gente que está más necesitada que yo. No me quiero echar la culpa a mí, a ese Iker que cuando trabajaba doce horas diarias no se paraba ayudar a la gente. Es que el día a día te lleva a no pensar esas cosas…".

Eran otros tiempos; y otra economía. Hoy en su lista los números no dejan de crecer. "Es que igual estamos distribuyendo ya a 7.000 u 8.000 personas en una semana", calcula, y añade: "Lo que no sé yo es qué pasará con todo esto del final de los ERTES. O se reactiva la economía o se reactivan las ayudas, o esto se va a disparar".