CRISIS SANITARIA INTERNACIONAL

Las abuelas más tiempo confinadas

Los mayores de Lleida son los que han estado obligados a permanecer en casa y lejos de la familia más meses

Piden "responsabilidad" tras la soledad de dos confinamientos y un duro verano sin nietos

Amparo Balaguer, de 82 años, en su domicilio de Lleida.

Amparo Balaguer, de 82 años, en su domicilio de Lleida. / JORDI V. POU

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Anna Mora

Aislamos a los mayores porque son el colectivo más vulnerable ante el covid e intentamos protegerlos. Tras un primer confinamiento domiciliario en marzo y otro menos estricto en Lleida y seis municipios más del Segrià en julio, los abuelos leridanos piden "responsabilidad" en un verano en que muchos de ellos solo pueden escuchar las voces de sus seres queridos por teléfono y, en el mejor de los casos, las de sus nietos, tras la puerta. Son los mayores que más meses han estado obligados a permanecer encerrados y lejos de sus familias de todo el territorio español.

Amparo Balaguer presume de uno de sus cinco nietos, que la sacaba a pasear por las calles que rodean su apartamento, en el que vive con un compañero de piso, de 87 años. Desde entonces, no sale a la calle."Para llevar una silla de ruedas se tiene que saber e ir con cuidado y él lo hace muy bien, además, es alto y guapo: ¿pero qué tengo que decir yo?", bromea esta leridana de 82 años, que había sido voluntaria y había cuidado a gente mayor y se define como "habladora". Ahora solo tiene las llamadas para charlar con sus seres queridos, que le dejan la compra de la semana en el rellano. Balaguer y su familia regentaron un comercio en la plaza de Sant Joan, en el centro de Lleida, y solo recuerda un momento más duro en su vida: la posguerra. "Cerca de nuestro establecimiento estaban los servicios sociales y mucha gente que no tenía trabajo iba a buscar comida, se hacían largas colas", retrocede hacia el pasado. En su piso da el sol y su luz le da compañía. Se entretiene con la media, aunque Amparo "es más de ganchillo".

Con ayuda y con mascarilla

La leridana Amelia Albalat, de 88 años, se atreve a salir a la calle para ir a la verdulería, eso sí, "con mascarilla" y muchas veces con la compañía de "una chica que le ayuda". Un día a la semana también ha contratado a una empleada del hogar para que le ayude con la casa. No recibe más visitas: hace 20 años que vive sola, cuando murió su marido, no tiene hijos y sí unos primos, "pero ya son mayores". "La televisión y la radio son mi compañía", afirma. Y añade: "También tengo mi fe... y una buena siesta", y sonríe. A pesar del bochorno, no entiende como la gente va a las playas y se pregunta ante la inconsciencia: "¿Dónde van con las maletas?".

También sin salir de casa, E. (87 años) se siente aburrida: "Estoy muy mal: me levanto y me echo en la cama o en el sofá, no tengo ganas de hacer nada". Durante el primer confinamiento recibía la visita de "una chica que la ayudaba" y que echa de menos. Por ese entonces, también la llamó el alcalde de Lleida, al que agradece su cercanía. Este segundo confinamiento ha sido distinto para ella. Sí que está en contacto con uno de sus hijos, que vive en la ciudad y que le pregunta constantemente qué le compra, a lo que ella le responde: "Nada, comeré una patata".

Más desanimo en el segundo confinamiento

Las tres testimonios son usuarias de la Fundació Amics de la Gent Gran, que en Lleida acompaña a 51 personas mayores entre domicilios y residencias –este segundo servicio ahora parado. Esta fundación cuenta con 43 personas voluntarias en la ciudad, aunque también han activado una plataforma de voluntariado con siete personas más para reforzar las llamadas telefónicas. 

Ester Catalán, responsable técnica de la delegación del Segrià, explica que la sensación general entre sus usuarios depende del carácter de cada una de las personas mayores y "que una misma persona ha llevado distinto el primer confinamiento que el segundo". Aunque, según Catalán, en general, el segundo confinamiento "ha desanimado más".

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Han vivido una guerra

A unos kilómetros de Lleida, la Residencia Sant Josep –residencia verde–, en Malpartit, municipio que también sufrió el aislamiento perimetral del Segrià, asegura que volver a cerrar las puertas de las visitas deprime a sus usuarios: "Los abuelos pudieron ver unos días a sus familiares, pero la mayoría son mayores y sordos y no escuchaban lo que les decían por qué todos iban con mascarilla y a un metro de distancia mínimo". Según esta residencia, "en la vida habían pasado una situación tan difícil" y añade que "los abuelos han vivido una guerra, pero tenían a la familia al lado, pero ahora han estado solos, tan solo tenían los cuidadores". Unos cuidadores que intentan adaptar su trabajo al ritmo y necesidades de las personas mayores, extremando las precauciones y mostrando su cariño a los abuelos a pesar de la distancia, los guantes y las mascarillas. Su principal cometido: intentar convertir las cuatro paredes en un hogar, ahora aún más lejos de sus familias.