la ruta de las epidemias (4)

La tuberculosis eterna

La enfermedad existe desde el Neolítico y causa 1,5 millones de muertos al año en todo el mundo

Entre los siglos XIX y XX, en Barcelona coincidió con brotes de tifus, cólera y fiebres tifoideas

Vista de la plaza Terenci Moix desde el antiguo dispensario antituberculoso del Raval, hoy CAP Raval Nord.

Vista de la plaza Terenci Moix desde el antiguo dispensario antituberculoso del Raval, hoy CAP Raval Nord. / LAURA GUERRERO

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Gemma Tramullas

El impacto del bote de la pelota de baloncesto contra el asfalto de la plaza Terenci Moix y los gritos de los jóvenes jugadores resuenan en la fachada del edificio que hoy alberga el CAP Raval Nord, uno de los espacios emblemáticos de la historia de la lucha contra la tuberculosis en Barcelona. La enfermedad infecciosa más mortal del mundo, que siega la vida de 1,5 millones de personas al año, es la protagonista del cuarto capítulo de esta serie basada en la ruta cultural La Barcelona de las epidemias: una historia de lucha y superación.  

Son pocas las familias barcelonesas que no tienen padres, abuelos o bisabuelos fallecidos por tuberculosis, una afección que se transmite por el aire y que se asocia con las deplorables condiciones de vida derivadas de la industralización. Aunque los seres humanos han lidiado con ella desde el Neolítico, los peores brotes tuvieron lugar entre mediados del siglo XIX y del XX.

“El Dispensario Antituberculoso del Raval se empezó a construir en 1933 y es fruto de los planes de mejora de la sociedad, que incidieron en la educación y la sanidad –explica la guía Marga Arnedo--. Es una obra de la escuela racionalista del GATPAC y tiene grandes ventanales para que entre el aire y la luz, y un jardín que da oxigenación”. De esta época, apunta,“son también los pañuelos desechables Kleenex”.

Vacunación precoz

Barcelona fue la segunda ciudad, después de París, en administrar la vacuna original y fue precisamente en este dispensario urbano. Paralelamente se abrieron sanatorios en plena naturaleza. Los poetas Verdaguer, Torras i Papasseit pasaron por estas instituciones, aunque los tres murieron jóvenes a causa de la enfermedad.

El actual CAP Raval Nord lleva también el nombre de Lluís Sayé, uno de los profesionales de la medicina que más contribuyó a rebajar las tasas de infección. La estigmatización de los enfermos era otro frente de lucha. Muchas familias se negaban, por vergüenza, a que en el certificado de defunción figurara la palabra tuberculosis. “La pobreza, por sí sola, no crea la enfermedad […] –insistía Sayé—es la infección el factor decisivo”.

Aun así, las cifras hablan por sí solas: en 2017, hubo 43 casos por 10.000 habitantes en Ciutat Vella, mientras que en Sarrià-Sant Gervasi la cifra disminuye hasta 14. Actualmente, las cepas resistentes a los antibióticos son uno de los grandes retos de la salud pública mundial.

Tifus, cólera, fiebres

Antes de la virulenta irrupción del bacilo de Koch, la ciudad llevaba décadas batallando con brotes de fiebre amarilla, tifus, cólera y fiebres tifoideas, que aceleraron el derribo de las murallas medievales y la construcción del Eixample. Ante la falta de centros médicos donde atender al creciente número de enfermos, en 1914 se construyó el Hospital Municipal de Infecciosos en la Barceloneta. Después de la guerra civil pasó a llamarse Hospital del Mar pero aún arrastraría la mala fama por mucho tiempo.

La contaminación de las aguas fue el origen de una de las infecciones más horripilantes: el cólera. “En cuestión de horas, la bacteria consumía la cara de los enfermos, les arrugaba la piel, les hundía las mejillas y les secaba los conductos lagrimales –escribe la periodista Sonia Shah en Pandemia--. Los fluidos sanguíneos se volvían densos como el alquitrán y obstruían las arterias. Los músculos, privados de oxígeno, soportaban espasmos tan violentos que a veces llegaban a romperse. A medida que los órganos iban colapsando, los enfermos sufrían un shock”.

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En España hubo cuatro brotes de cólera entre 1833 y 1865 que provocaron cientos de miles de muertos. “Una de las consecuencias más importantes fue la nueva normativa que prohibió seguir enterrando a los muertos dentro de la ciudad y creó cementerios en las afueras por razones de salud pública”, explica Arnedo. Los últimos brotes se detectaron en 1970 y 1979.

En 1914, Barcelona sufrió una epidemia de fiebre tifoidea que dio lugar a un feroz litigio entre las dos compañías que pugnaban por el monopolio del ciclo del agua: Aguas de Montcada y la Societat General d’Aigües de Barcelona. Al final, se descubrió que el origen de la infección que acabó con la vida de 2.000 barceloneses en tres meses estaba en las fuentes de Aguas de Montcada, que perdió la gestión. Un ejemplo más de cómo la salud pública incide en todos los aspectos de la sociedad. El capítulo de mañana estará dedicado a la gripe de 1918.