15 ago 2020

Ir a contenido

Los campamentos de verano denuncian que el plan 'anticovid' está fallando

El virus ha obligado a cancelar actividades, y hay padres desesperados que no pueden cuidar de sus hijos

Las entidades padecen la falta de apoyos de la administración y advierten a los colegios: "que se preparen"

Elisenda Colell

Alumnos de la escuela Octavio Paz, en Barcelona, durante el casal que organiza el centro.

Alumnos de la escuela Octavio Paz, en Barcelona, durante el casal que organiza el centro. / MANU MITRU

Contra viento y marea, y demostrando que el que prestan es un servicio esencial, cientos de entidades sociales han tirado adelante los ‘casals’, campamentos y demás actividades de verano para niños y adolescentes, a pesar del coronavirus.

Desde el inicio de la desescalada, el Govern de Catalunya quiso dejar claro que este verano era más necesario que nunca para los niños, las grandes víctimas del confinamiento. Dos meses más tarde, el sistema no ha sabido darles todo el apoyo que necesitan, mientras no dejan de ver niños y familias con secuelas psicológicas, además de económicas. Las ayudas han llegado tarde y mal, los protocolos son papel mojado frente unos CAPS desbordados por los rebrotes, y muchas de estas entidades se sienten auténticas “conejitos de indias” y temen pérdidas económicas cuando acabe la temporada de verano.

Casos desesperados

“Lo siento Rosa, es que no sé qué decirte pero es lo que hay”, es la única respuesta que Felipe Campos, director de la Associació Educativa Itaca de L’Hospitalet de Llobregat fue capaz de responder a una madre sola cuyo hijo menor se tenía que confinar en casa porque habían detectado un caso positivo en el grupo del casal en el que participa.

“Estamos hablando de una madre que no tiene a nadie que se pueda hacer cargo de su hijo, que trabaja en la economía sumergida, y que no puede permitirse dejar el empleo. Y como estos hay muchos casos. ¿Alguien me puede decir qué hacemos cuando pase esto? Es lo más desesperante de todo”, responde Campos. Esta es la realidad en la que se han encontrado cientos de entidades de verano. Los grupos se han ido confinando y volviendo a la calle a medida que surgían sospechas de contraer el virus, y a las autoridades se las ha visto desaparecidas.

Los protocolos y el descontrol

Antes de junio, el Govern elaboró un protocolo que dejaba las cosas muy claras en estas actividades. Se debían crear grupos de 10 niños y un monitor, que no tuvieran relación ni con otros niños, ni con otros monitores. Y en caso de que alguien de esta pequeña burbuja diera positivo, se confinaba al grupo a la espera de las pruebas PCR. Si daban positivo, se les encerraba en casa. Si no, todos volvían al casal.

En el caso de las colonias o campamentos, las medidas se limitaban en aislar al sospechoso, hasta que se confirmara su diagnóstico. Y a partir de aquí, se decidía si se cancelaba la actividad, o se mantenía. Pero la realidad se ha empeñado en que estos documentos hayan quedado en auténtico papel mojado, mientras las entidades sacan la lengua y mantienen el tipo como pueden.

“Cuando hemos tenido sospechas, el CAP responde que está colapsado, que tienen que hacer 700 PCR más y no que no dan abasto. Los niños y los monitores se han tenido que encerrar en casa sin saber qué hacer, mientras nosotros hemos ido pagando el sueldo porque no les daban la baja hasta que no tenían el resultado”, responde Sergi Asensio, responsable de la fundació Esquitx en Sabadell. “Ha habido una descoordinación total, el 061 nos decía una cosa, los CAP otra... y nosotros teniendo que decidir criterios médicos sin ningún conocimiento”, añade.

Una situación que, en mayor medida, se ha encontrado la fundació Pere Tarrés. Albert Rius, secretario técnico de esta entidad, habla de una “descoordinación territorial” a lo largo del verano. “En función del territorio obligaban a una cuarentena de 14 días a todo el grupo, en otros se hacía PCR al sospechoso y a los contactos, en otro solo se hacía PCR al sospechoso... necesitamos un responsable, un referente territorial que deje los criterios claros” explica.

Una afirmación, la de la diferencia territorial con la de grupos, que también constatan desde el Casal dels Infants, con actividades en el Raval, Salt (Gironès) y Badalona. Rius pide una medida que ordene la situación actual para las actividades de verano, pero también en el futuro con la reapertura escolar. “Es que si todo tiene que seguir así, las escuelas ya se pueden ir preparando”, insiste.

"Necesitamos psicólogos"

La descoordinación y el desorden médico es solo uno de los problemas que han tenido que abordar las entidades. El Govern se comprometió a ofrecer una ayuda para contratar más monitores. La convocatoria aún no se ha materializado. “Pero es que lo que necesitamos no son monitores, son psicólogos”, insiste Campos.

¿El motivo? Muchos niños tienen una relación con esta pandemia que pasa por el temor, la angustia o incluso el duelo. “Estamos hablando de niños que durante el encierro no han visto la luz del sol porque viven en una habitación compartida sin ventanas, necesitan poder ir al casal y jugar más que nadie”, comenta Marta Creus, responsable de programas de infancia de Cáritas.

En su centro de Torre Baró atienden un centenar de niños. “Nos hemos quedado con lista de espera, porque las medidas de seguridad nos han impedido abrir más plazas y no hemos dado abasto”, añade. Una situación que también ha afectado al Casal dels Infants. “Siempre hay lista de espera, pero es que este año nos duele más que nunca, porque se necesita más que nunca”, añade Rosa Balaguer, directora del Casal dels Infants.

Todas las entidades constatan que la oferta de plazas se ha reducido sensiblemente este año respecto el año pasado. Un ejemplo es el caso de Fundesplai, que registra la mitad de inscritos que en 2019.  

Problemas de financiación

Y todo ello acabará impactando en las cuentas de muchas entidades. Los confinamientos les han reducido los ingresos, pero han tenido que seguir pagando sueldos. Además de tener que afrontar con sus propios fondos todo el material de seguridad, como son los geles, las mascarillas o los termómetros.  “Nos hemos sentido muy solos, ignorados, con una improvisación máxima y sin que nadie tome el control”, resume Josep Rodríguez, responsable de la fundació Can Palet en Terrassa.