26 oct 2020

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CRISIS SANITARIA INTERNACIONAL

Viaje por las ciudades en desescalada

Los corresponsales de EL PERIÓDICO en Roma, Nueva York, París, Londres y Estambul relatan la nueva realidad de esas ciudades en plena pandemia

R. Domènech / I. Noain / E. Cantón / B. Arce / A. Rocha Cutiller

Autobuses pasan bajo banderas de la ’Union Jack’ y pancartas con mensajes a los héroes del coronavirus en Oxford Street.

Autobuses pasan bajo banderas de la ’Union Jack’ y pancartas con mensajes a los héroes del coronavirus en Oxford Street. / TOBY MELVILLE (REUTERS)

El viaje por las ciudades en desescalada, todavía sin turistas, quiere llevar a los lectores de este diario a cinco ciudades emblemáticas, normalmente atestadas de visitantes extranjeros. Los corresponsales de EL PERIÓDICO, Rossend Domènech en RomaIdoya Noain en Nueva YorkEva Cantón en ParísBegoña Arce en Londres y Adrià Rocha Cutiller en Estambul, han salido a la calle de las capitales en las que residen y explican qué han visto.

Una Roma para "pasear y civilizarse"

La señora tiene 95 años y, superado el virus, se ha regalado un almuerzo con su marido. Lleva la mascarilla como brazalete. Antes de salir del restaurante comparte unas palabras con el propietario. "He superado el virus, ahora puedo volver a casa", dice. Una parejita en la mesa del lado se levanta corriendo y se va. Seis comensales de otra mesa apenas sentados, huyen corriendo. Aunque no se diría, los romanos están siendo muy disciplinados y prudentes en esa fase dos, dos y medio o tres, según las autonomías. No en balde: esta semana se ha producido un nuevo foco viral en un hospital romano y hay otros 20 en el país.

Por la calle, si uno va sin mascarilla, que no es obligatoria, los peatones se cruzan apartándose un poco -¿por reflejo o para evitar posibles apestados?- o bien se colocan por unos segundos la mascarilla que llevaban en la mano. Unos caminan corriendo y otros al revés, sin prisa. En las tiendas de menos de 40 metros cuadrados, se entra uno por vez. En los súpers, con mascarilla y guantes, si hay que tocar alimentos.

Los célebres monumentos se visitan con reserva previa, lo que significa pocas personas y la sensación de que son "todo tuyos", como nunca había sido. En Roma faltan aún los 100.000 turistas diarios de siempre, por lo que la ciudad aparece como poco habitada y ralentizada. Como debió de ser durante el exilio de los Papas a Avignon, en el siglo XV, y con 25.000 habitantes. Los niños juegan como nunca en las famosas plazas de las postales, pero cuanto más uno se aleja del centro histórico más personas se encuentra por la calle. En el barrio Buffalotta, los corros de gente sentada se reproducen a diario. El de Tuscolano es como un hormiguero ordenado. El de Salario y sus frondosos árboles callejeros parece deshabitado. La movida nocturna, resurgida con cierta impetuosidad en Testaccio y Campo de Fiori, lleva de cabeza a policías y sanitarios. Han vuelto los cacos, tirones y usura.

La Roma de hoy es aquella ciudad "para pasear y civilizarse", como la viera Josep Pla.

Nueva York sigue vibrando, pero a otro ritmo

"Estos que quedan son los auténticos neoyorquinos". La reflexión la hacía esta semana en una tarde soleada Sarah en Tompkins Square. En el parque, sentados en el verde, había grupitos y parejas de jóvenes, algún mayor, familias con niños, perros... Menos gente de la que se vería en un día tan bueno cualquier otro junio, suficiente para mantener vivo este pequeño pulmón del East Village en un Nueva York al que el coronavirus ha golpeado con más virulencia que a ningún otro sitio de Estados Unidos: más de 200.000 contagios confirmados y cerca de 22.000 fallecidos.

En Tompkins un muchacho, máscara en el rostro, practicaba el chelo pero su música se perdía bajo la de un altavoz de otros dos chavales. Las bolsitas de papel marrón ocultaban algunas latas de cerveza pero otros no escondían sus botellas de vino, igual que nadie oculta los cóctails y bebidas que desde hace 12 semanas los bares neoyorquinos solo pueden dar para llevar, como los restaurantes su comida. Y pareciera que la prohibición de consumir alcohol en público se ha evaporado en Nueva York, algo que será un cambio temporal pero que por ahora es uno de los muchos que se siente en una ciudad diferente.

De aquí ha desaparecido la absoluta mayoría de los 67 millones de turistas anuales, ocho por cada uno de sus 8,4 millones de habitantes habituales. De aquí se han ido según datos de compañías de telefonía móvil hasta el 15% de los ciudadanos, siquiera temporalmente, aunque los camiones de mudanzas que han inundado las calles en los principios de mes son recordatorios empaquetados de que algunos que la habían hecho su hogar han optado por no ser parte de su futuro. Y Nueva York ha quedado para los neoyorquinos.

Sin una orden de confinamiento estricta y los paseos permitidos en todo momento, las calles, los parques, han sido el refugio. Buscado y forzoso. Porque aunque este lunes empezó la fase 1 de reapertura, los cierres aún dominan. Solo a finales de mes se permitirá a los restaurantes servir comidas en sus terrazas y más adelante reabrir sus interiores, con limitaciones, igual que muchas tiendas de comercio. Y hasta que no se llegue a la fase 4 no podrá volverse a escuelas, museos e instituciones de arte, cines, teatros y otros lugares de entretenimiento.

Pero Nueva York también vibra. La bici ha ganado espacio y adeptos. Los mercados de granjeros locales han vivido un boom. Se mantiene a diario una participación nada desdeñable en las manifestaciones por justicia racial que se iniciaron tras el asesinato a manos de la policía de George Floyd. Y aunque los incidentes de pillaje que emborronaron un par de días esas protestas también lacradas por la brutal represión policial han creado un escenario lleno de negocios parapetados con tablones en algunos sitios empiezan a retirarse. Otros, como la librería Strand, nunca los pusieron. No por nada es una institución neoyorquina. 

Ambiente de pueblo en el Montmartre parisino

Incluso en una mañana nublada es difícil imaginar la colina de Montmartre a medio gas tratándose de un viernes de mediados de junio. Brasseries y cafés huérfanos de clientes, tiendas de suvenirs vacías, o cerradas, y un solo retratista en la plaza de Tertre delante de su caballete en el que luce orgulloso una foto de 1992 junto al presidente Jacques Chirac.

En el Museo de Montmartre se puede ver, sin cruzarse con nadie, una exposición del pintor Otto Freundlich, que coincidió en 1908 con Pablo Picasso en el Bateau-Lavoir, esa destartalada fábrica de pianos donde dormían por turnos los artistas que darían al barrio su pátina de leyenda.

Más de un siglo después, el Sagrado Corazón se sigue colando por sus callejuelas estrechas, las escaleras siguen igual de empinadas y las casas desmadejadas se alternan con pequeñas mansiones escondidas en jardines que recuerdan el pasado vitivinícola del barrio.

Al abrigo de los turistas por obra y gracia de una pandemia, Montmartre, que hasta 1860 no formaba parte de París, ha recobrado el aroma del pueblo que un día fue. “El turismo no nos molesta, pero me ha encantado el periodo de confinamiento. Nunca vimos Montmartre así. No había ruido. Era mágico. Fue como recuperar el ambiente de un pequeño pueblo”, confiesa entusiasmada Priscilla, nacida en el barrio hace 41 años.

A su lado, Nicolas, músico de 31 años en la banda de rock My thinking face, confirma esa misma sensación. “Fue genial volver a la vida de barrio”, dice en una placita donde se han reunido varios vecinos con sus perros. Desde ahí, París se divisa aún lejos y bajando poco a poco la colina aumenta el bullicio y el trajín de panaderías, cafés y bistrós que, de momento, solo pueden atender en las terrazas.

Es la otra cara del coronavirus. “Nosotros dependemos en un 60% del turismo extranjero. Un día como hoy yo tendría la terraza llena y mira…”, se lamenta Pierrich, dueño del restaurante Le Sancerre. Otro sector que ha acusado mucho el golpe es el de los libreros.

En la mítica librería Les Abbesses mantienen el buen humor pero admiten que lo que se ha perdido es irrecuperable. “Es verdad que los vecinos del barrio han estado muy presentes”, cuenta la dependienta mientras le recomienda a una clienta un reciente ensayo sobre la vieja colina.

Londres, sin musicales ni teatro, no es lo mismo

En Londres no hay turistas, pero el consuelo es poco. Hoy por hoy está es una ciudad insípida. Le falta lo que siempre ha tenido: vida, actividad, disfrute, mundanidad. No es que una eche de menos a las masas haciéndose el selfi en el puente de Westminster, o las colas para pasar los controles a la entrada del Museo Británico. Tampoco importa que el relevo de la guardia en el palacio de Buckingham no tenga la audiencia diaria habitual y es bastante agradable cruzar Picadilly sin que te den codazos. Pero muchas de las cosas que les gusta a los turistas, también le gustan a los residentes y sin ellas nada es lo mismo.

Cosas como escaparse por ejemplo a la National Gallery y marcharse luego a comer a Soho y tomarse un café en el Bar Italia. De momento, los restaurantes siguen cerrados, igual que los museos, y ni los 'take away', ni las visitas virtuales a exposiciones, nutren el cuerpo y el alma de la misma manera.  Tampoco tiene la misma gracia ir a veces de compras, a veces de escapada con los amigos, al Burrough Market, otro polo de atracción para los visitantes. El mercado funciona ahora solo a medio gas y la vida social, que lo hace tan especial, ha desaparecido.

Los teatros están cerrados, desgraciadamente. No hay musicales, ni ópera en Covent Garden, ni dramas en el Old Vic. La Shakespeare Company lucha por salvar su precioso teatro del Globe, que vive en buena medida de los turistas. Este verano tampoco habrá conciertos al aire libre en Hyde Park, ni Proms en el Royal Albert Hall.
 
Cada año Londres recibe 20 millones de visitantes y su ausencia se nota en cada rincón de la ciudad.  Las compañías aéreas, los comercios, que abren a partir de este lunes, los hoteles, pubs y restaurantes, que esperan hacerlo a principios de julio, confían en poder salvar al menos parte de la temporada estival. Una industria que recauda en la capital 3.600 millones de libras al año y proporciona trabajo a 700.000 personas. La vuelta a la normalidad para los que vivimos aquí, implicará también, nos guste más o menos, el retorno de los turistas. 

Estambul no logra recuperar aún el pulso

El gobierno turco lo llevaba meses anunciando: en los próximos años, Turquía, cada año, batirá de nuevo el récord de llegadas de turistas. El 2019 ya fue un año espectacular: el país recibió 52 millones de turistas -15 de los cuales fueron a Estambul, la joya de la corona y la ciudad más grande de Europa. Cuando el gobierno turco lo anunciaba, además, lo hacía sacando pecho: lejos, mostraban así, quedaba ese fatídico 2017, cuando en Estambul explotaban bombas del Estado Islámico (EI) cada mes. Ese año, la ciudad del Bósforo recibió siete millones de visitantes. La plaza de Sultanahmet, la mezquita azul, Santa Sofía, la avenida Istiklal, la plaza Taksim y los demás sitios emblemáticos de Estambul -sitios en los que, normalmente, es difícil avanzar dos metros sin chocar con 20 personas- se vaciaron a la mitad. Pero todo eso quedó atrás, y las muchedumbres, tras unos meses desaparecidas, volvieron en todo su esplendor. Y cuando todo parecía ir viento en popa, récords y desenfreno, llegó el virus. Durante estos meses de pandemia, las llegadas a Estambul han caído un 99,7%. Los turistas han desaparecido. 

Ahora, las calles se han vaciado, y son los locales los que ocupan los lugares que antes se evitaban a toda costa. Da hasta placer caminar tranquilamente por Istiklal, la avenida comercial más famosa de la ciudad. Es, probablemente, la primera vez: cuando los turistas se fueron en 2017, época de atentados, la norma era evitar Istiklal. Entonces nadie la pudo disfrutar como ahora. Pero la idea del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, es recuperar la temporada, e invitar a todo el que quiera venir a Turquía de vacaciones. A los que lleguen únicamente se les tomará la temperatura y se les hará un pequeño examen médico. Si no hay sospecha, a nadie se le hará el test. 

Hace unas semanas Turquía ya se abrió a los turistas médicos —es decir, a la gente que quiere ponerse pelo—, y desde este jueves, se han reactivado los vuelos a Alemania. Estos meses de parón, parece, han sido una excepción: las masas no están pero volverán.