MEMORIA DE LA PANDEMIA

El museo del confinamiento

La historia colectiva de los casi dos meses de encierro total por el coronavirus queda resumida en este catálogo de vivencias, objetos, lugares...

Dos mujeres pasean con mascarilla en Madrid.

Dos mujeres pasean con mascarilla en Madrid. / EUROPA PRESS / CARLOS MÁRQUEZ

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El ayuntamiento de Barcelona y el Archivo Municipal piden a los barceloneses testimonios, historias y objetos de su experiencia durante la pandemia. Quieren salvar de la desmemoria aquello que la gente de la ciudad asocia con el paréntesis de la vida y la libertad. Tienen idea de ir publicando las historias en internet, y no descartan montar una exposición algún día, cuando sea posible montar exposiciones.

Es una buena iniciativa, más valiosa por lo que se conservará allí que por el valor de cada pieza individual. Cuando los historiadores se dediquen a desmenuzar las grandes cifras, a analizar las sacudidas políticas que sin duda están por venir, habrá que salvar lo que Unamuno llamaba intrahistoria. Ahí es donde se guardan los objetos modestos de la vida común, las voces que son mucho más que el decorado de la Historia.

Me apetecía pensar qué objetos, qué ideas y qué palabras quedarán asociadas con las semanas más raras de nuestras vidas. Este es mi catálogo de piezas para el museo en que nos toca conservar todo lo que no parece importante a primera vista.

Aplauso

Nos sorprendió que la pandemia sonara como el teatro al final de una obra, pero así era. Aplaudíamos a los médicos y enfermeras, a los celadores, o a las cajeras y reponedores, o a los transportistas, ni se sabe. Yo terminé haciéndolo para darle el gusto a los niños del bloque de enfrente: eran los primeros cada tarde, gritaban "¡bravo!" y al final "¡bona nit!" ¿No iba yo a darles el gusto? El aplauso era también el termómetro del estado de ánimo de mi barrio. Unos días triste, otros voluntarioso. Las manos batían preguntando: ¿qué tal, vecino? ¿La familia bien?

Bulo

Tuits que estornudaban, moqueantes estados de Facebook, wasaps infecciosos y noticias de tez amarillenta. Quien se contagia, lo transmite. Como pasa con el virus en el cuerpo del sospechoso, el bulo es difícil de detectar. ¿Quién venderá los tests? ¿Funcionarán? Los falsos positivos son la norma, y queda mucho tiempo para que hallen la vacuna.

Ciencia

La Ciencia es el dios que habla a los políticos. Si la escribes con mayúscula es tan dogmática como la fe, nada que ver con el idioma de los investigadores. La Ciencia es tajante y veleidosa. Su opinión cambia y su palabra es ley. Sirve para lo contrario que la ciencia. Para decir "tengo razón".

Contenedor

Ir a tirar la basura era la escapada campestre. El contenedor, un mirador con vistas a los Alpes. Millones de vagos nos prestábamos voluntarios: ¡ya la bajo yo! Salíamos acompañados de nuestras queridas bolsas apestosas. Era la forma de aspirar el olor de la libertad. España se llenó de Diógenes cavilando entre despojos.

Curva

En las curvas se mata la gente, y esta era el animal salvaje que debíamos domar. Si se desbocaba, malo; si se agitaba, también. Había que aplanarla y hacerla suave, cepillarle la melena y desatar los nudos, limar sus picos concienzudamente. Todavía galopamos en la grupa de la curva sin saber muy bien adónde nos llevará.

Erte

Siglas de Espero Recuperarme Tras Esto.

Fase

La restauración de la libertad se divide en fases. Son compartimentos estancos. Entre ellos hay puertas y cerrojos, garitas y guardias. De una estancia se pasa a la siguiente, pero retrocedes si el virus te pilla. La magnitud de la pandemia es tan grande que construimos en su interior este dédalo para orientarnos.

Jabón

Un hombre se lava las manos con jabón, de que está bien pertrechado / JORDI COTRINA

La merluza y el rape están más limpios que las manos de la Inmaculada. El pulpo se resbala sobre la roca, tiene que volver a subirse, se vuelve a resbalar. Al caballito le ha salido una crin de pelo Pantene. Los inquilinos de los ríos y los mares no terminan de entender a qué viene tanta higiene. Por Neptuno, ¿qué está pasando en la tierra?

Libro

La lectura es el privilegio de los hombres tranquilos. Durante el confinamiento no me fue fácil conquistarla: se entrometían noticias, sustos y llamadas. Dos semanas en una permanente interrupción, despiste, dos semanas desleídas. Cuando la lectura consiguió abrirse camino los días empezaron a pasar de otra manera. Cada libro era el ladrillo de un muro, y ahora me pregunto si querré salir de casa cuando abran la calle. No se está mal del todo en ninguna parte cuando el ánimo nos permite leer.

Mascarilla

Mi apuesta es que estas prendas han llegado para quedarse: las veremos en los desfiles de las pasarelas de moda cuando vuelva a desfilarse por pasarelas. El uso sanitario quedará desplazado por el estatus, que termina adueñándose de todo. Las habrá de ricos y de pobres, típicas de la clase media burguesa, características de gente de iglesia, mascarillas de progre, de facha. Serán máscaras.

Normalidad

Todo nuestro esfuerzo, prudencia y trabajo; nuestra capacidad de aguante y de lucha; nuestra resiliencia, nuestra paciencia y nuestra prisa van encaminadas no a la arcadia, no a la utopía, sino a algo llamado 'nueva normalidad'. Un chasco, cuando la vieja normalidad no era para tanto. ¿Os acordáis? El aburrimiento y la insatisfacción, las ganas de que ocurriera algo, cualquier cosa que lo cambiase todo. Pues dos tazas. Y dos preguntas: ¿era normalidad eso que teníamos antes? ¿Qué traerá de nuevo lo próximo que llamemos normalidad?

Perroconducto

No se me olvidará la foto del hombre que sacó a pasear un radiador, tirando del cable como si fuera una correa. Quienes han cuidado de sus mascotas reciben un premio sorpresa. Se invirtieron las tornas: ya no eran los humanos los que sacaban a pasear a los perros, sino al contrario. Podías ver animales con las vejigas exhaustas tirando para que los llevasen a casa. Pasaportes de cuatro patas.

Priori, a

Yo no sabía nada, ni me informaba de nada, ni sospechaba nada: por eso me reía de todo. (A posteriori, debo grabar estas palabras en piedra).

Supermercado

Cola para acceder a un supermecado de Ibiza, el 8 de abril / SERGIO G. CAÑIZARES

Hubo días en los que el supermercado estaba penoso. Impresionaba ver estantes y estantes vacíos. En la sociedad de consumo habían aparecido límites, se veían las costuras. Un día no quedaba papel higiénico y otro era imposible encontrar harina. Me sentí como Bulgákov, qué experiencia excitante, pero el desabastecimiento era falso: siempre había de casi todo. Problemas del primer mundo. Eso sí: sigo preguntando a las cajeras si les han subido el sueldo. Siguen riéndose por debajo de las mascarillas, en la primera línea del frente.

Test

Máquina expendedora de títulos nobiliarios y certificados de paria.

Ventana

Las ventanas de mi casa dan a un patio grande del Eixample; desde ellas veo un paisaje de ventanas como dibujado por Ibáñez en 13 Rue del Percebe. A algunas les da el sol y a otras no, surgen las diferencias y las castas. Aparecen dibujos infantiles pegados con celo en los cristales o ancianas que sacan la angustia a airear. Por fin he entendido a Wittgenstein cuando decía que hay ojos mirados mientras miran, pero no se ven. O algo así.

Verano

Incertidumbre comprendida entre la noche de Sant Joan y la caída de las hojas amarillas.

Wuhan

Ciudad remota que se hizo familiar justo antes de que todo se colocase a una distancia segura. Lejos y cerca, aquí y allá, Europa y Asia. La ciudad china donde se originó el brote estaba en el centro de la globalización mundial sin que nadie se diera cuenta. Pero los centros cambian a toda velocidad en este mundo posmoderno parecido a los vasos de un trilero. Wuhan nos recuerda que el mapamundi se redibuja con vuelo de un avión.

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Un sitio que no existe era el aula, el bar y la familia. Lo intenté: no me colmaba. Con cerveza o sin cerveza: sin abrazos. Como acostarse con una muñeca hinchable. Hay enfermedades que se curan con placebos: ni el coronavirus ni la añoranza están en esa lista.

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