25 oct 2020

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Crisis sanitaria internacional

El rescate más inesperado de Open Arms

La oenegé colabora con las autoridades en el abordaje de los geriátricos, el agujero negro de la crisis del coronavirus

Los voluntarios recurren a su experiencia para "gestionar el caos" y denuncian el "desamparo" del personal de los centros

Víctor Vargas Llamas

Voluntarios de la ONG Open Arms colaboran con el SEM en el traslado de ancianos residentes en geriátricos contagiados por el coronavirus. / FOTO Y VÍDEO: FERRAN NADEU

Nunca imaginaron una misión que les deparara un drama de tal calibre en su propia casa. Que el abordaje de pateras zozobrando en el Mediterráneo se transformara algún día en camastros donde los más viejos del lugar se jugaran su devenir en un cruel envite. Las circunstancias revelan a los rescates en alta mar y a la crisis del coronavirus como dos desafíos dispares, pero a ojos de Open Arms ambas situaciones son, en definitiva, una suerte de naufragio. Y ante ese precipicio en el que muchos dudan, el instinto de la oenegé siempre sale a flote.

Una mujer que dio positivo en los tests se prepara para el traslado a otra residencia geriátrica de Barcelona. / FERRAN NADEU

Como no pueden desempeñar su tarea habitual ante la anómala situación en todo el planeta, la propia organización se puso a disposición de la Fundación Lucha contra el Sida y el Hospital Germans Trias i Pujol para ejecutar sobre el terreno aquello que el laboratorio precisara. Desde el 30 de marzo están administrando un tratamiento sobre el que se estudia la efectividad en la estrategia para frenar la propagación del covid-19 usuarios profesionales afectados en residencias geriátricas, el gran agujero negro de esta crisis sanitaria. “Se distribuye la medicación [hidroxicloroquina, un fármaco habitual en el tratamiento contra la malaria] en un grupo y en otro, no. Se toman muestras el día 1 y el 14, y se comparan para ver la evolución de ambas poblaciones”, destaca Gerard Canals, coordinador de misiones de la oenegé. Ya han realizado más de 1.200 tests con secreciones en medio centenar de residencias.

"No somos sanitarios, pero sí especialistas en rescatar a personas en situaciones extremas, de caos"

Gerard Canals

Coordinador de misiones de Open Arms

Pese a no ser una organización especializada en el terreno sanitario, su hoja de servicios avala su elección para la emergencia. “La mayoría no somos profesionales sanitarios, pero todos tenemos formación en ese campo. Y por encima de todo somos especialistas en rescatar a personas en situaciones extremas, dentro del caos, y hacerlo de hoy para mañana”. Hasta ahora, 70 profesionales y voluntarios participan en este y otros dos proyectos. La oenegé colabora con el Institut Català de la Salut en la realización de tests masivos en geriátricos, con el que pretenden llegar a las 20.000 personas en 290 residencias. Y, en colaboración con el Servei d’Emergències Mèdiques, se encarga de coordinar el traslado de personas que hayan dado positivo.

Precaución extrema

Cada equipo está integrado por dos personas a las que se les asigna un coche. Las precauciones se extreman, dado que la incidencia del contagio es muy elevada. “Intentamos que cada pareja trabaje junta siempre y con el mismo vehículo. Todos en el equipo nos consideramos positivos por defecto y no dejamos que nuestros miembros convivan con poblaciones de riesgo potencial, como hijos o abuelos, por más duro que resulte”. Él mismo lleva un mes sin ver a su hija, Alisha. “Estás acostumbrado a ausentarte unas semanas por las misiones de Open Arms, pero aquí cuesta un poco más: sabes que los tienes al lado y no puedes estar con ellos”, confiesa.

Un cooperante de la oenegé protegido con guantes profilácticos acaricia la mano de una anciana. / FERRAN NADEU

Quien sí mantiene su rutina es Francisco Gentico, un administrador de empresas que hace 4 años dio un vuelco a su vida y la dedicó al cuidado de los más desfavorecidos. Él ya puede regresar con tranquilidad a su casa, después de haber aplacado la inquietud de sus compañeros de piso. “Les enseñé los protocolos de seguridad y el equipo que llevamos y al final se sienten más seguros conmigo que cuando van a comprar al supermercado. El miedo, como siempre, viene del desconocimiento”, incide Francisco. Unos protocolos que la onenege aplica "incluso mas allá" de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud.

"Hay personas que te conmueven, como pasa en el barco. Pero la realidad te obliga a reponerte y continuar"

Francisco Gentico

Voluntario de Open Arms

El antídoto para atajar temores llega al relatar la alineación de prendas con las que sustituye al chaleco salvavidas: “Zapatos de seguridad, mono de tela abajo, otro desechable encima, bata desechable, tres pares de guantes, una mascarilla FFP2, arriba otra de tela y la pantalla facial. Ah, y en la cabeza, cofia y la capucha del mono”.  Sigue la premisa de considerarse positivo desde que llega a la nave de Vilassar de Dalt, donde organizan las tareas. Y ya no se la quita de la cabeza en toda la jornada. “Desinfectamos el coche cada día. Nos ponemos y quitamos el traje con la pareja, haciendo espejo. Y si a algún paciente se le escapa la tos o el estornudo, mi compañero acude al momento con líquido desinfectante. Reducimos el riesgo casi a cero”.

"Más cara o más humilde, en la mayoría de residencias coincide el sentimiento de desamparo del personal"

Gerard Canals

Coordinador de misiones de Open Arms

Un rigor que no siempre se sigue en las residencias. “En un centro había 35 abuelos esperándonos juntos, sin distancia de seguridad. Donde no ha habido positivos oficiales, el confinamiento es más relajado. En una residencia nos dijeron que los 27 abuelos antes compartían habitación, pero que desde que murieron 11 podían tenerles separados... Ese caso me impactó”, relata. El voluntario constata sobre el terreno que, sobre todo en los periodos iniciales, ha habido mucha desinformación que está acarreando consecuencias fatales. Francisco detalla que no es infrecuente encontrar a personal sin equipos o sin seguir los protocolos necesarios para cuidar de la gente. "Más cara más humilde, en la mayoría de residencias coincide el sentimiento de desamparo del personal", añade Gerard.  

Conmoción

A diferencia de las misiones en alta mar, donde el tropel de migrantes hace imposible un contacto prolongado y tranquilo, Francisco puede tener ahora un trato más próximo. “Al testear a una señora nos dijo que no tenía familia, nos explicó su vida. Y luego el test dio positivo. Mi compañero Soly y yo no abrimos la boca en todo el camino de vuelta a la nave”, recuerda Francisco. “Al final te rehaces, como pasa en el barco cuando algo te conmueve; la realidad te obliga a reponerte y seguir”, explica. También sabe que cuenta con el apoyo de los psicólogos voluntarios, que les hacen un seguimiento diario.

Un voluntario de Open Arms acompaña a una señora mayor a una ambulancia para su traslado. / FERRAN NADEU

Una nueva red de seguridad que reconforta casi tanto como el apoyo espontáneo y desinteresado que recibe Open Arms en esta ardua misión. “Hay dos colectivos que nos traen comida de forma altruista,  gente con impresoras 3-D que nos dan equipos de autoprotección, todo un alivio ante los precios abusivos del mercado. Otros preparan gel hidroalcohólico. Una empresa nos cede sus vehículos y otra de carburantes nos suministra combustible gratis”, detalla Gerard. Incluso un colectivo tan castigado como el del 'top manta' se centra en confeccionarles mascarillas. Y entonces, a Gerard le asalta una chispa de esperanza. “El mundo es una mierda, pero cuando ves que hay gente que hace todo lo que puede para ayudar a los demás... Ya se verá si de todo esto saldrá un mundo mejor, pero al menos sé que no todo está perdido”.