24 oct 2020

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TESTIGO DIRECTO

Diario de un infectado: "Siempre sale el sol, chipirón"

Un periodista de EL PERIÓDICO hospitalizado explica cómo recibió cartas de personas a las que no conocía dádole ánimos

Un grupo de enfermeras puso en marcha la iniciativa encaminada a que los enfermos se sintieran acompañados en su soledad

J. G. Albalat

Mónica y su amiga Marta, la enfermera del Sagrar Cor que ha puesto en marcha, junto con otras compañeras, la iniciativa.

Mónica y su amiga Marta, la enfermera del Sagrar Cor que ha puesto en marcha, junto con otras compañeras, la iniciativa. / EL PERIÓDICO

“!Todo saldrá bien¡. Como se dice en mi tierra (Andalucía) ¡siempre sale el sol chipirón¡”. Estas palabras fueron escritas por Mónica Pascual Almagro, una muchacha de 30 años que vive en un pequeñito pueblo de Jaén llamado Espeluy. A los dos días de estar ingresado en el hospital Sagrat Cor de Barcelona por el coronavirus (ahora estoy mejor y me recupero en mi casa), una enfermera se acercó a mi box para preguntarme si me apetecía leer una carta y me explicó la campaña que un grupo de sanitarias de quirófano del centro sanitario (Marta García López, Ares, Minaia y cuatro más) habían puesto en marcha. La iniciativa fue propagándose por toda España. 

Fue Marta, la joven enfermera malagueña afincada en Barcelona, quien explicó a su amiga Mónica el proyecto. Y Mónica no dudó ni un segundo en ponerse delante del ordenador, escribir una carta y enviarla al email que los sanitarios habilitaron para recibir las misivas (esperanzahusc@gmail.com) “Es tan raro escribir sin saber quién será el destinatario….es raro no saber cómo será tu reacción…es tan raro todo en estos últimos tiempos que ya apenas diferencia lo que es realidad y ficción (…) Quiero que sepas que no estás solo, siembre habrá alguien detrás…solo tienes que abrir bien los ojos y lo verás. Cerca estarán enfermer@s, auxiliares de enfermería médicos, limpiadores, celadores (…) Ánimo amigo, hoy no es un día más, sino un día menos para tu recuperación. Desde aquí puedo solo desear que pronto salgas, que te recuperes y que pasado todo esto, poder conocerte….estaría encantada de abrazarte”. Tras leer la carta mi estado de ánimo (siempre alto por los mensajes de mis compañeros, amigos y familia) se disparó.

 María Jesús Lapiedra, en la ventana de su casa / EL PERIÓDICO

A los pocos días, se acercó otra enfermera y me dió otra carta. Esta vez, de María Jesús Lapiedra, una mujer de 41 años que vive en un pequeño pueblo de Valencia. “Sé muy bien el gran esfuerzo que estás haciendo; el estar alejad@ de los tuyos, sean familiares, amigos e incluso mascota (…) quiero decirte que esto pasará (..) Querid@ desconocid@, es la primera carta que te escribo y no será la última. Pienso darte ánimo para que tengas fuerza de aguantar un poquito más. Porque sólo hace falta un poquito para que vuelvas a estar rodeada de los tuyos”. La emoción volvió a inundarme. Recibí un tercer escrito de otra Mónica, de Barcelona, una madre que superé en el pasado un cáncer.

En busca de mis nuevas amigas

Tras ocho días ingresado, volví a mi casa. Mi objetivo era localizar a esas personas que generosamente me habían brindado su apoyo y su amistad sin conocerme de nada. Por medio de las redes sociales hallé a Mónica de Jaén. Le envié un mensaje y le di mi teléfono. Al cabo de un rato me llamó. Estaba emocionada. Le agradecí su misiva y el bien que me había hecho. “Qué ilusión. Me has encontrado. Qué sorpresa. No sabía a quién le llegaría mi carta, ni si se pondría bien. Y tú te estás recuperando”, me explicó esta muchacha, enfrascada en estudiar para presentarse a unas oposiciones a Hacienda. De vez en cuando, se le escapaba una sonrisa nerviosa. “Escribía la carta por dos motivos: dar fuerza, tanto mental como moral, transmitir que aunque estuvieras solo físicamente, estabas rodeado de amigos, de familia, del personal sanitario y de gente anónima que os mandábamos toda la fuerza. Y el segundo motivo: dar fuerza al personal sanitario”, sostiene.

Campaña de cartas para enfermos de coronavirus.

A María Jesús Lapiedra la encontré a través de su padre. Por las redes sociales, fue imposible. Recurrí a la guía telefónica y en la pequeña población de Valencia donde vive sólo figura una persona con ese apellido. Al hombre que descolgó el teléfono le detallé quién era y que su hija había redactado una carta que cayó en mis manos, gestó que él acción desconocía. “Es que tengo una hija maravillosa”, repetía. Tuvo la amabilidad de darle mi número a María Jesús y esta me envió un mensaje a mí móvil.

“El día que recibístes la carta, imagino que te llegó al alma, como a mí me ha llegado al corazón el saber que has salido de esta situación y que has intentado contactar conmigo (…) Te escribo porque prometí que no sería la última carta que recibirías mía, y quiero cumplir mi palabra”. Mi llamada no se hizo esperar. Ella me dijo que se animó a escribir  a raíz de un mensaje que le llegó de unas enfermeras de Barcelona. “Pensé que alguien se alegraría de recibir ánimo y fuerza a través de unas palabras”, subraya. María Jesús y las dos Mónicas (a una no la he podido hallar) han entrado a formar parte de mi vida.

Una visita inesperada: "Tienes un amigo que se llama Albert"

Sexto día de ingreso. He abandonado el box y he podido dormir en una habitación, compartida con Paco, al que también le ha atacado el coronavirus, y he podido ver el sol por la ventana, en la novena planta del hospital. Pasaban unos minutos de las 8 de la mañana cuando una enfermera totalmente protegida, a la que solo se le veían los ojos detrás de unas gafas especiales, entra en la estancia y se acerca a mi cama. No me extrañó porque es habitual el trasiego de personal sanitario. Que si tomarte la temperatura, la tensión, la saturación pulmonar….

Pronto descubrí que  no era una visita a un paciente “¿Tu eres Jesús?”, me preguntó. “Sí”, le conteste asombrado y aún con legañas. “¿Tú tienes un amigo que se llama Albert?”, continuó. Mi cabeza iba a 100 intentando de qué Albert se trataba. “Te estoy buscando desde que entraste en urgencias y, por fin, te he encontrado”. Si la escena no hubiera sido en un hospital y en esas circunstancias, pensaría que era una cámara oculta. Pero no, no lo era.

Detrás de esa mascarilla se protegía Marina Cayuela, una joven de 21 años estudiante de enfermería y en la actualidad auxiliar en el Sagrat Cor. Había trabajado toda la noche y antes de irse a su casa, paso a verme porque un tal Albert le había dicho a un amigo que yo estaba allí ingresado y si podía Marina hacerme una visita. Y lo hizo, me localizó.

La conversación fue intensa. Que una persona que no te conoce se tome de la molestia de buscarte para poder charlar unos minutos y darte ánimos, es algo muy grande. Cuando se fue, la misión era intentar saber quién era ese Albert, pues tengo varios amigos con ese nombre. Al explicar a un grupo de watsap lo que me había sucedido, uno de ellos me sacó de dudas. “Se ha equivocado, no es Albert, sino Alberto”. Era él, Alberto, mi amigo soriano, que había pedido un favor a un amigo suyo para que yo pudiera recibir las palabras de ánimo. Lo consiguió. Marina está dándolo todo en el hospital, al igual que lo están haciendo sus compañeras auxiliares, enfermeras, personal de limpieza, médicos. Todos embutidos en unos trajes que les hacen sudar lo inimaginable, pero que siempre tienen palabras para los enfermos. Son nuestros héroes.