crisis sanitaria

Esperando al coronavirus en el mundo rural

La dispersión de los pueblos retrasa la explosión de casos en el Alt Empordà

Montse, en la panadería de Terrades.

Montse, en la panadería de Terrades. / ROCCO MURARO

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Rocco Muraro

"Yo me entretengo buscando espárragos", afirma un vecino de Terrades. Este municipio del Alt Empordà, con solo 329 habitantes y rodeado de bosques y explotaciones agrícolas, se ha revelado como un enclave privilegiado en la actual coyuntura de excepción. El lugar es diáfano y la concentración de habitantes es mil veces inferior a la de Barcelona, situándose en unos exiguos 15,7 habitantes por kilómetro cuadrado. Es fácil atravesar el pueblo sin cruzarse con ningún vecino.

Durante estos días, los caminos agrícolas que rodean Terrades hacen de válvula de escape de las obligaciones de confinamiento de algunos vecinos. Quien tiene perro, lo saca abiertamente y se despeja, pero también varios vecinos que no tienen mascota salen a pasear, aunque de forma más discreta. El campo es amplio, los caminos escondidos y es muy difícil cruzarse con nadie. El confinamiento ha coincidido con la temporada de los espárragos y quedan pocos en los bordes de los caminos.

Propagación en el medio rural

Detrás de la aparente calma que hay en Terrades, hay temor. A medida de que el virus se disemina, los números indican que se está acercando al pueblo. Según las cuentas de la Fundació Salut Empordà, que gestiona el Hospital de Figueres, el primer caso en el Alt Empordà se detectó el domingo 15 de marzo, una semana después los casos subían a 14, y este sábado eran 150. Además se han registrado siete víctimas mortales. Aun siendo cifras bajas, la curva de infectados se está dibujando con una pendiente cada vez más pronunciada. 

"Estamos en el momento previo a un tsunami, cuando el mar se retira antes de golpear con todo en la costa. Las próximas semanas serán muy duras"

Martí Masferrer

Gerente del Hospital de Figueres

De momento, el Hospital de Figueres, situado a 12 kilómetros de Terrades, está funcionando con holgura. El gerente del hospital, Martí Masferrer, avisa que la calma se acaba: “Estamos en el momento previo a un tsunami, cuando el mar se retira antes de golpear con todo en la costa. Las próximas semanas serán muy duras”. 

Las particularidades de la distribución de los habitantes en el Alt Empordà van a determinar la naturaleza de la propagación de la enfermedad. Son 67 municipios pequeños o muy pequeños diseminados entorno a la capital, Figueres, de 46.000 ciudadanos. Martí Masferrer estima que “la dispersión rural está retrasando la explosión de casos”. Pese al aislamiento geográfico de muchos municipios, la estructura económica de la comarca converge de forma centrípeta en Figueres, y para Masferrer ese será el vector de contaminación: “Mucha gente sigue trabajando, y va y viene de la capital a sus pueblos”.

Vista general de Terrades, municipio del Alt Empordà. / Rocco muraro

Poco pan

Cada día sale desde Terrades una furgoneta cargada de pan para ser repartida por varios establecimientos de la comarca. El pan del pueblo es famoso y ya esta vendido casi antes de salir del horno. Pero en este momento los pedidos han bajado en picado: “Muchos de los establecimientos a los que vendemos están cerrados”, afirma Josep Gou, el panadero. A su mujer, Montse, que se encarga de despachar la clientela, le preocupa acabar infectada: “Estoy sirviendo de cara al público, expuesto, y hay clientes que vienen que no siguen las indicaciones de seguridad”.

La potencial llegada del coronavirus al pueblo también tiene asustada a la población envejecida. Desde que el gobierno central decretó el estado de alarma, Mercè Llorens, de 74 años, apenas ha salido de casa. Ya no va a comprar el pan a diario, como solía hacer: “Solo voy dos o tres veces a la semana”. Percibe la panadería del pueblo como un lugar de riesgo de contaminación. El confinamiento se le está haciendo duro: “A mí me gusta salir a fuera; ir al huerto, o a la granja, o ir a jugar a las cartas con mis amigas”. Las tardes se le hacen eternas, y la televisión le hace compañía, pero también la angustia: “Porque todo el día hablan del coronavirus”.

Segunda residencia

El jueves 12 de marzo, dos días antes de que Pedro Sánchez anunciara el estado de alarmaPedro Pasquín, Mavi Lizán y sus tres hijos se instalaron en su segunda residencia provenientes de Barcelona. Ya se hablaba de posibles confinamientos, previeron el rumbo de los acontecimientos y se instalaron en el pueblo. “Aquí tenemos mucho más espacio y tenemos jardín”, afirma Pasquín, que no huye de una de las mayores polémicas de estos días: “Se dice que la gente de fuera trae el virus. Nosotros hacemos el confinamiento a la perfección, no tenemos posibilidad de contagio con nadie. Las mismas reglas que seguiríamos en Barcelona las cumplimos aquí, sólo que aquí estamos mejor”. El único momento que están cerca de alguien en el pueblo es cuando van a comprar el pan. “Lo hago guardando la distancia de seguridad”, dice Pasquín.

Con la llegada de la pandemia la escala de valor se ha invertido. La conectividad de las grandes ciudades, con el dinamismo social y económico asociado, ha dejado de ser un activo para convertirse en un problema debido a las acumulaciones de gente que aumentan el riesgo de contagio. En cambio, los lugares con baja densidad de población, con menos comunicaciones con el exterior, han entrado en valor. 

Cosecha en el aire

Los agricultores que tienen sus fincas en Terrades no han parado de trabajar durante los días que lleva activo el estado de alarma. El cultivo de la cereza es uno de los mayores activos de la agricultura local y se acerca el momento de la recogida, previsto para finales de abril. La coincidencia de la crisis del coronavirus con el momento de la recogida, después de un año de trabajo e inversión, tiene muy preocupados a los payeses.

Josep Molas es un agricultor de 39 años, dueño de una pequeña finca; su economía depende en gran medida del éxito de la temporada de la cereza: “El coronavirus ha cambiado las prioridades de los consumidores. Ahora las familias están preocupadas en ir lo menos posible al super para exponerse poco. Compran productos baratos y que se puedan conservar. La cereza es todo lo contrario, es un producto muy costoso y perecedero. Me temo que la temporada no va a ir bien”.

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