El precio de vivir con tu ex

Parejas rotas se ven obligadas a seguir juntas para llegar a fin de mes

La presión social mantiene oculto este nuevo modelo de convivencia

Dos jóvenes de Barcelona y dos jubilados de Madrid cuentan su experiencia

Tere Salvador y Jesús Carreño, el comedor de su vivienda de Madrid.

Tere Salvador y Jesús Carreño, el comedor de su vivienda de Madrid. / Ana López Sanz

Se lee en minutos

Ana López Sanz

El alquiler por las nubes y el sueldo por los suelos. Estas son las causas de una tendencia poco frecuente, pero creciente en las ciudades españolas. Convivir con la expareja es ya una solución que desdibuja la ruptura sentimental y física a cambio del remedio económico. Marta y Javi, en Barcelona, se encuentran en esta situación como también Tere y Jesús, en Madrid, dos parejas rotas bajo el mismo techo. La presión social retiene su realidad en el silencio.

 “Necesito vivir ahora aquí y contigo, porque económicamente no puedo vivir sola y hasta que tenga algo mejor, prefiero estar así”. Este fue el pensamiento de la maestra Marta Jiménez, que con 31 años y un sueldo de 400 euros, vive desde hace un año en el barrio barcelonés del Poble Sec con Javi Mas, su expareja de la misma edad. Esta situación no resulta extraña en metrópolis como Barcelona, con un alquiler medio de 769 euros al mes en el 2018, según el Observatorio de Vivienda y Suelo, que cerró el 2019 con una media de 1.005 euros al mes, según la Generalitat de Catalunya. 

Llorar a escondidas

Después de cinco años de convivencia, a Jiménez y a Mas, ingeniero informático, se les apagó la chispa e incluso en esta condición, decidieron renovar un año más el contrato de su alquiler de 775 euros. “Él lo hizo por comodidad y yo sin pensar en cómo me afectaría psicológicamente convivir con él sin saber qué estaba haciendo ni con quién”, cuenta ella. Y es que al principio era Jiménez quien lloraba a escondidas, porque “Javi hubiera buscado una solución para que yo no estuviera mal y eso significaba irse a vivir con los padres. Después de años de vida independizada, eso hubiera sido peor”.

Este es un ejemplo de como la dependencia económica actual puede imponerse a la inestabilidad emocional tras una ruptura. De hecho, el psicólogo, sexólogo y terapeuta especializado en relaciones de pareja Ignasi Puig Rodas afirma que “no tener una distancia física respecto a lo que hace daño y verlo el 100% del tiempo, hace más costoso el proceso de duelo psicológico”.

 

Los barceloneses Javi Mas y Marta Jiménez , en la cocina del piso que aún comparten. / Ana lópez sanz

“Es un proyecto de vida, que casos como este están obligados a mantener, mientras se dan cuenta de su fracaso”, explica la abogada experta en divorcios Marta Boza Rucosa. Mantienen la convivencia con su expareja porque la alta demanda de la vivienda en las capitales coincide con la precarización de los sueldos. “Han cambiado nuestros hábitos en las rupturas, sobre todo por el beneficio económico” explica Ignasi Puig. Aun así, añade que socialmente “todo lo que se sale de la norma y rompe los esquemas, se concibe como malo, se critica y se considera como un ataque”. Así que personas como los protagonistas de esta historia ocultan su caso. “Me hacen ver que no es lo socialmente correcto, pero por cómo me lo ha inculcado mi entorno -admite la maestra Marta Jiménez-. Quizás en un futuro esté bien visto”. 

No se arrepiente

Marta Jiménez detalla su situación: siguen repartiéndose las tareas domésticas; a veces cenan y miran series juntos; no intiman, pero comparten la única cama del piso, y mantienen ambos nombres en su cuenta bancaria, a pesar de crearse una propia cada uno a raíz de romper. Así mismo, esta joven  confiesa que la situación “no funcionaría sin la confianza que hay”.  “Aunque en estos cinco años yo he tirado siempre de él, porque me enfadaba por su pasotismo, ahora no puedo exigirle nada como pareja y la convivencia es mucho mejor que los otros años”.

Por esta razón, la barcelonesa ha cortado detalles cariñosos que todavía tenía con Javi, como comprarle su chocolatina favorita, hacer planes juntos o ir a recogerle del trabajo. “Porque no era recíproco -explica- y era difícil sentirme querida, no era sano para mí”. En realidad, dice que convivir como expareja ha sido “una auto terapia” para descubrirse a sí misma y ver “que las cosas negativas pesaban más que todo lo positivo". "Este año me he dado cuenta de que no le quiero como pareja, porque necesito cariño y apoyo”, afirma. 

En este tiempo ninguno de los dos ha rehecho su vida, ya que “esta situación frena crear algo nuevo por la falta de intimidad”, expone el terapeuta Puig. Y es que como reconoce Jiménez: “Incluso dejamos claro que no podíamos traer a nadie a casa”. Sin embargo, ambos han evolucionado de diferente manera. Mientras Javi Mas todavía se encierra a jugar en “su zulo”, es Marta quien se arregla más para salir. “Algo común cuando se ha vivido muy pendiente de la pareja -agrega el psicólogo- porque se reivindica el tiempo para el ‘yo’, y lo habitual es preocuparse por la imagen, para volver al 'mercado' y recuperar las habilidades sociales”.

Te puede interesar

Pero el cambio de Marta no acaba aquí. El mes que viene cuando se les acaba el contrato del alquiler y finalice el estado de alarma por el coronavirus, se mudará al piso que sus padres tenían alquilado en Santa Coloma. "Eso me preocupa porque irme significa salir de mi zona de confort, salir de lo que estoy acostumbrada desde hace seis años. Va a ser un choque para ambos, pero necesito evolucionar y vivir”, concluye. 

Teresa y Salvador, dos jubilados juntos de nuevo a los 20 años del divorcio

Vivir bajo un mismo techo tras una ruptura sentimental es una realidad también en Madrid. En un barrio de clase trabajadora de esa ciudad convive un matrimonio roto, cuya situación dista de la experiencia de Marta y Javi en Barcelona.