25 oct 2020

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LAS CALLES VACÍAS

Leyendas en la ciudad hibernada

La inmovilidad de las grúas y el silencio de las obras dan pleno sentido al confinamiento reforzado

Rafael Tapounet

Un ciclista solitario cruza la desierta calle de Aragó.

Un ciclista solitario cruza la desierta calle de Aragó. / JORDI COTRINA

En una inesperada (y algo inquietante) pirueta del azar, la entrada en vigor del decreto gubernamental que determina la "hibernación" de la actividad económica coincide con un descenso acusado de las temperaturas y con la llegada de las precipitaciones. Precipitación es justamente lo que la patronal y buena parte de los partidos de la oposición achacan al Ejecutivo en su decisión de paralizar las llamadas actividades no esenciales, que nadie parece tener muy claro cuáles son pese a la lista exhaustiva publicada con nocturnidad en el BOE extraordinario del domingo. Un ejemplo: el personal de limpieza de comunidades, ¿presta o no un servicio básico? Pues, como suele ocurrir en situaciones de incertidumbre jurídica, la respuesta va por barrios. Y en el mío ha tocado que la limpieza de las fincas no sea algo esencial.

Nos informa de ello un cartel escrito a mano y pegado con celo en la pared, bajo el tablón de anuncios que hay junto al ascensor. "Queda parada la actividad de limpieza por orden del Estado durante el periodo comprendido del 30 de marzo al 9 de abril por la pandemia del covid-19". Lo de que se paren las cosas "por orden del Estado" es algo que impresiona bastante y acongoja un poco. Tras la alusión a la pandemia, el autor del cartel ha tenido a bien añadir una apostilla un poco enigmática que, de alguna manera, humaniza el mensaje y nos mueve a la empatía: "Ya saben cómo nos está afectando a todos".

Expedición al súper

Veo la notificación en el momento de iniciar la expedición al súper. Expedición es la palabra. Como en estos momentos llueve copiosamente, al atavío habitual de mascarilla y guantes ha habido que añadir el chubasquero y las botas, lo que, unido al panorama de desolación que se atisba más allá de la puerta, le da a la salida un aire de maniobra 'survivalista' bastante épico. Pienso en los investigadores antárticos confinados en la Estación 31 en 'La cosa' de John Carpenter. Esperemos que esto no acabe igual.

Una vez en la calle, lo primero que llama la atención es la inmovilidad de las grúas y el silencio de la maquinaria empleada en una obra cercana que hasta el viernes mantuvo un simulacro de normalidad. Se diría que la ausencia de ruido es lo que da pleno sentido a esa orden de confinamiento reforzado. Apenas circulan vehículos y el esfuerzo vano de los semáforos que cambian de color para nadie adquiere la hermosura poética de los gestos inútiles. Las gaviotas se enseñorean de las azoteas y de las farolas ante la mirada aterrorizada de las palomas. Corren malos tiempos también para las colúmbidas.

Escenas raras

Unos metros más allá, se detiene una furgoneta blanca de una empresa de desinfección y control de plagas y de su interior emergen dos hombres con sus trajes de protección química, como salidos de una pesadilla distópica o de un episodio de 'Breaking bad'. No sé hasta qué punto somos conscientes de las escenas tan raras que estamos normalizando estos días. Junto a ellos pasa pedaleando un 'rider' de una conocida plataforma de entrega de comida a domicilio. El decreto del Gobierno establece que lo suyo es una actividad necesaria, aunque lo suyo, según denuncian los trabajadores, consiste básicamente en llevar a las casas hamburguesas, pizza y sushi.   

La Plaza Reial, confinada. / JORDI COTRINA

En el súper, las ventas de papel higiénico se han normalizado; las de cerveza, en cambio, se están disparando

Llego al súper. A la entrada es obligatorio aplicarse gel hidroalcohólico en las manos y ponerse unos guantes de plástico transparente, incluso aunque traigas tus propios guantes puestos de casa. Es lunes por la mañana, y el personal del establecimiento, que sí presta un servicio esencial incuestionable y lo hace además con tan buena disposición que dan ganas de ponerse a aplaudir allí mismo (lástima de guantes de plástico, que convierten lo que debería ser una ovación en algo parecido a un chapoteo), se afana en reponer los productos en las estanterías. Observándoles, es posible inferir algunas interesantes tendencias en el consumo después de 15 días de confinamiento: las ventas de papel higiénico y de botes de garbanzos han quedado estabilizadas después de recuperar una cierta normalidad, mientras que las de cerveza y bebidas espirituosas se han disparado.

Esta última constatación me hace pensar en una escena que hoy mismo relataba desde Atenas el periodista Hibai Arbide Aza. En una entrevista en la televisión publica griega, el profesor de Farmacia de la Universidad de Salónica Dimitris Kouvelas hablaba sobre la vacuna para el covid-19 y advertía a los espectadores de que aún iba a tardar. La presentadora trató de reconducir su discurso diciéndole: "Queremos algo de optimismo". Y el científico respondió: "Quien quiera optimismo, que tome drogas". Qué tío, Kouvelas.

La lista en la mano

En el supermercado reina también, como en la calle, un silencio extraño. Se acabaron los requiebros de las pescateras y los intercambios de chismes vecinales junto a la nevera de los lácteos. Ni siquiera funciona hoy el insidioso servicio de megafonía que suele anunciar las ofertas del día, y los compradores, admitidos en 'numerus clausus', deambulan en silencio por los pasillos con sus listas en la mano y sin atreverse a mirarse a los ojos, acaso para no dar lugar a una interacción indeseada.

Afuera sigue lloviendo. Un sin techo envuelto en mantas se refugia con sus pertenencias bajo un voladizo, farfulla unas palabras en una lengua de acento eslavo y ensaya unas flexiones agarrándose a un barrote. Pasa un autobús eléctrico articulado con una única pasajera que lanza por la ventana una mirada aturdida, como un caballo que se hubiera equivocado de establo. El efecto es fantasmagórico y convoca un pasaje particularmente estremecedor de 'Soy leyenda' de Richard Matheson: "Sintió que un escalofrío le recorría la espalda. ¿Era posible que el mismo germen que mataba a los vivos animara a los muertos?".

Aprieto el paso. Camino sobre los charcos, que echan de menos a los niños y sus botas katiuskas. El barrio, la ciudad, la actividad económica, la vida..., todo hiberna en este día frío y húmedo como el vientre de un sapo. Llego a casa con los víveres y anuncio mi regreso con el énfasis y la prosopopeya que se reserva a las gestas de los grandes héroes. Y mientras me despojo de los guantes y la mascarilla pienso que, como el protagonista de la novela de Matheson, yo también, a mi particular manera, me estoy convirtiendo estos días en leyenda. Todos nosotros lo estamos haciendo.