24 oct 2020

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CELEBRACIÓN CONFINADA

Cumpleaños en tiempos de coronavirus

Una familia de Barcelona celebra el 51º cumpleaños del padre en pleno encierro y con la certeza de que lo recordarán toda la vida

Mauricio Bernal

Bruno y Marieta con sus hijos, Ivo (izquierda) y Tomás.

Bruno y Marieta con sus hijos, Ivo (izquierda) y Tomás. / BRUNO ROSAL

Por la mañana, ella le dice a Bruno:

-Hoy es tu cumpleaños. ¿Tienes algún antojo?

Él contesta:

-Mollejas.

"Mollejas", piensa ella. Quizá no sea tan fácil, teniendo en cuenta… las circunstancias. O quizá sí. Hay que probar. A mediodía se pone cualquier cosa y se dirige al mercado. ¿Mollejas? ¿Mollejas? Nadie tiene mollejas. Qué hacer… Es un cumpleaños especial. Todos lo son, pero este año la atmósfera es extraña. El virus campa por ahí, la ciudad está vacía, todo el mundo está encerrado. Todo es incierto. La gente se infecta y algunos mueren. Mollejas.

En el mercado, ella tiene un momento de inspiración y decide comprar un pequeño bote de caviar. Caviar, por qué no. Es una ocasión. La familia recordará este cumpleaños, y todos recordarán que comieron caviar. Después, todo parece más fácil: un poco de foie… y esas hamburguesas de manitas de cerdo, que a Bruno le gustan mucho. De segundo, secreto ibérico. De vuelta a casa pasa por un supermercado y compra un tiesto de flores. Pequeño, y no muy esplendoroso, pero las floristerías están cerradas. Lo que importa es el detalle.

Es 25 de marzo. El año, 2020. Nadie olvidará estas fechas.

En casa, un espacioso piso en unos bajos de la calle de Torrent de l’Olla, en Gràcia, Bruno y los niños –Ivo, de 14 años, y Tomás, de 12– trabajan o hacen los deberes en el comedor, centro de gravedad del hogar en estos días de encierro. El lugar donde ocurre casi todo. Hay ordenadores, tabletas, móviles, libros... Un desorden infantil y adulto, mezcla de casa y oficina. Ella y los niños intercambian miradas. Han decidido mantener ciertas cosas en secreto –la celebración debe tener un ingrediente sorpresa–, y han creado un chat entre ellos para comunicarse al margen. Aunque no funciona del todo bien. Tomás está especialmente agitado. Ivo siempre ha tenido un toque señorial.

Bruno cumple 51 años.

La familia, a la mesa. / BRUNO ROSAL

Preparativos

A eso de las cinco, Bruno anuncia que tiene que ir a la oficina. Tiene trabajo pendiente, pero también quiere dejar espacio. Ella le pregunta si esta noche quiere algo de postre. Algo especial.

–Torrijas –dice él.

Suena tan difícil como las mollejas.

Bruno se marcha y un moderado frenesí se apodera del lugar. Hay cosas que hacer. Hay que cocinar y ordenar el piso, que estos días tiene aspecto de confinamiento. Hay que despejar la mesa. Ella corta unas margaritas del jardín y las pone en un jarrón, y se olvida del tiesto. Los niños se ofrecen a preparar el pastel. Por momentos se olvidan de lo que ocurre fuera. De que no hay nadie en la calle, de la saturación de los hospitales. Hay que seguir viviendo.

Es un cumpleaños fuera de lo común y todos quieren que se note. Los niños recuperan la ropa que lucieron en Nochebuena y ella opta por un vestido que diseñó su hermana, por el que siente debilidad. Al volver, sobre las nueve, Bruno se quita el jersey y se pone una chaqueta de terciopelo. La elegancia es un anhelo compartido.

Bruno se apellida Rosal y es arquitecto. Ella se llama Marieta, se apellida Cavero y trabaja en el Consorcio de la Zona Franca. Estos días, en realidad, teletrabaja.

Durante la cena, el ambiente es festivo. Los mayores beben vino, dos botellas en total. No hay mollejas, y cuando llega la hora de las torrijas todos han comido demasiado, así que prefieren pasar directamente al pastel. Ella y los niños cantan: "Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...". Él sopla las velas, varias veces. Se toman fotos. Por el móvil, ella le envía una a una amigaa. La respuesta no tarda en llegar: "Bonito. Raro, pero bonito". Así lo recordarán seguramente: raro, pero bonito. Dentro de un año y también dentro de muchos mirarán las fotos y recordarán que ese día estaban confinados, y que no había nadie en la calle, y que las noticias que llegaban de todas partes eran difíciles de soportar. Recordarán lo excepcional y lo extraño que era todo. A nadie se le pasaba por la cabeza que un día celebraría su cumpleaños confinado porque afuera había un virus peligroso y mortal.

-Nos acordaremos a lo largo de los años –dice Bruno–. Si es que esto dura poco. Si es que no se vuelve normal pasarnos la vida encerrados.

La noche acaba con una partida de dardos.

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