Angustia en Igualada

Elvira y Josep, este infectado, cuentan su desesperación por el colapso sanitario

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Xavier M.Chico

«Sin asistencia vas aguantando como puedes la angustia por el virus, y si empeoras, a correr». La frase es el grito entre la resignación, la desesperación y la denuncia de Elvira Ávila, compañera de Josep Torralba, de 58 años, diagnosticado como paciente con coronavirus pero que no cuenta en las estadísticas de infecciones porque nadie le ha practicado prueba alguna. Ambos ponen cara a las decenas de ciudadanos de la Conca d’Òdena que, sin síntomas de gravedad, conviven con la enfermedad a la espera de una llamada de atención sanitaria, un consejo, una explicación tranquilizadora. Ambos están convencidos de que Josep contrajo el virus en el Hospital de Igualada.

La tarde del lunes pasado se había oficiado el funeral por su padre, de 92 años, que falleció el domingo en el centro hospitalario igualadino tras ser ingresado con una grave neumonía. Era uno de los ancianos de la residencia de Capellades en la que el miércoles murieron seis personas. Tras la ceremonia en el tanatorio de Igualada, doblemente dolorosa -«éramos cuatro y el cura, todos con mascarillas. Sus nietos no podían entrar en la Conca»-, el cuerpo fue incinerado. El confinamiento impidió que los restos del fallecido pudieran descansar junto a los de su esposa, Carme, que murió hace solo dos meses.

Josep se acostó llorando las dos pérdidas y las circunstancias. Esa noche empezaron los síntomas: fiebre y una intensa tos seca. No tuvieron dudas: el coronavirus entró mientras acompañaba a su padre en el hospital de Igualada. Explica que, con su hermano, permanecieron junto a él 24 horas en el servicio de Urgencias, primero en las sillas y luego en un box, con escaso aislamiento entre unos pacientes y otros. «Se veía que, a pesar del voluntarismo del personal, estaban desbordados por la llegada de enfermos».

Cuestión protocolaria

A las siete de la mañana del martes y tras 45 minutos de espera, pudieron contactar con el 061. Las preguntas fueron de protocolo, entre ellas, si había visitado algún lugar con epidemia, como China o Italia. A Elvira le sorprendió: «¿Cómo nos preguntan eso, cuando el DNI que facilitamos ya indica que es del Anoia, en pleno confinamiento? De Igualada, con tos seca y fiebre… Está claro, ¿no?». 

El servicio del 061 les dijo que tuvieran calma y que alguien se pondría en contacto. Desde entonces, nadie ha llamado: «Ni llamarán. Te pasan la responsabilidad solo a ti». Ante este convencimiento, el temor y las dudas de qué hacer y cómo actuar, recurrieron después por internet al servicio de e-consulta de CatSalut. La respuesta, un correo electrónico de su médico de familia del CAP de Capellades al que pertenece Josep. Una vez confirmado que seguramente se trataba de coronavirus, la doctora recomendó acentuar el aislamiento, beber mucha agua, tomar vitamina C y paracetamol. El miércoles comunicaron en el servicio de Stop Covid-19 que seguía la fiebre y la tos. No hay respuesta.   

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Josep y Elvira son conscientes de la crisis por la que atraviesan los servicios médicos, particularmente en Igualada, con decenas de sanitarios infectados y otros 300 aislados. Sin embargo, Elvira denuncia: «La angustia la tenemos igual, no sabemos nada. Para nosotros, el 061 y la web no sirven para nada».

Por suerte y tirando de contactos, un médico de familia de Igualada ha atendido a sus demandas y va siguiendo su caso. Sobre todo, tranquilizando a la pareja ante las leves variaciones que se han producido en los síntomas y dando pistas sobre el cuadro clínico más habitual en el desarrollo de la enfermedad. Con esta breve experiencia, ahora es Elvira quien intenta tranquilizar a otra amiga enferma, supuestamente del virus porque en la institución en la que trabaja se ha dado algún caso, y que vive confinada en su habitación para no contagiar a su marido y sus dos hijos. Desde que llamó el domingo al 061, también espera que alguien les llame.