04 jun 2020

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Notas de un confinado (5)

En la danza del polvo y la ausencia

Josep Maria Fonalleras narra su experiencia como confinado después de haber estado en contacto con una persona que tuvo el coronavirus

"Hoy es el día que salgo. El primer amigo que me encuentro me dice: 'Bienvenido al caos'. Y el segundo me dice: 'Como veterano, ya nos aconsejarás'"

Josep Maria Fonalleras

Notas de un confinado (5), por Josep Maria Fonalleras. / JOSEP MARIA FONALLERAS

Ha sido un momento clave. Si hoy, que es el día que salgo, hubiera dejado el yoga, todo el esqueleto del confinamiento se habría desmoronado como uno de esos esqueletos del colegio, que siempre imaginábamos hechos trizas, tan achacosos como eran. He decidido continuar con la rutina, como si fuera un día más de los 14 que he estado en la isla desierta de mi piso. Y no lo era. Me veía a mí mismo como uno de esos caballos del Grand National -aquella mítica carrera que miraba de pequeño con mi padre-, en la salida. Estaban todos excitados, relinchaban con la expectativa de la euforia, los yóqueys trataban de retener aquella desazón. Pero había una barrera. Unos compartimentos, como unas taquillas de hierro que les impedían avanzar. Y entonces, de repente, se abrían y los caballos salían desbocados. Me veía así. Pero resulta que la barrera se levanta y tengo que ir al trote, como si fuera un caballo de doma. La sensación es muy extraña. Por eso era importante el yoga, como un ejercicio para retrasar todo, para dilatar el tiempo, para ir más despacio. Si el exterior es hostil, no hay que correr para llegar.

El primer amigo que me encuentro me dice: "Fonalleras, bienvenido al caos". Y el segundo me dice: "Como veterano, ya nos aconsejarás". Tengo la sensación de venir del futuro para contar una experiencia personal que ahora ya es colectiva. Y, además, se confirma lo que pensaba mientras estaba en el piso, a solas. Aun con el murmullo exterior, a pesar del sufrimiento por los amigos y familiares también confinados, a pesar de las bajadas al infierno de uno mismo, con presencia insólita de unos demonios que ni siquiera sabía que existían, de hecho he vivido unos cuantos días en una burbuja. Un espacio de protección, parapetado. Más aún, un planeta de otro sistema solar. Ahora me encuentro con el caos. ¿El caos? Más bien el silencio demoledor, las miradas desconsoladas, las distancias prudenciales, el desierto de abrazos, la idea cierta de que vivimos escenas de una distopía sin que podamos manejar el mando para dejarlas en pausa.

Y aun así, la gente se reúne tímidamente en la dura noche. Para ir a comprar. Y resulta que todos compramos lo mismo. Quiero decir que no hay gente que compre zapatos o perfumes, sino que nos concentramos en lo básico, necesario, esencial. Lo contemplo como si acabara de llegar al planeta, todavía con temblor en unas piernas que no habían pisado la calle hace 14 días. La felicidad, ya que estoy en esta tesitura de autoayuda confinadora, es necesitar pocas cosas y distinguir cuáles son las decisivas. Mi amigo Jon Snow, de quien hablaba hace días, dice que cuando salga del confinamiento se preguntará si ella todavía le ama, como hacía la canción de los Beatles, la del hombre que ya tiene 64. Y que le dirá que al menos sabe cambiar los fusibles, si es que se va la luz.

En casa de nuevo (he salido del laberinto minúsculo para entrar en otro, enorme: una pesadilla de muñecas rusas), me vuelvo a recluir, ahora al ritmo de todos los demás. Una amiga me habla de las habitaciones de Hammershøi, el pintor danés. Habitamos en ellas. En la danza del polvo y la ausencia. Absortos en la propia contemplación. Descubriendo los íntimos detalles, los rincones oscuros, mientras el mundo calla.