Hostelería y coronavirus

Hosteleros madrileños temen no poder volver a abrir sus bares tras la epidemia

Numerosos restauradores se anticiparon a los gobiernos y cerraron este jueves

Lamentan que las faduras se les siguen acumulando, pese al cierre

Un policía municipal de Madrid observa el cierre y recogida de una terraza.

Un policía municipal de Madrid observa el cierre y recogida de una terraza. / MARISCAL EFE

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Natalia Vaquero

El miedo al contagio del coronavirus ya había apagado los fogones de la hostelería de Madrid antes de que Pedro Sánchez compareciera este viernes para anticipar la declaración del estado de alarma. De hecho, tras conocerse el decreto del alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, que por la mañana suspendía las licencias de las terrazas y recomendaba a bares y restaurantes echar el cierre, y poco después de que la Comunidad de Madrid ordenara a partir de este sábado el cierre de restaurantes, bares y discotecas, importantes restauradores de la capital estaban ya preparando su cierre.

La medida busca evitar desplazamientos innecesarios y concentraciones de personas ante el coronavirus, pero ahora se extiende el temor entre los empresarios de bares y restaurantes de la ciudad a que el impacto del cese de actividad, más que KO, les deje fuera del ring.

El coronavirus ha tumbado hasta a Ramses, en plena Plaza de la Independencia, que esta mañana de viernes bajaba el telón. La decisión la tomó a primera hora de la mañana su propietario, Jorge Llovet, por "responsabilidad social y coherencia". Ahora estudia qué hacer con sus 200 empleados y prefiere no pensar en las pérdidas que va a tener.

Las facturas se acumulan

Como Jorge Llovet,  la mayoría de los restauradores de Madrid se anticiparon a las decisiones políticas y desde el jueves se apresuraron a clausurar resignados sus cocinas. Todos se vieron abrumados por la cascada de cancelaciones de reservas que cayeron hasta un 99%. Ni el aplazamiento anunciado el jueves por el presidente del Gobierno del pago de los impuestos a las pymes durante seis meses consuela a los restauradores, que tampoco saben qué hacer con sus empleados.

Todos, sin embargo, comprenden que lo mejor es parar para frenar la propagación del virus que ha infectado ya a casi 4.000 personas en España y matado a 120 personas, sobre todo en Madrid.

"Se aplaza el pago de impuestos, pero eso es al fin y al cabo deuda", critica Conchi Álvarez, propietaria de Ronda 14, Cilindro y Apura. Los tres restaurantes dejaron ayer de servir comidas. Los casi 40 empleados de Álvarez se tomarán una semana de vacaciones "a la espera de ver cómo evoluciona este asunto", lamenta mientras revisa compungida y sin poder aún cuantificar las pérdidas  las facturas y recibos que se acumulan en Ronda 14, un local de dos plantas muy cercano a la Embajada de Estados Unidos en el que desde el pasado jueves comenzaron a caer en picado las reservas de mesas de grupos.

Juan José López, dueño de La Tasquita de Enfrente, en pleno distrito Centro de Madrid, ya había cerrado el jueves. "Es una irresponsabilidad abrir teniendo en cuenta que hay portadores asintomáticos del virus", reconoce el propietario de este pequeño restaurante con capacidad para 30 comensales en el que trabajan 11 personas. Todas se han ido a casa de vacaciones. "Dicen que nos aplazan los impuestos pero seguimos generando deudas", reprocha al Gobierno. "Si esto dura un mes y medio estaré en la ruina", lamenta.

Con la misma incertidumbre ante este excepcional panorama vive Ángeles Humanes, propietaria de Alquitara, un bar-restaurante de la zona del Retiro que este viernes recogía desolada las 19 mesas de la terraza por la que paga cada año al Ayuntamiento 6.000 euros. "Hemos pasado de dar más de 300 desayunos al día a preparar el jueves tan solo 30", explica junto a una de sus nueve empleados, Belén Burgeño, que se pregunta de qué va a vivir si se tiene que ir a la calle. Sin ni tan siquiera una reserva para la comida, Humanes tiene claro que ella también cierra su negocio.

Clausurado a cal y canto desde el jueves está Hevia, un clásico de la calle Serrano que ha dado de momento a sus 16 empleados unos días de vacaciones pero no descarta acogerse a un Expediente de Regulación de Empleo Temporal (Erte). "Lo sensato y responsable es que estemos todos en casa", recomienda su dueño, Ismael Martín, frente a una terraza de 30 mesas vacía por la que paga al año 16.000 euros. Martín, como la mayoría de sus compañeros de hostelería, esperaba "medidas más esperanzadoras del Gobierno para el sector". Aún sin actividad, "el taxímetro sigue corriendo", advierte porque hay que abonar la seguridad social y los salarios de los cocineros y camareros.

Cambiar cuarentena por vacaciones

Recogiendo y haciendo limpieza general se encuentra este viernes Miguel Ángel Jiménez, propietario de La Catapa en la zona de Retiro e Ibiza de Madrid. "Hemos decidido trasladar el cierre de dos semanas de agosto a ahora", confiesa apenado por la incertidumbre que invade a sus 13 empleados con los que lleva más de 10 años de actividad.

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"Somos una familia", subraya mientras uno de sus compañeros s apresura a llamar a los pocos clientes que aún no han cancelado su reserva. Las previstas para celebrar el Día del Padre, el 19, comenzaron a caer el miércoles y se esfumaron el jueves.

"Esto es un desastre", barrunta Llovet frente a la Puerta de Alcalá. La imagen es fantasmagórica en las normalmente bulliciosas terrazas de esta zona de Madrid que por decisión propia se apresuraron recoger sus concurridas cocinas antes de que el presidente del Gobierno pronunciara las palabras "estado de alarma".