06 jun 2020

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Notas de un confinado (2)

Sí, hago yoga

Josep Maria Fonalleras narra su experiencia como confinado por haber estado en contacto con una persona que tuvo el coronavirus

"Decido incorporar algo que veía con una mezcla de ironía y displicencia: unos cuantos ejercicios cazados al vuelo de dos o tres tutoriales"

Josep Maria Fonalleras

Notas de un confinado (2). Por Josep Maria Fonalleras. / JOSEP MARÍA FONALLERAS

Tengo una amiga que mantiene la teoría que hay que diferenciar la ropa de casa y la ropa que te pones para salir a la calle. No solo por una cuestión de higiene física sino moral. Son cosas diferentes y tú eres diferente cuando te vistes de una manera u otra. No es una cuestión de comodidad, que también lo es, sino de rigor con tu propia manera de entender el mundo. El de fuera y el de dentro. Ella, me confiesa, solo tiene una pieza que puede cumplir las dos funciones: un jersey de lana, verde, que atesora una intensa memoria familiar. El jersey verde puede combatir en cualquier escenario porque mantiene la estabilidad del entorno íntimo y adquiere la fortaleza necesaria para enfrentarse al exterior sin plegarse.

Digo todo esto porque, en estos días de confinamiento, acabo de descubrir una pieza similar. Cuando compras unos pantalones nuevos, intentas encontrar la circunstancia apropiada para estrenarlos. Te sientes transformado. Bueno, eso me pasa a mí. Los que llevo ahora, por ejemplo, de cuadros rojos y azules, difusos pero en cierto modo atrevidos, de lanilla, recuerdo que me los puse por primera vez para ir a una cena que rememoro con nostalgia. Sin ser lo más llamativo del mundo, para mí eran eso, atrevidos. Ahora, estos días, han abandonado por completo aquella fulguración y se han convertido en una especie de chándal. No he dejado de llevarlos en todas las horas de reclusión. Los he lavado, claro, pero los he secado enseguida y han vuelto a ser el uniforme del confinado. Son una especie de chándal, sí, pero con mucho más pedigrí. Tendré que decidir, cuando termine el enclaustramiento en el piso, si pueden volver a salir a la calle o ya quedarán para siempre en la memoria sentimental de estos días solitarios.

Me levanto. Hago lo que hago todos los días, pero este es quizá el peor momento de todos. Tienes todo el día por delante y no sabes si lo podrás afrontar con garantías de éxito. El éxito, por otra parte, significa llegar sano y salvo a la noche y entonces soltarte, introducirte en el sofá y mirar a ver qué encuentras en la tele. Pero eso es otra historia.

Duchado, me pongo desodorante y colonia. ¿Colonia? ¿Por qué? ¿Por qué nos perfumamos? ¿Para gustar? ¿Para tener un olor agradable? ¿Para que nos huelan? ¡Pero si nadie lo hará! Estoy solo y el perfume no se transmite por teléfono o por Skype. Llego a la conclusión de que lo hago por mí, para aferrarme a algo conocido, a un viejo conocido olor, para no dejar de ser yo mismo, por disciplina, para mantener una rutina. Además, decido incorporar una actividad que hasta ahora contemplaba con una mezcla de ironía y displicencia. Sí, hago yoga. Unos cuantos ejercicios torpes, irregulares y anárquicos que provienen de dos o tres tutoriales cazados al vuelo y del recuerdo que tengo de ver como una chica los ejecutaba (el del guerrero, por ejemplo) mientras el sol se ponía sobre el mar en Creta. Debía ser en una película. Eso me relaja y me empuja a empezar el día. Creo que lo incorporaré a mi dieta habitual. Bueno, vamos, es un decir. Tampoco tenía dieta habitual. Es entonces cuando recibo la primera llamada. "¿El señor Fonalleras? Le llamamos de Salut".